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– Muy mayor, ¿no?

– Sí, pobrecilla. Miguela Uncidos Gómez. Su madre la tuvo consigo mientras vivió, era viuda de un empleado de la RENFE, tenía una buena pensión y a Migue nunca le faltó de nada, la crió como si fuera una niña normal, era hija única. Nos la trajeron cuando se quedó huérfana. Tiene buen carácter, muy cariñosa… Su única manía consiste en salir a dar un paseo después de cenar. Por lo visto, en el pueblo veía salir a sus primas todas las noches, y le daba mucha rabia no poder hacer lo mismo que ellas, así que su madre la acostumbró a cenar a las seis de la tarde y luego la dejaba estar un ratito en la calle. Nosotros hacemos lo mismo. Cena a la hora en que los demás meriendan y luego sale al jardín. Se la puede dejar sola, tiene la edad mental de una cría de siete u ocho años…

– ¿Y la otra?

– ¿Queti? Esa ya es harina de otro costal. María Enriqueta Martínez de Mandojana, de las mejores familias de Vitoria, una menopausia atroz, cincuenta y siete años, casada, con seis hijos, uno de ellos heroinómano, murió de sobredosis hace quince meses. Fue entonces cuando la ingresaron, ella dice que fue su marido quien lo mató…

– ¿Delirante?

– Sí. Un cuadro clásico.

A mí me van a venir con ésas a estas alturas, a mí, a la hija de mi madre, María Enriqueta Martínez de Mandojana y Velarde, yo misma, que me he criado con media docena de doncellas en un piso grandísimo, en plena calle Dato, que ya no sabíamos ni dónde poner la plata, que nos faltaban muebles para guardarla, de tantísima que teníamos… Y es que mi padre era juez, don Juan, así le llamaba todo el mundo, y yo su ojito derecho, que daba gusto salir con él a la calle, todos nos saludaban, claro, les daba miedo, como tenía tanto mando… ¡Pobre papá! Ya me lo advirtió él, bien clarito, no te cases con tu novio, que ése va a por tu dinero, que es un piernas, y qué razón tenía, hay que ver, pero era tan guapo, Antonio, tenía tan buena planta… ¡Cabrón! Bien que me preguntabas tú por lo de Salvatierra cuando éramos novios, todavía me acuerdo… Y dime, Queti, ¿es verdad que tu madre es la dueña de la mitad del pueblo? Y yo te lo contaba todo, cabrón, que eres un cabrón, y así me ha lucido el pelo, que me has robado todo mi dinero, me lo has quitado todo, y ahora vas por ahí diciendo que mamá sólo tenía un par de viñas y que las vendiste con mi consentimiento, y eso es mentira, ¿me oyes? ¡Mentira podrida! Yo, que me crié como una reina, con enaguas almidonadas, en mi casa cambiaban las sábanas todos los días, pero qué sabrás tú de eso, desgraciado, si tú serás siempre un muerto de hambre, con todo lo que me has robado, un muerto de hambre, que ya encontrarás a alguna que te saque el dinero y te deje tirado, que eso es lo que te mereces… Una princesa era yo, una auténtica princesa, que no sé ni por qué me fijé en ti, con la cantidad de pretendientes que yo tenía, militares, alcaldes, millonarios, y hasta un rey, que eso no te lo he contado a ti nunca, un rey raro, de uno de esos países pequeñitos de por donde Rusia, un rey que vino a Vitoria por negocios y se enamoró de mí, y me escribía, y eso dejé por ti, pedazo de cerdo, un trono nada menos, y ahora me has encerrado en este manicomio, y dices que estoy loca porque sé la verdad, porque yo sé que fuiste tú quien enseñó a Rafa cómo pincharse, que te pillé una noche con la jeringa en la mano, al lado de su cama, envenenando a mi niño, mi niño, que era tan rubio y tan guapo, tan pequeño… ¡Y tú lo mataste, asesino, tú me lo mataste! Tenemos un hijo drogadicto, Queti, hay que hacerse a la idea y seguir viviendo, decías, tienes que seguir viviendo, aunque sólo sea por los otros cinco… ¡Dios mío! Él me quería, mi niño pequeño, me quería, luego se quedó como tonto, me lo fuiste dejando sin fuerzas poco a poco, él no te hubiera consentido que me encerraras aquí, por eso lo quitaste de en medio, y luego convenciste a los demás, Antoñito, que es igual que tú, y las niñas, mis propias hijas, menuda jaula de fieras… Tienes que curarte, mamá, es un sitio muy bonito, mamá, allí estarás mejor que aquí, mamá, iremos a verte, mamá… ¡Dios mío! Ahora ni siquiera conozco a mi nieta, ¿y sabes lo que te digo?, pues que me da igual, que bastante tengo con haber parido a su madre. En realidad estoy mejor aquí, ¿me oyes?, mejor aquí, en un manicomio, que allí, en casa, donde todos queréis que me muera, porque sé que lo estáis deseando, os he oído cuchichear entre vosotros, estáis todo el santo día deseandito que yo me muera, pero no me pienso morir, no me da la gana de morirme, a pesar de los disgustos que me da la Gregoria esa, que es una burra y una mala persona, yo no me pienso morir, yo me voy a quedar aquí, viviendo como una reina, que para eso pago mi dinero, con Miguela, que es la única persona que me quiere en este mundo, Migue, mongólica y todo, pero me quiere, hay que ver, parir seis hijos y acabar así, que cada vez que me da un beso por las mañanas se me saltan las lágrimas y me quedo temblona. Rafa también me besaba, en cuanto que se levantaba venía y me besaba, mi niño, y será la emoción, o yo qué sé, pero me ponen la carne de gallina, los besos de Migue, y por eso yo no se lo diré a nadie, nunca, ya sabe ella que conmigo puede estar tranquila, esas cosas tan raras que le pasan, pero yo chitón, ¡mucho ojo!, que soy una señora, yo, y ya me he dado cuenta de que ella no quiere que nadie lo sepa, que se pega el espejo a la nariz cada vez que pasa alguien para que nadie la vea, para que nadie la moleste, y sólo lo sé yo, que se mira en el espejo y ve a otra mujer, una mujer normal y hasta guapa, lo que son las cosas, que es ella misma, pero con los ojos redondos y grandes como dos platos…

– Venga, Fernando, vámonos a tomar una caña…

– Espera, que voy a por las llaves del coche.

– No, no hace falta. Vamos andando, mejor. El pueblo está muy cerca, ya verás. Estos paseos son lo único agradable que tenemos aquí…

– Bah, mujer, no digas esas cosas, que no será para tanto.

– No, qué va… Si es que tú acabas de llegar.

– ¿Y todo eso que contabas en Madrid? Aire libre para los enfermos, más espacio, menos gastos… Todo eso sigue en pie, ¿no?

– Pues no. Porque a mí me prometieron una casa, no una ruina. Y un jardín, no un erial. Y talleres, no dos pajares sin acondicionar. No hace ni tres meses que les cedimos el centro de Vicálvaro, y ahora ya se hacen los suecos, por supuesto. No hay dinero, Rosa, eso es lo que me dice el delegado todas las semanas, de momento no hay dinero… Y les llama locos, a mis pacientes, ¿te lo puedes creer? Tus locos tendrán que esperar un poco más, eso me dice. Mira, si no fuera por mi padre y por mi hermano, que se están forrando en la privada a base de recetar aspirinas a los yonquis de buena familia, y tienen que tranquilizarse las conciencias de vez en cuando, no tendríamos ni tejado, ¿me oyes?, ni tejado. Ya no me dan un crédito en ningún banco, Fernando, estoy en todas las listas negras, ni cien, ni cincuenta mil pesetas, nada. Y nadie dona dinero para los locos, porque no es rentable, no queda mono en la televisión, no sé… Todo esto es una mierda, tú también te irás dando cuenta, pero eso sí, ¿ves?, la Maliciosa ya está nevada, mírala… Siempre igual, desde el principio, hielo en invierno y deshielo en primavera, por muchas vueltas que dé el mundo. Si no fuera por ella, que jamás pierde la serenidad, habría acabado volviéndome un poco loca yo también.

– Conoces bien todo esto, ¿verdad?

– Sí. He veraneado en este pueblo toda mi vida.

– Y el centro… ¿qué era antes? Por la fachada, parece como una casa solariega.

– La Casa Quemada la llaman. Al tío que la construyó le hubiera encantado oírte, porque se dice que lo que él pretendió al levantarla fue precisamente eso, hacerse con una casa solariega. Pero aquí nunca ha habido hidalgos, sólo pastores con una manada de ovejas, un par de vacas, y prados para pasto, las parcelas que vendieron en los años sesenta para que los señoritos de Madrid se construyeran chalets suizos con piscina y pista de tenis, en fin, ya sabes… El caso es que el individuo aquel era un indiano. Emigró a México, se hizo inmensamente rico y se volvió cuando la Revolución. Por lo visto, él contaba que fue Emiliano Zapata en persona quien le echó de sus tierras, ¡muerte a los gachupines!, juraba que le había gritado en sus propias narices, vete a saber, mi madre llegó a conocerlo, de niña… Construyó la casa y se instaló aquí con su familia, pero el hijo pequeño, que ya estaba muy enfermo, murió al poco tiempo de tuberculosis, y su madre le cogió manía a todo esto, porque si habían venido aquí, al fin y al cabo, era porque esperaban que el aire de la sierra lo curara. Total, que cuando la hija mayor se casó, creo que con un notario, y se fue a vivir a Madrid, todos se mudaron allí y nunca volvieron. Durante algunos años, la casa estuvo cerrada, abandonada, pero una noche, no estoy segura de la fecha, a principios de los años cuarenta debió de ser, se organizó un incendio espantoso y ardió todo, las cortinas, las alfombras, los muebles, todo. Nunca se supo cómo prendió el fuego, pero la gente cree que por aquel entonces los maquis del Guadarrama usaban la casa de vez en cuando, en invierno. La verdad es que no me extrañaría, estando tan apartada, y al pie del monte, debió de ser un refugio cómodo y seguro para ellos. Los viejos cuentan todavía que en las noches de helada los guerrilleros bajaban de la sierra a dormir aquí, y aquí curaban a los heridos. El caso es que aquella madrugada, cuando en el pueblo dieron la alarma, el incendio ya casi se había apagado solo, ya había ardido todo lo que podía arder… Los herederos cedieron entonces la propiedad al Ayuntamiento, que arregló el edificio pero nunca encontró una manera de usarlo. De ahí pasó a la Comunidad, y por no sé qué convenio, un buen día me lo encontré en una lista de recursos disponibles, y lo solicité, pero todo el mundo lo sigue llamando la Casa Quemada, y yo no le pienso cambiar el nombre. Por lo menos, eso es bonito…