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– Y por cierto -voceó Bond a su vez-, ¿qué nos disponemos a hacer exactamente? ¿De qué va ese golpe que ha de cambiar el curso de la historia?

Holy volvió la mirada hacia él.

– Vamos a poner a prueba la estabilidad de las dos naciones más poderosas de la Tierra. ¿Me creerla usted si le digo que entre los códigos que pueden transmitirse a las redes de emergencia del presidente de los Estados Unidos y el de la Unión Soviética figuran programas capaces de anular lo más importante de sus arsenales nucleares?

– Yo le creo a usted cualquier cosa.

Bond no necesitaba oír más. «M» estaba en lo cierto: aquella gente se proponía cursar a los respectivos satélites el programa Reja de Arado norteamericano y su equivalente ruso, y con eso, desencadenar una acción irreversible. En ese instante se decidió Bond a intervenir.

Toda su vida adulta la había consagrado a su patria, y sabía que ahora iba a dejar la vida en el empeño. La ASP contenía un único proyectil. Si la suerte le ayudaba, la Glaser, en el reducido espacio de la barquilla, partiría por la mitad a cualquiera de sus ocupantes. Pero sólo a uno. Así pues, ¿qué sentido tenía un blanco humano? Abatir a uno y ser abatido a su vez. Una iniciativa estéril. En cambio, si elegía el momento adecuado y lograba distraer al asistente árabe, la solitaria bala, disparada con precisión, haría pedazos la radio y probablemente también el microordenador.

Destruido el equipo, no tardaría en llegarle a él la muerte: pero comparado con la satisfacción de saber que había conseguido desbaratar una vez más los planes de ESPECTRO, aquello tenía muy poca importancia para Bond. Tal vez lo intentaran de nuevo, pero siempre habría hombres como él; y además, el Servicio estaba sobre aviso.

Ginebra, limpia, ordenada y pintoresca, apareció a la derecha de los tripulantes al iniciar Nick un suave giro con la nave. Al fondo, se alzaba el Montblanc imponente en su altura. El dirigible comenzó a descender con miras a su corto sobrevuelo de las riberas.

– ¿Cuánto falta?

Era la primera vez que Zwingli se dirigía al piloto. Nick se volvió hacia él.

– ¿Para llegar a Le Richemond? Unos cuatro minutos.

– ¿Has sintonizado esa frecuencia? -el general interpelaba esa vez a Holy.

– Estamos en ella, Joe. Acabo de introducir el disco. Lo único que resta por hacer es pulsar la tecla de entrada, y sabremos si el camarada Bond ha cumplido su palabra.

– Entonces, ¿vas a empezar por el programa de los Estados Unidos?

– Sí, Joe intervino Rahani-. Sí, los Estados Unidos recibirán las pertinentes instrucciones dentro de un par de minutos. Estiró el cuello, para observar por la ventanilla-. Ahí lo tenemos; estamos llegando.

Bond retiró lentamente el seguro de la ASP.

– Preparado, Jay. Será de un momento a otro.

Aunque no había alzado la voz, las palabras de Rahani se oyeron claramente al otro extremo de la barquilla. El lujoso hotel y su jardín de perfecta distribución se extendían abajo, ya muy cercanos. Nick imprimió al Europa un rumbo que le situaría en la misma vertical del suntuoso edificio.

– He dicho que preparado, Jay.

– Sólo un segundo… -repuso Holy-. Ya está.

En ese instante Bond se volvió ASP en mano hacia el asistente árabe y gritó:

– Tu ventanilla. ¡Mira por tu ventanilla!

Y como el muchacho ladease la cabeza, Bond, sabiendo que no se le ofrecería una segunda oportunidad, alzó el brazo y apretó el gatillo. El sonoro chasquido del percutor acalló el ronroneo de los motores.

Siguió, para Bond, un instante de incredulidad. ¿Había errado el tiro? La bala ¿era ficticia? Y entonces sonó la risa de Simon, secundada por un rezongo del árabe.

– No se te ocurra arrojarla, James. Yo te partiría en dos con una sola mano. ¿De veras pensaste que te dejaríamos acompañarnos con un arma cargada? Demasiado riesgo.

– ¡Maldito sea, Bond! -Rahani había saltado de su asiento-. No juegue aquí a pistoleros. La frecuencia que nos dio, ¿es válida? ¿O resultará tan falsa como su lealtad?

Las señales acústicas procedentes del fondo de la barquilla, indicaban que Holy había puesto en marcha el programa. Lanzó una exclamación de alborozo.

– Funciona, Tamil. Bond podrá habernos engañado en otras cosas, pero nos proporcionó la frecuencia. El satélite acaba de aceptarla.

Bond dejó caer la pistola, inútil pedazo de metal. Lo habían conseguido. En esos momentos los complejísimos procesadores del Pentágono estarían clasificando los números a la portentosa velocidad de que son capaces de hacerlo los ordenadores actuales. Los resultados afluirían a borbotones a los oportunos terminales, de un lado a otro de los Estados Unidos y también a las bases europeas de la OTAN. Se había consumado. Bond sintió únicamente una ira terrible, y una náusea en el fondo del estómago.

Tardó algún tiempo en asimilar los sucesos de los segundos inmediatos.

Holy, todavía lanzando vítores, se levantó a medias de su asiento y, chasqueando los dedos, tendió una mano hacia Rahani.

– Vamos, Tamil, el programa ruso. Lo tienes tú. Ya he sintonizado la frecuencia de ellos… -dijo. Luego subió el tono, premioso-: ¡Tamil! -y gritando ya, añadió-: Tamil, ¡el programa ruso! ¡Rápido!

Rahani prorrumpió en una sonora carcajada.

– Vamos, Jay, un poco de seriedad. ¿No pensarías, de verdad, que íbamos a infligirle a la Unión Soviética la humillación de verse despojada, ella también, de sus arsenales?

Jay Autem boqueó como un pez agónico.

– ¿Có…? ¿Có…? ¿Qué quieres decir, Tamil? ¿Qué…?

– ¡Vigiladles! -ordenó Rahani. Simon y el asistente árabe dieron la impresión de envararse al sonido de su voz-. Y usted, Nick, puede emprender el regreso.

Esto último lo dijo tan quedo, que a Bond le sorprendió que sus palabras resultasen audibles en medio del insistente zumbido de los motores.

– Lo que quiero decir, Jay, es que hace ya mucho tiempo pasé a ocupar el puesto de primer directivo de ESPECTRO. Y quiero decir que hemos llevado a término lo que nos proponíamos. Ni siquiera me equivoqué apostando a que Bond, nuestro peón en esta partida, nos conseguiría la frecuencia COPE. El objetivo de la Operación Desescalador fue siempre dar cuenta del poder imperialista de los Estados Unidos, que ahora podremos entregarles en bandeja de plata a nuestros amigos rusos. A ti te empleamos sólo para que nos proporcionaras el programa de entrenamiento. Un par de necios movidos por sueños románticos, como tú y Zwingli, nada tienen que hacer junto a nosotros. ¿Comprendes?

Jay Autem Holy profirió un angustiado lamento que no encontró más eco que el furioso rugido del general Zwingli.

– ¡Hijo de perra! -el anciano militar se adelantó-. Poniendo a los Estados Unidos y a la Unión Soviética en pie de igualdad, yo quería que mi país recuperase su antiguo poderío. ¡Nos has vendido, so… so…! -se arrojó encima de Rahani.

El muchacho árabe le abatió de un solo disparo, rápido y certero. El general cayó sin ruido. Mientras el estampido del arma del asistente seguía retumbando de uno a otro extremo del reducido espacio, Jay Autem saltó sobre Rahani, los engarfiados dedos buscándole la garganta, la voz desgarrada en un alarido lleno de odio.

Sin espacio para retroceder, Tamil le disparó dos tiros con una pequeña pistola mientras el otro estaba todavía en el aire. Pero Holy, en su furia, había dado tanto impulso al brinco, que su cuerpo inerte fue a estrellarse contra el líder de ESPECTRO, el hombre que había heredado el trono de la familia Blofeld.

– Llévenos a tierra -le espetó Bond al piloto-. ¡A tierra, pronto!

Aprovechando la confusión, se adelantó hacia su adversario más cercano, Simon, el cual, de espaldas a los mandos, avanzaba hacia el revoltijo de cuerpos caídos en montón entre los asientos. Arrojándose con fuerza sobre él, le inmovilizó el cuello con un brazo, y con el canto de la mano libre le propinó un formidable golpe junto a la oreja derecha.