Pero no me resigno a no ser abuela, ésa es la verdad, que no me resigno. Y Marianne va a cumplir treinta años, por muy felices que seamos viviendo las dos juntas, necesita casarse, y yo necesito que se case, celebrar la boda, vestir el traje regional que mamá llevó a la mía, dejar escapar alguna lagrimita cuando ella diga que sí… ¡Vamos, qué madre renunciaría a un placer semejante! Sobre todo porque, bien mirado, esto no es un placer… ¡es un derecho! Así que, un jueves por la tarde, cuando venía a una de estas reuniones de Alcohólicos Anónimos, vi a Klaus cerrando la puerta del banco, y elaboré un plan perfecto. Una semana después, el mismo día, a la misma hora, me acerqué a él por la espalda y le puse en la sien izquierda la pistola de mi difunto marido, que en Gloria esté. ¡Hala, Klaus!, le dije, ahora vas a venirte conmigo… Déjeme señora, le daré todo lo que llevo encima, decía, el muy desgraciado. Pero si esto no es un atraco, hijo, le contesté… ¡esto es un secuestro! Y el muy mariquita se me echó a llorar, se puso a gimotear como una niña. ¿Se lo pueden creer? ¡Ni hombres quedan ya en este asco de mundo!
Ahora vivimos los tres juntos, Marianne, Klaus y yo. ¿Que de cuándo es esta foto? De hace cuatro días… Sí, él no parece muy contento, intenta escaparse todo el tiempo, ésa es la verdad, que le tengo que fijar a la cama con unos grilletes para que no se escape por la noche, pero ya se acostumbrará, ya… Yo procuro que esté entretenido, cortando leña, trabajando en el campo, arreglando la cerca, porque así lo lleva mejor y nos sale todo mucho más barato, por cierto, ya que no necesitamos a nadie, lo hacemos todo entre los dos, él trabaja y yo voy detrás, con la pistola… ¿Marianne? A ella todo le parece bien, ya ven cómo sonríe, alargando la mano para acariciarle… ¿Un gesto extraño? Bueno, sí, es que, desde que toma las pastillas, tiene los brazos como blandos, hace movimientos un tanto bruscos, inconexos, en fin… A mí sí que se me ve satisfecha, ¿verdad? Claro, porque estoy segura de que al final todo saldrá bien. Lo único que me hace falta ahora es dejar de beber, y luego, un buen día, ellos se mirarán a los ojos, y comprenderán, y todos mis sacrificios habrán servido para algo, porque, a ver… ¿qué no haría una madre por su única hija?
El vocabulario de los balcones
Si alguna vez la vida te maltrata,
acuérdate de mí,
que no puede cansarse de esperar
aquel que no se cansa de mirarte.
Luis García Montero,
Habitaciones separadas
Para mi amiga Angeles Aguilera
1
No hay escalera sin barandilla ni hortera sin zapatos de rejilla, solíamos decir en aquella época, pero lo peor no era la abominable trama tejida con tiritas de cuero marrón que estigmatizaba cruelmente sus empeines, sino el grosero repiqueteo de esos tacones -tap tap tap tap-, que acechaban mis pasos cuatro veces al día, todas las mañanas y todas las tardes, de casa al instituto, del instituto a casa, y vuelta a empezar. De vez en cuando, mientras cambiaba de acera en cada semáforo para que, por lo menos, le costara trabajo seguirme, me preguntaba por qué se empeñaría él en llevar todos los días a clase aquellos zapatos de domingo, siempre impecables, tan lustrosos y brillantes, aunque sus costuras ya hubieran empezado a reventar. Él no necesitaba esos tacones, una base insólita para sus eternos pantalones de chándal de espuma azul, porque era un chico muy alto, pero aquel mínimo detalle no bastaba para convertir en un misterio el vulgar acertijo de su existencia.
No hay parto sin dolor, ya se sabe, ni hortera sin transistor, y él, naturalmente, solía llevar un transistor pegado a la oreja, el volumen a tope mientras me esperaba, emboscado en la esquina de mi casa. Algunas tardes, el eco melancólico, antiguo, de aquella canción que le gustaba tanto, me advertía de su presencia antes aun que la sombra de su figura escurrida y triste, tan larga y, sin embargo, tan extrañamente desamparada. Luego, sus tacones -tap tap tap tap- ponían una nota de más en la dulzona salmodia de aquel amor terminal y desgarrado que nos acompañaba, eso da igual, ya nada importa, San Bernardo abajo, San Bernardo arriba, todo tiene su fi-i-i-in, como una profecía incapaz de cumplirse.
– No sé cómo le aguantas -me decía mi prima Ángeles, que por aquel entonces ya había conseguido que todas sus amistades la llamaran Angelines, abreviatura madrileña que ella encontraba muy fina, pero que en casa, mal que la pesara, seguía siendo Angelita, y por muchos años-. Es que es lo que le faltaba ya, al tío, que le gusten Los Módulos.
Yo asentía en silencio y, a veces, sin darme cuenta del todo, tarareaba aquella infamia sin mover los labios, siento que ya llegó la hora, que dentro de un momento, te alejarás de mí, porque yo no había nacido en un pueblo de Jaén, como Angelita, sino en la Clínica de la Milagrosa, puro Chamberí, y por eso podía permitirme ciertas debilidades arabescas que jamás me atrevería a confesar en voz alta. Y sin embargo, Angelita tenía razón, por muy de pueblo que fuera. El Macarrón -como solían llamarle mis hermanos, no tanto por sus características físicas como por la solidez de sus perversiones estéticas- era un pedazo de hortera. Punto final.
Nunca llegué a cruzar una palabra con él, ni siquiera sabía cómo se llamaba -Abencio, seguro, o Aquilino, aventuraba mi prima, todo lo más Dionisio, no lo dudes-, ni podría ahora reconstruir el momento exacto en el que mis hombros comenzaron a acusar el peso de sus ojos, esa mirada sólida, compacta como un espejo animado, turbio y caliente, frente al que me vi cumplir trece, y luego catorce, y luego quince, y dieciséis años. No era del barrio, eso sí lo sabía, y que vivía en Valdeacederas, una estación de metro que estaba muy lejos, por Tetuán más o menos, pero cuya reputación era entonces lo bastante conocida como para que mi madre se sintiera satisfecha de no haberse movido en toda su vida de la insignificante calle de San Dimas.
– Mira, mira -solía decir a las visitas en el balcón, obligándoles a torcer el cuello hasta forzar un ángulo inverosímil mientras señalaba a lo lejos con el índice-. Eso que se ve allí es la cúpula de la Unión y el Fénix. ¡Pero si vivimos casi en la Gran Vía! Lo que yo te diga…
Ella podía hartarse de decir lo que quisiera pero, por supuesto, no vivíamos en la Gran Vía, sino en un barrio antiguo y pequeño, muchos conventos y casas sin portero, sin ascensor, sin calefacción central y con más de un siglo a cuestas, una parcela del centro de Madrid
– Noviciado para algunos, Malasaña para otros, San Bernardo, Conde Duque o hasta Argüelles para los taxistas- que ni siquiera hoy tiene nombre definido. Allí se había criado mi padre y allí se había criado mi madre, allí se conocieron, y se miraron, se gustaron y se hicieron novios. Allí mismo, en la iglesia de las Comendadoras, se casaron, y alquilaron un piso grande y destartalado, los techos abombados por el peso del cañizo viejo, reseco, y un suelo bailarín de baldosines pequeños, blancos y rojos, una casa que yo ya no conocí, porque mamá sucumbió a la fiebre de las reformas antes de que yo me rindiera al uso de razón. El pasillo, dividido en varios segmentos equitativamente absurdos, seguía siendo eterno y angosto, eso sí, y mi dormitorio, que conservaba el airoso nombre de gabinete, era en realidad un minúsculo cuarto ciego, pero eso no significaba que hubiera dejado de haber ricos y pobres. Pues no faltaría otro escándalo, hasta ahí podríamos llegar.
– ¿Valdeacederas? -mi madre frunció aparatosamente el ceño-. ¡Uf! Eso es un barrio malísimo, medio de chabolas o así.
– ¿Valde qué? -terció mi abuela, que no sabía estar callada-. Eso no es Madrid.
– ¡No poco, abuela! Pero si hay hasta metro y todo.
– ¡Metro, metro! Claro que habrá metro, si ahora debe llegar hasta Toledo… ¡No te digo!
Para la señora Camila, como la seguían llamando en el barrio, Madrid seguía estando restringido a los estrictos límites de la ciudad donde transcurrió su juventud, indultando a lo sumo Ventas, y por la plaza de toros, que si no, para ella, lo mismo que Segovia. Era mejor no llevarle la contraria, porque a la mínima oportunidad te volvía a contar cómo la eligieron Miss Chamberí por aclamación en el año 1932, cómo impusieron sobre su pecho una banda verde con letras doradas, cómo llegó por la noche con ella a la taberna de su padre y cómo mi bisabuelo le arreó un bofetón -por Miss- que le dejó los dedos marcados en la cara durante una semana, así que me callé y nunca volví a preguntar por ese desgarbado y sigiloso espectro que parecía vivir sólo para mirarme. El paso del tiempo y Conchita, la panadera, recompensaron mi paciencia al alimón, consintiéndome averiguar algunas cosas. El Macarrón era nieto de la señora Fidela, una anciana bronca y robusta, muy descarada y peor hablada, que vivía en Montserrat esquina con Acuerdo, a dos pasos de mi casa. Su marido, un hombrecito convenientemente insignificante y a quien, por supuesto, nadie conocía por su nombre de pila -en mi barrio, ése parecía un privilegio exclusivo de las mujeres, y el señor Fulano nunca era tal, sino el marido de la señora Fulana-, había trabajado toda la vida como bedel en el Cardenal Cisneros, y así había conseguido una plaza en el instituto de la calle de los Reyes para un alumno que vivía tan disparatadamente lejos. Yo, que asistía al Lope de Vega porque no me quedaba más remedio, estaba a punto de descubrir el valor de aquellos ojos que tal vez me concedieran el privilegio de existir, en lugar de nutrirse con ventaja de mi existencia, cuando Angelita hizo un descubrimiento mucho más aparatoso, una auténtica hazaña que la convertiría definitivamente en Angelines.