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– Toma -me tendió aquel papel con las dos manos en un gesto brusco y solemne a la vez, que me recordó el que hacen los sacerdotes en misa cuando elevan la hostia consagrada-. Es para Piedad. Lo he copiado de un almanaque.

Era una hoja arrancada de un bloc de papel cuadriculado, corriente, de esos que tienen el espiral arriba, escrita por una sola cara con un bolígrafo azul y la caligrafía redonda, trabajosa, de un mecánico de coches apenas acostumbrado a apuntar alguna cifra, y sin embargo, la expresión de sus ojos líquidos, el temblor de sus manos aún extendidas y, sobre todo, el color de sus mejillas, un sonrojo impensable en un hombre tan mayor, me convencieron de que aquella nota era muy importante para él. Cuando me la metí en el bolsillo doblada en cuatro, tal y como la había recibido, me pregunté si Eugenio sabría que Piedad nunca había aprendido a leer, pero después de despedirme de él, comprendí que ni siquiera ese detalle tenía importancia.

– Adiós, Berta -murmuró, y cuando ya me había alejado unos pasos, sin moverse del sitio, añadió aquello-: Y dile que me estoy muriendo.

Empecé a leer en alto sin entender muy bien por qué me estaba poniendo tan nerviosa, Cuando pienso en tu vida y la mía, pero aquel papel arrugado y sucio, estampado de manchas de grasa negruzca, me bailaba entre los dedos, y mi voz sonaba como si estuviera a punto de rendirse en cada sílaba, y las sombras me rozan la piel, mientras Piedad, apoyada en el borde del fregadero, me miraba de frente, sin fingir ya indignación, como al principio, una voz me murmura al oído:, pero tranquila, segura todavía de sí misma, de su desprecio, déjala, no la puedes querer, aquél era el primer golpe, y ella lo acusó cerrando al mismo tiempo los ojos y los puños mientras yo seguía leyendo, sin marcar pausa alguna entre las estrofas, Yo le doy la razón, pero luego, los puños cerrados se estrellaron contra las puertas del mueble donde guardábamos el cubo de la basura, golpes apenas testimoniales, flojos al principio, no consigo ocultar la verdad, que fueron ganando en intensidad hasta adquirir el eco de la violencia auténtica, y otra voz, más profunda, me dice:, en aquel instante me arrepentí de haber cedido ante Eugenio, porque Piedad se estaba destrozando los nudillos, nunca vas a poderla olvidar, y yo no podía ver otra cosa que odio en sus ojos cerrados, odio en sus labios fruncidos, odio en su rostro, en sus gestos, ella entera una imagen del odio, aunque algunas lágrimas sueltas se desprendían ya de sus pestañas, como por azar, No conozco la sierra sin nieve, entonces empezó a susurrar, hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta, no comprendo el invierno en abril, pero el sonido de sus insultos no me engañaba, porque Piedad lloraba por fin de verdad, lloraba como si quisiera secarse para siempre, vaciarse de todo, nacer de nuevo, sin poesía no sufro la noche, y la emoción liberó a sus manos de la misión de la violencia, e hizo resplandecer su rostro como si una luz misteriosa hubiera trepado en secreto por su garganta, y el vello de sus brazos se erizó, y se le erizó el alma, y cuando levanté la vista por última vez, sentí que mi estómago se ahuecaba de repente, y presintiendo el sabor de mis propias lágrimas, saladas y mansas, leí en un sollozo el último verso, no me explico la vida sin ti.

Después, agotado mi llanto y el suyo, con los ojos muy abiertos y los dedos apretados contra las mejillas, intentando aplacar su calor, Piedad me preguntó por el único detalle que no había previsto.

– ¿Lo ha escrito él?

Yo bajé la cabeza, como si necesitara estudiar bien la cuartilla antes de responder, y fijé la mirada en la última línea, aquel nombre tan largo que parecía otro verso.

– Pues claro -contesté, sin mentir todavía-. ¿Quién lo iba a escribir?

– Me refiero a si ha compuesto él los versos, o son de otro.

Volví a hundir los ojos en aquella letra torpe, de trazos infantiles, cuatro cuadraditos para cada redondel, cuatro para cada palote, y aquel apellido perfectamente escrito, Bécquer, con una c delante de la q, y hasta el acento, un trazo rígido, diminuto, sobre la primera e, y sentí por Eugenio la misma imprecisa ternura que habría sentido por un bebé, por un cachorro, por un ser indefenso y condenado, por cualquier criatura sin suerte.

– Me ha pedido que te diga que se está muriendo -entonces la miré-. Y creo que es verdad.

– ¿Y yo? -me preguntó-. ¿No me estoy yo muriendo? Y la culpa es suya, suya, que se casó con otra…

La última palabra se le quebró en los labios como si la hubiera partido con los dedos, y entonces comprendí que estaba a punto de volver a llorar, y me dije que Piedad no sabía leer, que nunca distinguiría aquel nombre tan largo del resto de las líneas, y lo que dijera el poema le daba lo mismo, sólo había un par de versos importantes para ella y ésos ya se los sabía de memoria, ésos no los olvidaría jamás.

– Aquí no pone nada -comenté, renunciando a contestar a su última pregunta-. No tienen firma.

– ¿En serio? -su voz todavía temblaba.

– Sí -la mía, en cambio, no se alteró-. Estoy segura de que los versos son suyos.

Por fin sonrió, y no me arrepentí de haber mentido, porque nadie en el mundo necesitaba más poesía que Piedad para sufrir aquella noche.

Mis cálculos se revelaron tan exactos como sospechaba, y Piedad jamás me reprochó que la hubiera engañado, si es que, tras la reconciliación, Eugenio admitió alguna vez el fraude del poema que yo había robado para él, pero la profecía que ella había aventurado entre dientes un día tras otro, durante tantos años, terminó por cumplirse también, y aquel hombre fue de verdad su ruina, y fue la mía, hasta que no hubo nada que pudiéramos llamar nuestro.

– ¡Tú…! ¡Eh, tú, niña! Espera un momento…

Jamás había escuchado aquella voz, y sin embargo todavía sueño con ella algunas noches.

Piedad me había mandado a la calle a traición, porque se había quedado sin pan rallado con los filetes rusos a medio hacer, y yo caminaba tan deprisa como podía, no tanto por miedo a encontrarme echado el cierre de aquella tiendecita de la calle Barquillo que estaba abierta hasta que se hacía de noche, como porque nada podría consolarme si me perdía el final del episodio de El conde de Montecristo que había tenido que dejar colgado, cuando ya se veía venir que el prisionero anciano de la barba blanca iba a revelar a Edmundo algún tremendo secreto. Por eso no me detuve, no volví la cabeza siquiera, diciéndome que una voz tan desconocida no podía referirse a mí, pero ella me alcanzó corriendo y me agarró del brazo entre jadeos, y me obligó a volverme, y vi a una vieja desgreñada, vestida de negro, que me miraba con una expresión en la que se mezclaban la mala leche y una cierta ausencia, cara de bruja quizá, cara de loca.

– ¿Tú sabes que tu madre es una puta, niña?

Me quedé inmóvil, clavada en el suelo. Durante un par de segundos no respiré siquiera, y no vi nada, ni oí nada, como si estuviera encerrada en un paréntesis de irrealidad, fuera del mundo. Luego noté la presión de sus dedos, me estaba haciendo daño.

– ¡Déjeme en paz! -chillé, e intenté escaparme, pero ella me sujetaba con fuerza.

– Una puta, tu madre, eso es lo que es, una maldita zorra, y una cabrona, y así se muera y te quedes sola, como se está quedando sola mi hija…

La tiré al suelo de una patada y eché a correr. Cuando llegué al ultramarinos, pedí un paquete de pan rallado como si no hubiera pasado nada. El tendero, que me conocía desde pequeña, estaba comentando con su mujer el episodio de aquella tarde, discutiendo los detalles de la fuga del conde como si ellos dos también tuvieran que escapar de la cárcel, y les pregunté si les molestaría que me quedara a ver el final sólo para hacer tiempo, porque tenía miedo de que esa mujer siguiera esperándome al volver a casa, y miré la televisión -un pequeño aparato portátil rodeado de latas de conserva por todos los lados- sin prestar atención a lo que sucedía, porque el destino de Edmundo había perdido de golpe cualquier dosis de importancia, y cuando me despedí, entre dos anuncios, sentí que era otra persona la que decía adiós, muchas gracias.

Al volver a casa, Piedad me echó una bronca por el retraso, ya sabes que me preocupo mucho si tardas, dijo, y yo no contesté nada, porque si abría la boca iba a ponerme a llorar. Lloré después, de todas formas, me encerré en el baño para llorar pero ni siquiera así se me pasó el susto, y aquella noche soñé con la voz de esa mujer, ¿tú sabes que tu madre es una puta, niña?, y me levanté todavía más asustada, masticando la rabia y la vergüenza, quemándome por dentro, y odié sobre todas las cosas a aquella vieja mala, tan cruel y miserable, pero no dije nada, a nadie, ni una palabra. Presentía que hablar sólo serviría para empeorar las cosas.