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Dejé de comer a los quince años, ¿sabe usted? A los quince años empecé a alimentarme, a ingerir lo estrictamente necesario para ir tirando, verdura hervida, carne hervida, pescado hervido, vida hervida… Y todo por amor, que ya es triste, lo imbéciles que podemos llegar a ser las mujeres, pero es que aquella tarde, yo no sé si usted lo entenderá, pero aquella tarde, jugando a la botella, yo creía que me moría, que me moría de pena, y de asco, y de ganas de Andrés…

Una botella de color miel, que apenas quince minutos antes había contenido un litro de cerveza Mahou, daba vueltas y vueltas sobre el piso de cemento, sin rozar siquiera los pies de la veintena de adolescentes bronceados que, sentados en el suelo, formando un corro, la miraban sin pestañear, en sus rostros cierta juvenil ansiedad. Allí, un poco apartada porque le daba vergüenza cruzar las piernas a lo indio, igual que los demás, estaba también ella, Malena, quince años recién cumplidos, ciento setenta y tres centímetros de altura, ochenta y dos kilos de peso, una auténtica vaca. Llevaba un traje suelto de algodón amarillo, con un bordado diminuto en el delantero y un canesú muy marcado, que sus amigas encontraban gracioso porque parecía un modelo pre-mamá. Era un modelo pre-mamá, el último recurso, aunque ella se habría dejado ahorcar antes que confesarlo. No conocía tortura más atroz que salir de compras, ni milagro más auténtico que una falda de su talla, y tan sólo un par de semanas antes, su madre, una mujer muy hermosa, se había echado a llorar al contemplarla desnuda en el ambiente más hostil -un diminuto probador de El Corte Inglés- mientras ella se embutía a presión en un bañador negro, con aros en el pecho y refuerzos en las caderas, que finalmente habían encontrado en el último rincón de la planta de señoras, ¡PROMOCIÓN ESPECIAL!, TURISMO PARA LA TERCERA EDAD, ANÍMESE, MUJER. LA VIDA EMPIEZA AHORA… Su madre lloraba y ella, el bañador encajado sólo a medias, los tirantes enrollados sobre la cintura y la lengua fuera, por el esfuerzo, la miraba sin entender muy bien lo que pasaba. Pero, mírate bien, hija mía, había escuchado al final, entre sollozos, pero si parece que tienes cuarenta años…

Luego, cuando la brusca pérdida del aire acondicionado, el asfalto ardiendo bajo las suelas de esparto, hizo aún más irrespirable para ambas el sofocante aire del junio madrileño, su madre volvió a la carga con lo de siempre, ponte a régimen, hija, todavía estás a tiempo, al fin y al cabo eres una niña, luego te costará mucho más trabajo, hazme caso, por favor, Malena, vamos a un médico… Ella se había hecho la sueca, como siempre, pero no se había atrevido a pedir un helado de chocolate con trocitos de chocolate en cucurucho de chocolate, su favorito, porque la crisis materna parecía más profunda que otras veces. Y ahora estaba allí, sentada en el suelo del garaje de Milagros con las piernas estiradas, escrutando ansiosamente la dirección que tomaba la boquilla de la botella de cerveza, el signo de un azar que parecía haberse encoñado sin remedio con Andrés, aquella tarde.

Se detuvo una vez más a sus pies, y el corazón le dio un vuelco, porque le tocaba, esta vez le tenía que tocar, no había discusión posible. Las reglas del juego prohibían repetir beso, y Andrés ya había besado a las otras siete chicas de la pandilla, de la más guapa a la más fea, con la única excepción de Milagros, que era la novia de su hermano mellizo y hasta ahí podíamos llegar, así que ahora le tocaba a ella, sólo quedaba ella, y sin embargo, y sin ningún titubeo, él eligió a Silvia por segunda vez. Alguien protestó, es que ya no queda ninguna más, explicó él, claro, es verdad, los demás le dieron la razón y ella no se atrevió a decir nada, porque nadie la miraba, nadie la mencionaba, nadie parecía darse cuenta de que aún quedaba ella, intacta, sola, muda. Andrés tomó la mano de aquella escueta versión de tradicional calientapollas mística que tan locos parecía volverles a todos, y se la llevó a un rincón para besarla. Ella aprovechó la escena para escurrirse sin ser vista, y abandonó el garaje. Pasó toda la tarde mirando al río, sentada en una peña, meditando, y cuando llegó a casa, mucho antes de la hora límite, encontró a su madre en el porche, haciendo ese puzzle que no se acababa nunca. He decidido ponerme a régimen, mamá, dijo solamente. Ella le sonrió, la abrazó, y le habló bajito, ya verás como todo sale bien, ya lo verás, qué guapa te vas a poner, Malena…

Así que por fin fui a Madrid con mamá, a ver a un médico, un endocrino muy joven que me miró a la cara con expresión de lástima y me lo dijo bien claro: mira, hija, tu problema es que eres una gorda congénita. Te voy a poner un régimen muy duro. Si lo haces a rajatabla, adelgazarás, y te quedarás con buen tipo, eso seguro. Pero tienes que cambiar de mentalidad, y de manera de vivir, porque no es que tengas un índice metabólico negativo. Es más bien que, prácticamente, tu organismo carece de metabolismo basal, reina, ya puedes ir haciéndote a la idea…

El mejor día era el domingo, porque incluía un tercio de Coca-Cola con un suizo relleno de jamón de York a media mañana, y medio tomate crudo, con un cuarto de pollo asado y una manzana de comida, no estaban mal los domingos, no. Pero los martes y los sábados sólo podía comer fruta, y de cena, todas las noches, verdura hervida sin sal de primer plato. Y sin embargo, lo hizo, cumplió con el régimen a rajatabla, sin flaquear jamás, y adelgazó, le costaba trabajo creérselo, pero estaba adelgazando, se pesaba todas las mañanas después de ducharse con un gel anticelulítico fabricado a base de algas que impregnaba su piel de un aroma apestoso, y cada día la aguja de la báscula tardaba un poco menos en detenerse sobre la cifra, cada día un poco más baja. Los demás aún no se daban mucha cuenta, todavía no, porque aún llevaba la misma ropa, los mismos vestidos de pre-mamá, los mismos bañadores de post-menopáusica, pero ella caminaba todas las tardes durante media hora, desafiando al sol más cruel, para acelerar el ritmo de la digestión, y se miraba desnuda en el espejo todas las noches, envolviéndose luego en la cortina de tela roja, brillante, ciñéndola a su cuerpo como si fuera un traje de noche para saborear una cintura inédita, una tripa que prometía volverse plana, unos pechos que destacaban por fin nítidamente sobre un estómago tras el que, con un poco de esfuerzo, podía vislumbrar hasta la silueta de sus propias costillas, esas tenaces desconocidas. Todo esto hacía, y se aguantaba el hambre, que no era insoportable, todavía no, porque aún estaba fresco en su memoria el último festín, la despedida, cuatro ensaimadas, dos tabletas de chocolate con leche y almendras, una lata de sardinas en tomate y medio bote de leche condensada, la descabellada merienda que se había zampado en veintiséis minutos exactos, justo la tarde previa al comienzo del régimen, después de que Andrés, tras recibir la noticia de su heroica decisión, le pagara con una novedad aún más sorprendente, el lunes me voy a la mili, ¿sabes?, a Ceuta, voluntario…

Al principio pensé que así sería mejor, porque cuando él volviera de la mili, yo ya estaría imponente, espléndida, hecha una sílfide, vamos. Porque… ¿quién habría podido suponer que él fuera a dedicarse a hacer el imbécil de esa manera? Y fue entonces, mientras Andrés estaba en el hospital, cuando empecé a pasar hambre, un hambre horrorosa, tremenda, mortal, aquello era el infierno, señor juez, el infierno, una tortura que nadie puede imaginar siquiera…

Bueno, la verdad es que sílfide, lo que se dice sílfide, no estuvo nunca. Delgada sí, pero siempre dentro de los límites tipológicos de la jamona nacional, estampa mediterránea, como un viejo anuncio de aceite de oliva. Y comprendió enseguida que aquello no tenía solución, porque no había transcurrido ni siquiera un año y medio desde el principio de su tormento cuando se atrevió a traspasar por fin las puertas del templo de la felicidad suprema, una boutique presidida por una gigantesca foto de Twiggy, el sofisticado calabozo donde escucharía nuevamente la sentencia a la que creía haber escapado para siempre, lo siento, pero no tenemos talla para ti…

El pavimento de la calle Serrano sobrevivía milagrosamente a la potencia de sus pisadas mientras ella se concentraba en invocar una muerte cruel, cualquier interminable agonía dolorosa, para la desteñida dependienta de talla 36 que se había atrevido a mirarla con cara de lástima. Mejor la lepra, pensaba, cuando el inconfundible aroma de los croissants recién hechos la paralizó en medio de la acera. Miró a su derecha para encontrar la esencia del bienestar resumida en una vitrina, el escaparate de una pastelería de lujo desde el que la virtud y el pecado, el infierno y la gloria, la tentaban con pareja insistencia. Ahora entro, y me compro una palmera glaseada, y voy, y me la como, se dijo, y no ocurrió nada. ¿A que entro, y me compro una palmera glaseada, y voy, y me la como?, repitió en voz baja, pero no se movió, se quedó parada en la acera, apurando el aroma de la mantequilla sobre el hojaldre recién tostado hasta que el hechizo se desvaneció por completo. Luego se metió en el metro y se marchó directamente a casa, muy satisfecha de sí misma, pensando en Andrés, saboreando de antemano el triunfo que algún día sería definitivo.