– No te rasques -me advirtió, después de instalar un televisor pequeño sobre la cómoda y abandonarme en dirección al salón, donde la esperaban ciertos misteriosos invitados-, y menos en la cara. Aguanta el picor o te quedarán señales para toda la vida. Y no te muevas de la cama, eso sobre todo. Ya vendré yo a verte de vez en cuando…
Pero la varicela tiene una ventaja, no se pasa más que una vez en la vida, y hubo otros fines de semana para salir al campo a coger moras, tardes de río y mallas repletas de cangrejos vivos, noches en las que hacer burla de la nieve al amparo de un fuego de leña, muchas procesiones y muchas romerías, muchas mañanas de sol para subir al monte con la comida de Roque, y comer con él encima de una peña. Mientras tanto, mi amor por Piedad perdía poco a poco el carácter de una vocación para convertirse en un ingrediente esencial, natural, absolutamente indisociable de mi propia vida.
– ¡Berta! -La misma mañana de su boda, Cristina irrumpió en el salón sin avisar, con la maquinilla que usaba para afeitarse las piernas en una mano y cada uno de los nervios de su cuerpo concentrado alrededor de su boca, que se desencajaba en cada chillido-. ¿Dónde has metido el taburete del baño?
Todos -mis padres, mis hermanos, mis abuelos, los amigos íntimos que se habían reunido en casa para acompañarnos a la iglesia- me miraron a la vez, suplicando con los ojos una respuesta rápida y eficaz, porque la histeria de la novia rebasaba ya, con creces, la paciencia de un santo.
– Ten por cierto, Cristina -contesté, nerviosa, sin escoger mucho las palabras-, que yo no he ocultado el escabel.
– ¡Qué barbaridad! -dijo el mejor amigo de mi padre, al que llamábamos tío Armando aunque no formara parte de la familia-. ¡Pero qué bien habla esta niña!
– Sí -contestó mamá, sin darse importancia-, es que es muy estudiosa…
Eso era verdad, pero yo no había aprendido en ningún libro a hablar el castellano característico de la zona rural frontera entre las provincias de Burgos y Segovia ni, desde luego, era capaz de utilizarlo a mi antojo. Aquélla era, simplemente, mi lengua materna, la lengua de Piedad, que distinguía perfectamente entre la pronunciación de poyo y la de pollo, y bromeaba afirmando que en mi casa, todos los jueves, se comía banco de piedra estofado.
Nadie advirtió la verdad, quizá porque en la época en la que se casaron mis hermanas, hacía ya más de dos años que sólo íbamos al pueblo en verano, dos años desde que Piedad y yo no nos sentábamos juntas, ni siquiera en la misma fila, cuando íbamos al cine.
2
Al verla salir del baño, frotándose las manos con una insistencia que aplicaba un barniz de desesperación sobre un gesto tan trivial, apenas reparé en la desaforada dosis de crema Atrix que embadurnaba sus dedos, sus palmas, sus muñecas, aunque hacía ya varias tardes que asistía, perpleja, a la repetición constante de aquella escena, Piedad combatiendo la aspereza escarlata de su piel -no podía fregar con guantes porque los platos y los vasos se le escurrían para estrellarse contra la pila sin que sus yemas llegaran a echarlos de menos- con un tarro de tamaño familiar que, de seguir así las cosas, no le iba a durar ni dos semanas. El espectáculo de su rostro, mucho más extraordinario, atrajo instantáneamente mi atención, en cambio.
– No me pongas esa cara -murmuró ella cuando se dio cuenta, sin dejar de frotarse nunca las manos-. No me apaño muy bien, ya lo sé, como no tengo costumbre…
– Pero ¿qué dices, Piedad? -protesté-, ¡si estás guapísima! Nunca has estado tan guapa como ahora.
Y era sincera. Hasta entonces, siempre había pensado que Piedad no se pintaba porque no lo necesitaba. Que mis hermanas, pese a ser más jóvenes que ella, nunca salieran de casa con menos de tres tonos distintos en cada párpado, no tenía mucho misterio, porque todas nosotras, incluyendo a mi madre -cuyo principal objetivo en esta vida consistía en aparentar diez años menos de la edad que tuviera en cada momento-, siempre hemos sido más feas que Piedad. La elegancia, el estilo, la clase, la calidad de la ropa, el corte de pelo mejor elegido, la destreza para andar con gracia sobre unos tacones, tenían poco que hacer frente a la intensa dulzura de aquellos ojos verdes de un brillo casi líquido, salpicados de motitas doradas que retenían la luz para despedirla después a su antojo, resplandeciendo en un óvalo de proporciones perfectas, la nariz recta y pequeña, los labios carnosos, de contornos tan limpiamente definidos que parecían obra de un lápiz, y esa barbilla impecable, una curva aguda, pero no afilada, donde se lee la marca de la belleza genuina. Piedad no necesitaba pintarse, pero estaba más guapa pintada, sobre todo aquella tarde de estreno, mientras una luz incierta, que yo no podía interpretar, sembraba de sombras el reluciente espejo de su rostro.
Nunca, tampoco, la había visto tan nerviosa, de eso estaba segura.
– Y tienes que prometerme que te vas a portar bien -me dijo en el ascensor-, que no protestarás aunque te aburra la película, que no pedirás más que una cosa, patatas o palomitas, ve pensándotelo… He quedado con un amigo mío, ¿sabes? Vendrá con nosotras al cine. Quiero que seas muy simpática con él, Berta, pero sin llegar a aturdirle, ya sabes. Me cae muy bien, y… en fin, me encantaría que no metiéramos la pata.
Cualquier otro día habría reparado en la generosidad de Piedad, que solía hablar en primera persona del plural para prevenirme de un riesgo inminente, pero le vi a través de la cristalera del portal cuando aún no había tenido tiempo de prometer nada, y le reconocí a pesar del abrigo gris, largo hasta los pies, que acortaba su estatura a cambio de hacerle parecer más fuerte, porque ni queriendo habría podido olvidar su pelo, abundante y tieso, cortado a cepillo, o la perenne expresión de tristeza que habitaba en su boca.
Ella me lo presentó como si nunca nos hubiéramos visto, y entonces me di cuenta de que antes, cuando nos tropezábamos con él en el pueblo, jamás le saludaba aunque por fuerza se tenían que conocer. Eugenio no vivía en Montejo, pero aparecía por allí en Semana Santa y solía volver para las fiestas de agosto, conduciendo un coche blanco lleno de niños con los que Piedad no me dejaba jugar, pese a que vivían justo en la casa de enfrente. Ahora, sin embargo, le cogió del brazo para cruzar la calle y, cuando la acera empezó a ser demasiado estrecha para los tres, prefirió soltarme de la mano a desprenderse de la manga de lana gris. En el vestíbulo del cine, los dos se ofrecieron a la vez a comprarme una cosa, patatas él, palomitas ella, pero antes de entrar en la sala sujetando una bolsa de plástico con cada mano, ya sospechaba que tanta generosidad aparejaría ciertas contrapartidas, y no me equivoqué. Piedad escogió una de las últimas filas del cine y avanzó entre las butacas con decisión. Yo la seguí, rezongando, sin darme cuenta de que Eugenio no venía detrás de mí, pero cuando aún no había terminado de protestar por estar sentada tan lejos de la pantalla, una mano brusca, muy grande y muy morena, rematada por cinco sombras oscuras -huellas indelebles de la mugre que, de lunes a viernes, solía estar alojada bajo el borde de las uñas- avanzó sin previo aviso desde la fila de atrás, colándose entre mi cabeza y la de Piedad para posarse después en su cuello y quedarse allí, sin moverse, sin esbozar siquiera una caricia, mientras las luces se apagaban para dar paso al No-Do. Luego, tras el breve paréntesis de normalidad del descanso, una extraña charla triangular, Piedad se levantó -ahora vuelvo, me dijo- y se pasó a la fila de atrás, de donde no volvió hasta que las luces se encendieron de nuevo.
No me acuerdo de la película que vimos aquella tarde, pero estoy segura de que logró atraparme, zambullirme de cabeza en su historia, porque no me volví ni una sola vez. Con otras películas todo sería distinto, pero al cabo de unos meses, Piedad renunció incluso a la oscura complicidad de las salas de reestreno para abrazar y besar a Eugenio delante de mí y al aire libre, en los merenderos de la Dehesa de la Villa, en las verbenas de los barrios periféricos, en las supuestamente lujosas cafeterías de la calle Preciados, o hasta en la esquina de mi casa, Conde de Xiquena con Bárbara de Braganza, tan lejos del cochambroso cine Chueca -que, a despecho de su nombre, se alzaba justo en la esquina donde la Plaza de Chamberí desemboca en el Paseo del Cisne-, que les cobijó por primera vez. Yo encajé tales prodigios con el ánimo más favorable que una pareja puede esperar de un hijo adoptivo, pero en mi actitud pesaba mucho más el cálculo interesado que cualquier hipotética capacidad para comprender fenómenos que estaban muy por encima de mi más precoz inteligencia, si es que mi inteligencia fue precoz alguna vez.