Quizá fue esa misma tarde cuando Milagros la llamó por teléfono para contarle con pelos y señales la tragedia del soldado voluntario. No te lo vas a creer, anunció antes de empezar, y la verdad es que a ella le costó trabajo aceptarlo, digerir la inconcebible hazaña de aquel idiota.
– Mira, hija, lo que pasó es que, por lo visto, cogieron a un novato, le desnudaron, le amarraron los brazos a una columna, y se lo dijeron allí mismo, hasta que no te empalmes, no te soltamos, rico… Pero como Andrés es gilipollas perdido, por mucho que te guste, Malena, y aunque vaya a ser mi cuñado, es que ese chaval es gilipollas, en serio, pues no se le ocurrió otra cosa mejor que dejar al tío calzado y con los pies libres, total, que cuando se acercó un poco, el otro le arreó una patada en el hígado con la bota reglamentaria que le tiró al suelo… Bueno, al suelo no, porque le paró el mango de una fregona, que se le clavó en la espalda. Cayó de lado, se le disparó la pistola y se hirió en el pecho. Está en un hospital militar, medio muerto. Si sale, tiene para largo…
Cuando colgó el teléfono, bajó corriendo a la calle y se compró una palmera glaseada en la panadería de la esquina. La engulló en tres mordiscos y se echó a llorar.
Y yo no sé por qué, no entiendo lo que me pasaba, pero a medida que aquel cretino se iba enredando en todas las estupideces posibles, yo tenía cada vez más hambre, y no podía comer, no podía, ¿comprende usted?, hasta que él volviera, y no volvía, estaba demasiado ocupado en trabajarse el Guiness, el récord de individuo más tonto de todos los tiempos, fue entonces cuando empecé con lo de las manías sustitutorias, es difícil de explicar, usted a lo mejor no lo entiende, pero yo me consolaba…
Andrés no murió. Salió del hospital bastante mal parado, con un eterno programa de rehabilitación por delante, pero vivo. Mientras tanto, ella había empezado ya a asignar un sabor y un olor determinados a cada persona, y se esforzaba por recordarlos con precisión cada vez que se tropezaba con cualquiera de sus portadores. Su madre sabía a tarta de limón con merengue tostado por encima, su padre a callos recién hechos y un poco picantes, su hermano mayor a besugo asado a la espalda, con mucho ajo… La ilusión se suspendía solamente los martes y los sábados a la hora de comer, porque ella había conservado el hábito de tomar solamente fruta durante esos días y, sobre todo en invierno, cuando no había más que naranjas, mandarinas, peras y manzanas -los plátanos y las uvas engordan-, era demasiado duro masticar la pulpa aburrida y fría, estando rodeada de un festín viviente.
No engordaba o, si acaso, lo hacía muy lenta, imperceptiblemente. Empezó la carrera y empezó a obtener ciertos frutos de su perseverancia. Al principio estaba muy sorprendida, porque ella seguía viéndose a sí misma como una chica gorda, poco atractiva, la virgen de la botella todavía, pero con el tiempo y la terquedad de las miradas masculinas, se acabó acostumbrando a formar parte de la nómina de las alumnas académicamente deseables, y algunas de sus compañeras empezaron a chismorrear que sacaba buenas notas solamente porque era guapa. La verdad es que a ella le daba igual lo que contaran, porque al fin y al cabo nadie podría decir jamás que su belleza no tenía mérito.
Lo tenía, y mucho, porque la delgadez ya no era una novedad y el hambre se hacía cada vez más intensa, y cada vez era más difícil aplacarla con los alimentos permitidos, que no sabían a nada ya, como si se hubieran desgastado después de tantos años de repetición constante. Pensaba en la comida cuando estaba despierta, soñaba con la comida cuando estaba dormida, la miraba, la olía, la añoraba, la quería, todos esos alimentos maravillosos, pesados, consistentes, dulcísimos, y las salsas, sobre todo las salsas… Durante algún tiempo, el proyecto de ir a Ceuta para ver a Andrés con la torpe excusa del Paso del Ecuador -¡Malena, hija, piensa un poco!, intentaba desanimarla Milagros, cómo se va a creer nadie que todo el tercero de Químicas de la Complutense se vaya de viaje de estudios a Ceuta, ni más ni menos que a Ceuta, por Dios… ¡Eso no se lo traga ni el más tonto del norte de África, por más que ése sea precisamente mi cuñado!- mantuvo intactas sus fuerzas. Sin embargo, su amiga acabó saliéndose con la suya. Cuando ya estaba a punto de sacar los billetes, la llamó para informarla de que las molestias que sentía Andrés desde su salida del hospital se debían a que alguien se había dejado un bisturí en el interior de su estómago, de modo que él ingresó de nuevo, y ella se volcó en el estudio con la esperanza de reencontrarle por fin al terminar la carrera. La herida de Andrés se infectó contra todo pronóstico, forzando una nueva hospitalización, la tercera. Malena andaba preparando ya los finales de quinto cuando él se marchó de Ceuta disparado, con el alta clínica en la mano, jurando no poner nunca jamás la punta de un pie en tierra africana, pero no volvió, tampoco entonces volvió. Su padre, que era notario, le pagó un viaje al Caribe, necesitaba unas vacaciones. Ella también, así que se fue a Roma con el resto de su promoción, a festejar su flamante licenciatura.
Una tarde, a la hora de comer, mientras sus despreocupados compañeros se inflaban de cotechini caldi -esos deliciosos salamis que se comen cocidos- en un restaurante piamontés del Quirinal, ella se sentó en una terraza, ante la fachada de Santa María Maggiore, que juzgaba un escenario adecuadamente severo, y pidió un té sin azúcar para consumir el sobre de preparado proteínico granulado con aspecto de polen que constituiría su única ingesta de alimento de aquel día. Entonces se le acercó un hombre moreno de unos veinticinco años, con los labios tan finos, la nariz tan grande, las manos tan huesudas, que ella le adjudicó sin dudar un sabor estrella, magret de pato con salsa agridulce de ciruelas como mínimo. Parecía romano, pero era escocés. Se llamaba Aleister. A mí tampoco me gusta la comida italiana, le confesó con un guiño, ¡donde esté un buen pastel de cordero hervido con salsa de menta…!
Pues me casé con él, ya ve usted qué tontería. Claro, como Andrés no tuvo mejor idea que largarse a Cuba para seguir haciendo el canelo en el Nuevo Mundo, pues yo fui, y me casé con Aleister. Total, me dije, teniendo en cuenta lo asquerosa que es la comida que le gusta, no voy a tener muchos problemas. No contaba yo con el cordero asado, ni con las carnes rojas, ni con esa birria de acento que tenía el pobre, que me llamaba Madalena, como a los bollos, que a veces llegué a pensar que lo hacía sólo para mortificarme, porque, hay que ver, ponerme a mí un nombre comestible, a quién se le ocurre…
Y pese a todo, a la vuelta de Roma empezó una buena época para Malena. Encontró trabajo en el laboratorio de una multinacional de comidas preparadas y emprendió una ardiente correspondencia con su novio, que desde allí, en Aberdeen, parecía confirmar su exquisito sabor. Pero la clave de su serenidad residía en un hallazgo muy distinto, porque fue entonces, después de tantas aproximaciones frustradas, tentativas erróneas y descorazonadores fracasos, cuando Malena encontró por fin lo que andaba buscando, todo un recurso para sobrevivir.
Una tarde, cuando sacaba de la nevera un bote de leche condensada con expresión compungida y la intención de preparar la merienda de su padre, uno de sus hermanos pequeños tropezó con ella y estuvo a punto de tirarla al suelo. Al intentar recuperar el equilibrio, Malena metió sin querer un dedo hasta el nudillo en la dulce crema blanca, fría y suave, espesa, y experimentó una sensación deliciosa. El sabor de la leche condensada, la última dosis devorada a hurtadillas y sin remordimientos, conquistó en un instante su memoria, inundando su boca de placer. Desconcertada, se llevó el bote a su cuarto y probó con toda la mano, la introdujo entre las paredes de lata hasta la muñeca, y luego la extrajo lentamente, para ver cómo las gotas se desprendían de la punta de sus dedos y se zambullían en el interior, con un sordo gorgoteo. Repitió esta última acción varias veces y después, tomando precauciones para no mancharse, levantó la mano empapada y se embadurnó completamente la cara. Permaneció así mucho tiempo, respirando, sintiendo, disfrutando del placer prohibido hasta que la piel le empezó a tirar, como cuando llevaba puesta una mascarilla. Se lavó a conciencia con agua fría y sonrió. Aquella noche no cenó, no tenía hambre. A cambio, se regaló un gin-tonic y medio.