Desde entonces, Malena se esforzó por reemplazar el sentido del gusto con los otros cuatro sentidos corporales. Primero fue el tacto, la asociación más inmediata, un proceso que se articuló en diversas etapas, de los festines más simples -hundir las manos en una cacerola llena de ensaladilla rusa- hasta los más barrocos -sumergirse completamente desnuda en una bañera alfombrada de espaguetis tibios con mucha mantequilla. Después, cuando Aleister se instaló en Madrid y empezó a comportarse de aquella manera tan desconsiderada, insistiendo siempre en ir a cenar al mismo restaurante, donde él sólito devoraba la mitad del más deseable de los corderos recién asados, compartiendo además con ella, sin su permiso, la sempiterna ensalada verde que solía pedir como plato único, la experimentación del tacto ya no fue bastante, sobre todo cuando se enteró de que Andrés acababa de ser juzgado en La Habana por un tribunal revolucionario que le había impuesto una módica condena de diez años y ocho meses de cárcel por complicidad en la fuga de ciudadanos cubanos con destino a Miami. Fue Milagros quien se lo contó por teléfono.
– Pues nada, hija, que por lo visto a Andrés se le cruzó una mulata que lo dejó como tonto, bueno, como tonto no, quiero decir más tonto, y él venga darle el coñazo, que si no sabes cómo te deseo, que si acuéstate conmigo y te sacaré de aquí, que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá, y ella nada, claro, ella, a la vista del percal, se limitó a esperar una oportunidad, y una tarde le dijo: mira, galleguito, tú te vas esta noche a la playa tal, a tantos kilómetros, y en tal sitio te encontrarás con un montón de gente junto a una barca. Tú sólo tienes que acercarte, decir que vas de mi parte, y cobrarles la misma cantidad de dinero a todos ellos. Cuando lo tengas, ven a buscarme. Te estaré esperando detrás de las dunas, desnuda y ardiendo de pasión… Total, que lo demás te lo puedes imaginar. Lo que salió de detrás de las dunas fue la policía de fronteras, y el final ya te lo sabes, diez años a la sombra, nada, un poco caro que le ha salido el polvo al chico, sobre todo porque no llegó a echarlo, claro está…
Esta vez cuando colgó el teléfono no lloró. Decidió, simplemente, casarse con Aleister. Luego fue a la nevera y sacó un paquete alargado, envuelto en papel de plata, se encerró con él en el cuarto de baño y se cubrió la cabeza con un gorro de plástico. Después, sola ante el espejo, abrió por fin su botín para enfrentarse a dos grandes morcillas de cebolla. Aplastó una con la mano derecha, oprimiendo con las yemas de los dedos el pellejo de tripa hasta que estalló por varios sitios, dejando al descubierto la sanguinolenta amalgama de sangre y tocino que se untó por toda la cara. Unos segundos después, se quitó la blusa y repitió el proceso con la otra morcilla, que deshizo esta vez con la mano izquierda para extender luego cuidadosamente su contenido sobre su propio pecho. Un diminuto pedazo de grasa blanca se quedó prendido en uno de sus pezones. Lo miró sonriendo, y entonces, los ojos cerrados, descubrió las sorprendentes propiedades saciantes del olor de las vísceras y los embutidos de carne de cerdo. Algunos minutos más tarde, mientras se duchaba, decidió que su viaje de bodas inauguraría la era del olfato. Y así fue.
En fin, que mi matrimonio fue un desastre, ya se lo puede imaginar usted. La luna de miel, en cambio, marchó muy bien, porque estuvimos en Grecia, que es un país maravilloso, tan bonito, tan vivo, tan divertido, y allí fui casi feliz. Como tienen la costumbre de especiar mucho la comida, mi nariz ya estaba ahíta cuando me sentaba a comer unas hojas de parra hervidas con un poco de vino blanco, que tampoco estaban mal, la verdad, sobre todo por la novedad, como nunca las había comido antes… Y Aleister se tuvo que aguantar con la carne picada, ¡ja!, eso fue lo mejor, que no hay bueyes en Grecia, anda que no me reí yo, y claro, como estaba muerto de hambre, pues le daba por las siestas pasionales, y todavía sabía a magret de pato, todavía me gustaba, ¿sabe…? Pero luego volvimos aquí y descubrió las fabes con almejas, y todo fue de mal en peor, hasta que empezó a saber a porridge de la semana anterior, y luego tuvo aquel ataque de ácido úrico y se hizo vegetariano…
Fue a raíz de la enfermedad de Aleister, aquella terrible crisis que ella no podría olvidar jamás, su marido lívido, tieso, inmóvil, los ojos fuera de las órbitas, las manos destilando sudor, las venas a punto de explotar, cuando la gula de Malena conquistó el sentido del oído. Todo empezó aquella noche, una cazuela de fabes con almejas, y dos kilos de solomillo de buey al carbón, y una ambulancia, y la incredulidad del médico de guardia al revisar las cifras de los análisis de urgencia, que ordenó repetir una vez, y otra, y otra, antes de convencerse del todo, y el tratamiento posterior, mil calorías diarias, un filetito de ternera blanca a la plancha cada quince días, y gracias. Al principio ella se puso muy contenta, quiso creer que el régimen de Aleister salvaría su matrimonio, pero se equivocaba de medio a medio porque, y sólo entonces lo comprendió por fin, su marido nunca había estado enamorado de ella. El amor es la única razón que logra hacer soportable una dieta de adelgazamiento, Malena lo sabía muy bien, y Aleister no la amaba. Por eso se volvió triste, gris, callado y taciturno, y finalmente, incapaz de soportar las medias tintas, se hizo vegetariano, adoptando el régimen que le conduciría, lenta, mas inexorablemente, a la más irrevocable impotencia.
Pero una mañana, mientras él se preparaba una ensalada, Malena descubrió un ruido crujiente, placentero, indudablemente alimenticio. Se acercó y se quedó absorta contemplando a su marido, que cortaba un manojo de rabanitos rojos en finísimas láminas transparentes. Aquella tarde, cuando se quedó sola en casa, siguió el plan previamente trazado y cocinó una gran cazuela de hígado encebollado, muy especiado, para hundir después la cara en su interior, aspirando el delicioso olor del guiso con la cabeza cubierta por una toalla, no fuera a desperdiciarse ni una pizca del aroma, pero luego, cuando hubo comido un pedacito de carne y tirado el resto a la basura, no se resistió a escoger un cuchillo afilado para probar con una lombarda bien tiesa. Sus oídos se llenaron entonces de un magnífico sonido capaz de alcanzar su paladar, una sensación que llegó a hacerse familiar, porque en los días sucesivos repitió el experimento con diversos materiales, y apreció sobre todo la sonora muerte de los merengues recién cocidos, los pescados a la sal, y el cochinillo asado bajo una gruesa capa de grasa dorada, definitivamente irresistible al quebrarse.
Pensaba en Andrés sólo de vez en cuando, y con el paso de los años, absorbida por sus propios problemas y la penosa tarea de convivir con Aleister, perdió la cuenta de su cautiverio. Mientras tanto, la crueldad de su cuerpo para con su apetito aumentaba progresivamente, y cada vez le costaba más trabajo mantener la línea comiendo comida de verdad, así que se acostumbró, casi sin darse cuenta, a ingerir exclusivamente las porquerías dietéticas que venden en las farmacias, batidos que saben a polvos de talco, sopas que saben a polvos de talco, chocolatinas que saben a polvos de talco, galletas que saben a polvos de talco… En compensación, frecuentaba vicios cada vez más perversos, que casi siempre requerían el cuarto de baño como escenario, porque eran vicios sucios en sentido literal. Su favorito era derramar muy despacio una gran jarra llena de salsa de chocolate caliente sobre sus ingles, mientras permanecía recostada en la bañera con las piernas abiertas, contemplando cómo dos pequeños riachuelos marrones, fluidos y brillantes, resbalaban sobre su piel, contagiando su vientre de calor, como cuando Aleister todavía sabía a magret de pato.
Y ella sólo quería recuperar aquel sabor, recuperar a Aleister, no matarle, como sugirió él al expirar, sino todo lo contrario, devolverle un poco a la vida, por eso volvió a montar la barbacoa y le regaló un kilo de chuletones de Avila, él se puso muy contento, se le iluminó la cara, sonreía como un niño satisfecho, es tu cumpleaños, le animó ella, vamos, que un día es un día, no va a volver a pasarte nada… Sus palabras resultaron proféticas, porque no volvió a pasarle nada, pero nada de nada, en efecto, se quedó tieso justo después del postre. Malena no le lloró mucho, pero tampoco llegó a inquietarse por la noticia que Milagros le deslizó en el oído durante el entierro, un instante después de que ella lanzara el primer puñado de tierra sobre la caja.
– Esto sí que es gordo, tía, pero bien gordo, en serio, la muerte de la birria esta de escocés al lado de la movida que ha organizado Andresito en Miami es un juego de niños, pero de niños muy, muy pequeños, en serio… Figúrate que esta vez, nada más desembarcar en Estados Unidos, lo que se le ha cruzado es un mulato, como lo oyes, un maromo de un metro ochenta, ya ves tú, a estas alturas, si es que, de verdad, lo de mi cuñado no es normal, Malena, hija, que no… Una crisis de orientación sexual que tuvo en la cárcel, por lo visto, la criatura, con treinta y ocho años y tiene dudas, si será gilipollas, lo que yo te diga… Total, que lo mismo que en La Habana, que si te deseo, que si te necesito, que si eres el primer hombre de mi vida, que si no me aceptas me mataré. Y el otro pues nada, lo mismo que la cubana, que hay que ver, parece mentira que existan racistas en este mundo existiendo Andrés… Toma este paquetito, cariño, le dijo, métetelo en el bolsillo y llévalo esta noche a tal esquina de tal avenida con tal avenida, donde te estará esperando un señor pelirrojo que te soltará un montón de pasta en cuanto que se lo entregues. Cuando tengas las pelas, ven a buscarme, que estaré en casa esperándote, y haciendo pesas sólo para ti… Te imaginas lo que pasó, ¿verdad? La policía. Brigada Especial de Narcóticos. Y nada, medio kilo de heroína llevaba en el paquetito el amor de tu vida, una tontería. Le han caído otros diez años de trabajos forzados en un penal de Wisconsin, para ir viendo la hora…