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Nunca me habría atrevido a pensar que nadie pudiera pagar tanto dinero a alguien por un trabajo. La cifra me daba vueltas en la cabeza mientras me duchaba, mientras me vestía, mientras pasaba de largo por la parada del autobús, repitiéndome que sería delicioso caminar por Madrid en una mañana tan fresquita, bajo un cielo de reflejos nacarados que nunca fue plomizo, sino blanco, de esa blancura viva y elegante que barniza la carne de las perlas. Pensaba solamente en la vuelta, después del verano, todos los días que podría vivir sentada encima de ese obsceno montón de pesetas, y en mi tesis doctoral, en mi pobre, amado y desatendido Yevgueni, al que nunca volvería a abandonar por la corrección tipográfica de setecientas galeradas de una guía ornitológica de los Pirineos, como la última vez, ni por la traducción de un manual completo de MS-DOS en doscientos cuarenta fascículos con su correspondiente disquete de regalo, como la penúltima. Es dura la vida del colaborador editorial, sobre todo cuando la declaración de la renta sale positiva, y la primera regla del oficio dice que hay que cogerlo todo, hasta la redacción de cursos acelerados de punto de cruz, así que no me consentí dudar ni por un momento de estar acertando, y sin embargo, cuando llamé a su puerta, en las puntas de mis nervios se enroscaba una inquietud casi vecina del miedo. Al fin y al cabo, nunca se me ha dado bien el trabajo en equipo.

– ¡Hola! -me saludó con una sonrisa radiante para la que en realidad no había motivo alguno-. ¿Quién eres?

Si tardé tanto en contestar no fue solamente porque nunca he acertado muy bien a definirme en dos palabras. También pesó el asombro de tenerla delante, impecablemente maquillada, peinada, vestida, conjunto de mañana en punto de seda de tonos crudos, líneas amplias, generosas, que estilizan la silueta, acentuando la esbeltez de una figura etérea, espiritual casi, que se propone como un nuevo modelo de feminidad… Eso lo había escrito yo misma un par de años antes, al redactar los textos del catálogo de primavera-verano de unos grandes almacenes, recuerdo que me pagaron una miseria, y la recuerdo a ella, impecablemente maquillada, peinada, vestida, exactamente igual que ahora, cuando me abría la puerta de su casa a las once y media de la mañana de un martes normal y corriente, que ni siquiera era día trece. Lo peor fue que la encontré abrumadoramente guapa, una pura portada de número extra Todo Belleza, y aunque intenté infundirme seguridad por el bajo y rastrero procedimiento de ironizar para mí misma que, a juzgar por las que estaban a la vista, debía llevar gardenias de Chanel prendidas hasta en las bragas, al tender hacia delante el brazo derecho, rocé por accidente la base de uno de mis pechos, embutido en el sujetador de la talla 100 que me convierte en un monstruoso accidente natural cada vez que atravieso el umbral de una boutique, y me dije que aquello no iba a resultar nada fácil. Le ofrecí mi mano de todas formas, mientras me explicaba lo mejor que podía.

– Bueno, yo… Me han llamado esta mañana de tu agencia para que te acompañe a Estados Unidos. Hablo un ruso perfecto y mi inglés…

– ¡Ah, sí! -me interrumpió, mientras seguía exhibiendo una sonrisa radiante para la que todavía no había motivo alguno-. Tú debes de ser mi… ¡Ay, no me acuerdo de la palabra!

– Coach.

– ¿Qué…?

– Co-ach -repetí más despacio, renunciando a cualquier acento, y por fin asintió-. Puedes llamarme entrenadora, si quieres, es más sencillo.

Hizo un gesto para invitarme a pasar y ya en el recibidor tuve la sensación de que acababa de cambiar de revista, como si hubiera caído por accidente dentro de las páginas de cualquier suplemento de decoración, de esos que regalan un par de veces al año todas las publicaciones llamadas femeninas. El salón que me acogió estaba tan impecablemente maquillado, peinado, vestido, que casi daba pena sentarse.

– ¿Por qué hablas ruso? -me espetó a bocajarro, y por primera vez sospeché que quizá su radiante sonrisa no fuera más que el escudo de una perenne perplejidad.

– Porque estudié filología eslava. -Supuse que esta breve respuesta zanjaría la cuestión pero me equivoqué. Ella no solía tener bastante con una sola respuesta.

– ¿Y por qué?

– Pues… porque me interesa mucho la literatura rusa del siglo XIX, y la Revolución del 17, y porque me atrae el este de Europa, y no sé… Porque el ruso es una lengua importante y me apetecía conocerla.

– Claro… -hizo una pausa, como si necesitara meditar-. No deberías usar Wonderbra, yo creo que te achaparra un poco.

– No uso Wonderbra -respondí muy despacio, procurando que cada sílaba sonara como un navajazo.

– Entonces eso es tuyo…

– Sí.

– Ya.

Veteatomarporculo, veteatomarporculo, veteatomarporculo, repetí para mí, muy deprisa, como una técnica para conservar la serenidad, porque, aun disparando al azar, me había acertado a la primera en el mismísimo centro de la sima más honda entre las que minaban los maltrechos cimientos de mi persona.

– ¿Quieres tomar algo? -me ofreció a cambio.

– Una Coca-Cola… -y sintiéndome irremediablemente culpable para varios meses, añadí la coletilla odiosa- light, por favor.

– Es lo mismo que tomo yo.

Pues qué bien… pensé para mí, y me repetí que aquello no iba a ser nada fácil.

Mido casi un metro setenta, y eso está bien, pero la última vez que pesé cincuenta y cuatro kilos estaba a punto de cumplir quince años. Eso no tendría mucha importancia si no fuera porque casi siempre peso un poco -uno de esos «pocos» tan elásticos que parecen conceptos de goma- más de sesenta, que no es ya el peso ideal, sino apenas el normal, y eso está francamente mal cuando no tengo un buen día, que de unos años a esta parte es, más o menos, todos los días. Soy lo que la gente suele llamar «una mujer grande», y tengo tanto éxito con los albañiles que trabajan en la calle, como desprecio inspiro a las redactoras de páginas de moda. Mi cara me gusta, y me gusta mi piel, y mi pelo castaño, espeso y ondulado, aunque a veces preferiría ser más rubia, o morena del todo, para escapar de la apabullante mayoría estadística de los tonos marrones, que son los míos y los de casi todo el mundo, por mucho que yo me empeñe en subirme la moral de vez en cuando diciéndome que, en realidad, tengo los ojos de color avellana.

Eva también tenía los ojos castaños, y hasta se teñía el pelo de un caoba rojizo que no escapaba de la gama de los marrones, pero nadie se atrevería a confundir cualquiera de sus rasgos con los que comparte casi todo el mundo. Era diez centímetros más alta que yo, pero abultaba más o menos la mitad de mi cuerpo considerado a lo ancho, y cuando caminaba, su figura parecía animada por el espíritu de un animal extremadamente elegante, una gacela quizás, o un antílope de frágiles y larguísimas patas. Mientras la veía alejarse en dirección a la cocina, comprendí muy bien que una belleza semejante hubiera llamado la atención hasta en Hollywood, y cuando seguí sus pasos, mi autoestima se encontraba quizás en el más ínfimo de los niveles perceptibles. La visión del interior de su nevera, sin embargo, la hizo subir algunas décimas.

– Sólo queda una light… -me explicó con un bote en la mano y la consabida sonrisa radiante, más ridícula que nunca al brotar de un espectáculo tan penoso.

– No importa -la consolé, sin poder apartar los ojos del bote de espárragos, el par de tomates, los cuatro yogures y el deshabitado frutero que parecían niños perdidos entre las baldas de un inmenso frigorífico-. Podemos compartirla mientras hablamos, y luego bajar a comer algo en la calle.

Cuando nos sentamos en una mesa de la cafetería de comidas rápidas que había junto al portal de su casa, apenas había logrado averiguar algo de ella, aparte del exacto mecanismo de su perfeccionadísima sonrisa, que me propuse ensayar delante del espejo en cuanto volviera a casa. A Eva no le gustaba mucho el cine. Tampoco le gustaba mucho viajar. Quería ser actriz porque, casi diez años después de ser elegida Miss España, se estaba haciendo mayor para la pasarela y empezaba a estar muy vista como modelo fotográfico.

– ¿Y qué hago yo si no, a ver, dime? -me preguntó.

– Mujer, hay muchas cosas.

– ¿Por ejemplo?

– Pues no sé… La jardinería, la filatelia, poner una tienda, sacar unas oposiciones, trabajar en cualquier sitio, tener hijos, estudiar…

– ¡Sí, estudiar! Con la memoria que tengo.

Intenté explicarle que para ser actriz hay que estudiar mucho, pero, sencillamente, no se lo creyó.