La próxima, aunque nunca del todo inminente, boda de Piedad, que bordaba sábanas y manteles en sus ratos libres y siempre, cuando se encontraba con Roque, cotejaba los números de su cartilla con los de la cartilla de su novio, dejó de proyectar sobre mi futuro las afiladas sombras de una espada impaciente. Piedad ya no pensaba en casarse. Eso se lo debía a Eugenio, y también las explosiones de euforia de los primeros meses, esa especie de locura, como un brote de felicidad desatada, un calor parecido a la fiebre, a la dorada ebriedad de la que hablan los textos antiguos, el temblor que yo jamás he padecido sino en ella, a través de ella, porque Piedad brillaba, iluminaba el mundo, lo transportaba entero sobre la nube que defendía sus pies del polvo, y reía, se reía sin tener motivos, y se echaba a llorar sin dejar de reír, y cuando la miraba, me parecía una niña pequeña, más pequeña que yo, menos consciente, y al mismo tiempo una mujer enorme y lejana, solemne como una estatua, distinta como una diosa, y única, porque era todas las mujeres a la vez, todas las mujeres vivían en ella, y este planeta había nacido, se había formado, y había crecido para Piedad, para que Piedad sintiera, para que Piedad amara. Yo, que nunca he formado parte de los escogidos, viví también aquel amor como una pasión propia, lo seguí de cerca, con ojos atentos, avariciosos, sin palabras aún para explicármelo pero con abrazos para compartir, y me aprendí las letras de decenas de boleros, afirmaciones de amor total, quejas de amor venenoso, llantos de amor traicionado, y sentencias todavía más tremendas, más absolutas, más hermosas aún, pero más brutales, yo no sé si tendrá amor la eternidad, cantábamos, pero allá tal como aquí, en la boca llevarás sabor a mí…
Después, Piedad perdió las ganas de cantar para murmurar entre dientes aquella frase terrible, este hombre va a ser mi ruina, y nunca lo decía una sola vez, sino que lo repetía deprisa, para sí misma, como rezando, este hombre va a ser mi ruina, este hombre va a ser mi ruina, y a mí me daba miedo oírla hablar así, y me daba miedo ver lo deprisa que cambiaba, porque seguía siendo una mujer diferente, distinta a la que fue antes y a todas las demás mujeres que yo conocía, y seguía estando muy guapa, pero sus mejillas se teñían de otro color, un rojo más oscuro, más cerca del morado, y ya no alternaba la risa con el llanto, pero pasaba mucho tiempo sentada en una silla sin mover un músculo, los ojos fijos en la pared, los labios soldados, completamente sola aun estando conmigo, y a ratos se volvía loca otra vez de la buena locura, la locura de antes, pero luego empezó a contagiarse de una locura nueva, turbia, peligrosa, locura de la ira y del despecho, como un presentimiento de desesperación, y se pasaba las mañanas de domingo tumbada en la cama, mi madre se quejaba, ya no trabajaba tan bien como antes, y yo no podía encubrirla porque no la entendía, no comprendía por qué estaba cambiando tan deprisa, hasta que llegó un momento en que se quedó como estaba, terca, triste, y ya no pasó nada, sólo el tiempo, y cumplí diez años, y luego once, y Piedad empezó a dejarme en casa cuando quedaba con Eugenio aunque le veía menos que antes, y nuestra vida recuperó una cierta rutina antigua hasta que se decidió a romper con él, y entonces descubrí que todo podía ser muchísimo peor.
– Esto es lo que tendría que haber hecho hace años -me dijo al volver a casa mientras la ayudaba a preparar la cena-, en lugar de perder tanto el tiempo, porque no se puede vivir así, como yo he vivido. Tú lo entiendes, ¿no, Berta? -En ese momento levanté los ojos para mirarla y la encontré muy tranquila, tan serena como su voz. Sonreía.
– Claro que sí, Piedad -contesté, aunque me imaginaba que había hecho aquella pregunta por hablar, y no porque le interesara de verdad conocer mi opinión-. Y has hecho muy bien.
– Sí, yo también lo creo -asintió-. No había otro camino, no había… otra… otro…
Entonces se detuvo, pero yo estaba segura de que aquella pausa no tenía otro objeto que dejar pasar el tiempo mientras escogía bien las palabras, y no levanté los ojos de la lechuga que estaba picando hasta que noté que se había desplomado hacia delante. Cuando la miré, estaba doblada sobre sí misma, la cabeza apuntando al suelo, el pelo balanceándose en el aire, lacio, como muerto, y los brazos cruzados alrededor de la cintura, abrazando la repentina deformidad de su cuerpo. Me abalancé sobre ella y no conseguí enderezarla, pero sujeté su barbilla entre las manos para obligarla a levantar la cara, y era tal la expresión de dolor que vi en su rostro -la frente arrugada, los párpados apretados, la boca fruncida, como si la mano de un dios, o de un demonio, le hubiera estrujado la piel hasta concentrar todos sus rasgos en el centro-, y tan sordas las quejas que al nacer parecían desollarle la garganta, que me convencí enseguida de que Piedad había sufrido un ataque, un infarto, un cólico, algo parecido, pero cuando salí corriendo de la cocina con la intención de avisar a mi madre para que llamara al médico, ella salió corriendo detrás de mí.
– Déjalo, Berta -me dijo, agarrándome por los hombros-. No te asustes, no es nada…
Y, sin embargo, fue todo. El dolor, la desesperación, una falsa indolencia, la muerte en vida, sucesivas etapas de una enfermedad crónica, un virus sin remedio, una infección mortal e intermitente. La primera fase pasaba deprisa, pero el corazón seguía retorciéndose cuando dejaba de retorcerse el cuerpo, y luego era peor, porque vómitos y jaquecas, insomnio y falta de apetito resultaban mucho más tolerables que la apatía y el silencio, o la lentitud con la que Piedad arrastraba las zapatillas por el pasillo, como si solamente mover los pies le exigiera un esfuerzo atroz, insoportable. Yo la miraba y sufría con ella, porque hacía ya muchos años que había desdeñado la última oportunidad para elegir, y mi destino estaba ligado a la supervivencia de aquel fantasma por lazos mucho más intensos que los de la sangre, si es que esos lazos existen. Yo había querido amar a Piedad, la había elegido, la había adoptado, había invertido en ella toda mi fe, todas mis risas, todos mis besos, ya no podía encontrar un camino de vuelta y además me negaba a encontrarlo. A cambio, me propuse quererla más que nunca, e intenté distraerla, sacarla de casa, bombardearla con chismes, con chistes, con historias verdaderas o inventadas, y no conseguí nada, no fui capaz de moverla ni un milímetro del centro del pantano en el que se iba hundiendo lentamente, pero cuando más perdida parecía, un domingo por la tarde me vio fregando los platos y esa imagen por fin la hizo reaccionar.
– ¡Deja esa copa inmediatamente, Berta! -gritó casi, levantándose de la silla desde la que fingía mirar la televisión.
– Si no me importa fregar… -protesté, sin mucha convicción.
– Pero a mí sí me importa que friegues -contestó-, porque tú eres una niña, y los niños no trabajan. Además, éste es mi trabajo, no el tuyo. Hasta aquí podíamos llegar -se lanzó sobre la vajilla con una energía que no desplegaba desde hacía meses, y siguió murmurando entre dientes-. Esto no puede ser, Dios mío, no puede ser. Todo esto es una locura…
Desde aquella tarde, Piedad se esforzó en bordar sus tareas, recobrando el nivel de eficiencia del que tanto se maravillaban las amigas de mi madre antes de que empezara a salir con Eugenio, pero la precisión mecánica de todos sus gestos, la dureza de su rostro, el silencio de sus labios, revelaban, tras una aparente recuperación, el nacimiento de otra Piedad, una muñeca articulada, indiferente, fría, que me gustaba todavía menos que la mujer desesperada, pero por tanto viva, que había sido antes. Por eso me alegré tanto aquella tarde de primavera, cuando me encontré con Eugenio en la puerta del colegio. Ya había cumplido doce años y solía volver a casa sola, pero Piedad todavía venía a recogerme algunas veces cuando tenía que hacer recados por el barrio, y la busqué con los ojos hasta que me di cuenta de que su novio iba vestido con un mono azul, y recordé que nunca le había visto así a su lado.
– Hola -le di un beso en la mejilla-. ¿Qué haces aquí?
– He venido a verte -me contestó en voz baja, titubeando, como si se arrepintiera de cada palabra que pronunciaba-. ¿Piedad…?
– No, ella ya no viene a buscarme. Ya soy mayor.
– Claro…
Nos quedamos parados en medio de la acera, sin decir nada, yo le miraba con curiosidad, él se miraba la punta de los zapatos mientras le daba vueltas y vueltas a un papelito que sostenía con las dos manos, a la altura del pecho. Así dejamos pasar cuatro o cinco minutos, tal vez más, y nunca he vuelto a ver un rostro tan sombrío.
– Bueno, Eugenio -rompí el silencio con el acento más corriente que pude improvisar, porque no podía estar toda la vida esperándole-, pues me tengo que ir a casa.
– No, espera…
Todavía hizo una pausa, como si necesitara respirar antes de decidirse.