– ¡Sí, mujer! -insistió al final-. Si tú tienes que saber lo que es. Hasta salen en la tele de vez en cuando hablando de los salvajes y eso…
Comprendí enseguida lo que quería decir, pero tardé unos segundos en arrancar a hablar, como si aquella posibilidad me resultara más inverosímil que algunas de las que yo misma había propuesto, y no pude evitar que me temblara un poco la voz en la primera sílaba.
– ¿An-tro-pó-lo-go? -pregunté muy despacio, casi con miedo, y Conchita elevó las dos manos al cielo mientras profería un alarido de triunfo.
– ¡Justo!
– ¿El Macarrón es antropólogo? -volví a preguntar, como si con una sola afirmación no hubiera tenido bastante.
– Sí -me contestó ella, para insistir luego en un tono ligeramente ofendido-, y ya te he dicho que se llama Juanito.
– ¡Antropólogo, el Macarrón…! -afirmé para mí, en un susurro-. Desde luego… ¡tócate las narices!
Después, Conchita sacó una lima de uñas del cajón de las pesetas, se sentó en un taburete y, al otro lado del mostrador, empezó a hacerse la manicura como si estuviera sola, pero cuando yo buscaba ya una fórmula de despedida se decidió a agregar el colofón que menos me esperaba.
– Él tampoco se ha casado -dijo, sin levantar la vista de su mano izquierda.
– ¿Y por qué me cuentas eso?
– No, mujer… -y entonces me miró-. Por nada.
Estoy segura de que él nunca me creería si le confesara que fue una casualidad, pero lo cierto es que yo hubiera preferido otro balcón, otra fachada, otro piso, un mínimo desnivel, cualquier distancia, y si me hubieran dado a elegir, habría escogido una trinchera comunicada con la suya de forma diferente, a través de una azotea quizás, o de un simple patio de luces, pero aunque no habían pasado más de tres meses cuando me avisaron de la agencia, yo ya no tenía dieciséis años, y el tiempo pasaba muy deprisa y muy despacio a la vez, demasiado rápido para retenerlo, demasiado lento para desesperar a quien sabe que no lo posee por completo.
La chica que me acompañaba enarcó las cejas hasta su límite físico, cuando le pedí que no abriera los balcones. Recorrí en penumbra las habitaciones que daban a la calle -un gabinete, el salón, otro gabinete, el dormitorio, otro dormitorio…- y di una señal sin dignarme a echar más que un vistazo a la cocina y al baño, que por muy recién reformados que estuvieran, daban a un callejón sin ningún interés. Obligué a los mozos de la mudanza a trabajar con luz eléctrica, el piso cerrado a cal y canto mientras cada uno de mis objetos luchaba por convencerme del lugar que le correspondía, y luego, todavía, esperé a estar familiarizada con el espacio. El día en que decidí que me sentía segura, compré un ramo de flores al salir del trabajo. Coloqué el jarrón en una mesa situada en el ángulo adecuado, y sólo entonces abrí muy despacio las contraventanas del balcón del salón. Mis labios se curvaron solos, dibujando una sonrisa de la que no llegué a ser consciente del todo. Al otro lado de la calle, en un balcón del tercer piso del edificio contiguo al que se elevaba enfrente de mi casa, estaba él. Me miraba, y casi sonrió conmigo.
Aprendí muchas cosas en muy poco tiempo, pero también muy pronto dejaron de bastarme. Juan -pronunciaba continuamente su nombre, en silencio algunas veces, otras en voz alta, hasta que me acostumbré a llamarle así- era muy desordenado, comía poco, dormía menos, y salía casi todas las noches a pesar de que tenía que levantarse temprano, porque daba clases por la mañana. Por las tardes solía estar en casa, y me miraba. A veces se acercaba al balcón con un libro en la mano o hablaba por teléfono durante mucho tiempo sin apartar los ojos del cristal, al acecho del menor de mis movimientos, como cuando éramos niños. Yo mantenía siempre enrolladas las persianas verdes y empezaba a cansarme, y dudaba de que él tuviera bastante con la pobre victoria de mi imagen, pegada al balcón durante horas como una calcomanía en tres dimensiones, pero no llegué a recibir señales de que albergara una ambición mayor. Me mantuve firme durante algún tiempo. Luego, la ansiedad pudo más, y a su amparo empecé a elaborar una lista de tácticas posibles, todas parejamente insensatas. Poner un cartel en el balcón me daba mucha vergüenza, averiguar su teléfono y marcarlo me pondría enferma, y cruzar la calle para pedirle una tacita de azúcar resultaría físicamente imposible, porque mis piernas se habrían fundido para siempre antes de lograr transportarme hasta su portal. Al final, opté por vaciar el salón de mi casa. Saqué todos los muebles al pasillo, traje una banqueta de la cocina, la coloqué al lado del balcón y me senté allí, a no hacer nada. Confiaba en que él lo entendería, siempre había sabido interpretar todos mis gestos y, sin embargo, cuando levanté los ojos, los suyos sostuvieron mi mirada durante apenas un par de segundos.
Su ausencia no llegó a desconcertarme, porque regresó enseguida, abrió las dos hojas, se apoyó en la barandilla, y me miró. Yo imité sus gestos, uno por uno, y al principio no reconocí la música, pero mi memoria reaccionó antes que yo misma, siento que ya llegó la hora, él movía los labios muy cerca, al otro lado de la calle, pero no podía escucharle, que dentro de un momento, y entonces me di cuenta de que no conocía su voz, de que nunca la había oído, te alejarás de mí, y tuve ganas de llamarle, de gritar su nombre, suplicarle que gritara, eso da igual, pero no me atreví a articular un solo sonido, ya nada importa, y me uní a su canto al final del estribillo, todo tiene su fi-i-i-in, hasta que terminó. Luego, me quedé mucho tiempo quieta, aferrando la barandilla con las dos manos. Le miraba, y casi sonreí con él.
Empezaba a hacer buen tiempo y esa canción se convirtió en una contraseña entre nuestros balcones abiertos. Lo demás pasó después, de repente. Hacía mucho calor aquella noche de junio, el aire pesaba como si lo hubieran hilado con plomo, y el perfil de la luna parecía hervir sobre un cielo que, de puro caliente, se negaba a oscurecer del todo. Al otro lado de la calle, él subió el volumen de su equipo de música, y percibí casi el eco de un llanto, una queja terminal y desgarrada, como una resonancia de desesperación. Me levanté y me acerqué al balcón, y la voz del cantante sonaba igual que siempre, pero yo no era capaz de escucharla como antes, y empecé a desabrocharme la blusa sin advertir que aquél era el único gesto espontáneo que acometía desde que me había mudado a mi nueva casa, la única palabra que no había planeado, estudiado y sopesado previamente, mi blusa cayó al suelo y empecé a desabrocharme la falda, y él me miraba, el dibujo de sus cejas, dos arcos perfectos, inmutable como si alguien las hubiera esculpido en piedra sobre sus ojos fijos, y mi falda también cayó al suelo, terminé de desnudarme sin dejar de mirarle, y él me miraba, pero no se movía, me miraba, pero seguía apostado frente al balcón, como un muñeco, como una estatua, como un cadáver.
Mis párpados cayeron solos, y mis lágrimas decidieron seguir su camino, escurrirse entre ellos, atropellarse y rodar sobre mi cara para certificar el último fracaso. Tuve que imponerme a mi propia piel, luchar contra la inercia que me aplastaba entera contra el suelo, para abrir los ojos otra vez, y quise no volver a ver a nadie, ninguna cosa, nada, nunca más, pero contemplé un balcón vacío, abandonado, y mi corazón estuvo a punto de asomarse al mundo desde la enloquecida frontera de mi boca.
Luego, fui yo quien bajó la cabeza. Él cruzaba la calle con la suya más alta, los hombros por fin erguidos.
Modelos de mujer
A Juan Vida y a Felipe Benítez Reyes,
por ser como los hombres de la vida misma
Cuando descolgué el teléfono para inaugurar una desconcertante mañana de plomo, pintada con esa luz húmeda y gris que tendría que estar prohibida siempre, y más cuando la primavera se prepara ya para desembocar en el verano, se me había olvidado que la declaración sobre la renta me había salido positiva, veinticuatro mil pesetas del primer plazo -jamás pago todos los impuestos de golpe, no vaya a ser que me muera en verano y Hacienda cobre de más- que habían abierto una herida nada sutil en mi modesto corazón de trabajadora tenaz y precarísima. Sin embargo, las condiciones de aquella asombrosa oferta me despejaron del sopor previo al desayuno con tanta eficacia como si el auricular transmitiera puñetazos en lugar de palabras, y cuando acepté, sin tomarme el trabajo de fingir que tenía que pensármelo, levanté una montera imaginaria al cielo para brindar a la memoria de esas veinticuatro mil pesetas de mi alma, que habían volado de una cuenta corriente tan congénitamente escuálida que el saldo parecía ya una broma de mal gusto.