Desde el primer momento, desde que ella me deseó esa soledad que me ha acompañado durante tanto tiempo, intuí a mi pesar que estaba acertando al equivocarse y que me estaba hablando de Piedad, no de mi madre. No conocía a la suegra de aquel amigo de la familia al que llamábamos tío Armando, pero sí a su mujer, que no consentía que la llamáramos tía María Teresa, y que a la fuerza tenía que ser hija de una señora como mis abuelas, elegante, bien educada, incapaz de abordar a una niña por la calle, pero ni siquiera ese detalle habría sido suficiente si yo no me hubiera levantado de la cama aquella noche de sábado que recordaba ya como lejanísima, porque cinco o seis años ocupaban todavía un espacio inmenso en la brevedad de mi memoria. Estaba harta de fiebre y de escozor, decidida a plantarle cara a la varicela, y me levanté para ir al baño sólo por hacer algo, escapar de las sábanas, dar dos pasos seguidos, entonces escuché el eco de una risa característica de mi madre, una carcajada tenue, breve, crujiente, que parecía ensayada, y me acerqué al salón para echar un vistazo, y les espié en silencio durante mucho tiempo, sin que ninguno de los dos me viera, ella sentada hacia dentro en el brazo del sillón que él ocupaba, ambos con un vaso lleno de whisky en la mano, ambos moviéndolo al mismo tiempo, el eco acompasado de los cubos de hielo que chocaban entre sí y una conversación susurrada que parecía el diálogo de una obra de teatro, y la mano de Armando reposaba sobre un muslo de mi madre, y ella se inclinaba de vez en cuando y le besaba en la boca con delicadeza, y sólo entonces la presión de los dedos de su amante se intensificaba, pero incluso en esos instantes daba la sensación de que no se estaban tomando aquello muy en serio… Cuando encendieron el tocadiscos me desperté, porque me había quedado dormida de pie, contra la pared, sin darme cuenta, y pude volver a la cama en secreto. Ellos bailaban con los ojos cerrados.
Mientras acumulaba débiles, voluntariosos argumentos para intentar contrarrestar la liviandad de aquella escena, repitiéndome a cada paso que tenía que ser ella, y no Piedad, la inspiradora de un odio semejante, no reparé siquiera en la indiferencia con la que contemplaba el destino de mi propia madre, tan estremecedoramente ajena a la esencia de mi vida como la ropa que me ponía por las mañanas. Ella solía decir que los niños nunca son crueles, sino sinceros, igual que el sol, y en lo que a mí respecta, al menos, tenía razón. Yo no le deseaba ningún mal, pero tampoco ningún bien especial, porque no la necesitaba para nada, y si su muerte hubiera sido necesaria para hacer feliz a Piedad, habría firmado la sentencia sin dudar. En aquella época, no podía comprender que era en el exacto centro de mi amor donde nacía la causa del odio ajeno, porque la pasión escoge cuidadosamente a sus víctimas, y sólo confiere poder a quien antes ha sido capaz de negarse a sí mismo para entregarse al otro por completo. Piedad había vivido para mí hasta arrastrarme para siempre a los dominios de su amor, y estaba a punto de arrastrar a Eugenio, porque sabía romperse, y se rompía de verdad cada vez que él la tocaba. Su sinceridad, su debilidad, la hacían tremendamente peligrosa. Mi madre, a su lado, era una inofensiva actriz de reparto perpetrando un papel que le venía grande en una amable comedia de enredo. Su astucia era incapaz de conmover a nadie, porque existen los buenos amores, y los amores malos, y los dos son hondos, pero unos con otros apenas alcanzan un porcentaje insignificante del amor que circula por el mundo, feudo indiscutible de los amores tontos y convenientes a los que aspiran la mayoría de sus habitantes, quizá porque no hay nada que temer en ellos.
No dispuse de mucho tiempo para pensar en todo esto, sin embargo, porque la situación estalló muy pronto, apenas dos meses después del ataque de aquella mujer, con la que me tropecé por segunda y última vez en el recibidor de mi propia casa, al volver del colegio, cuando Piedad ya se había marchado con Eugenio para no volver jamás.
– Así que ésta es su hija pequeña… -dijo, acercando una mano a mi cabeza.
Esquivé su caricia a tiempo con un gesto imprevisto, grosero, un torpe paso de baile, casi un salto, y encaré a mi madre, que jugueteaba nerviosamente con el picaporte como hacía siempre que una visita se prolongaba más allá de sus cálculos.
– ¿Dónde está Piedad?
La mujer de Eugenio, una chica joven y muy gorda a la que había visto por el pueblo alguna vez, dejó escapar un sollozo y murmuró algo que no llegué a escuchar. Mi madre, en cambio, elevó la voz para mentir.
– Piedad ya no trabaja aquí -y detecté un rencor absurdo en sus palabras-. La he despedido esta mañana.
Corrí por el pasillo hasta la habitación que compartíamos, diciéndome que era imprescindible actuar deprisa, y registré el armario, la mesilla, la estantería de la que habían desaparecido todas sus cosas, levanté el colchón, abrí los cajones, me tiré en el suelo para mirar debajo de las camas, y aunque no sabía lo que estaba buscando, no encontré ya ninguna cosa que hubiera sido suya. Nada, excepto yo misma.
3
Veinticinco años después, el espejo del cuarto de baño me devolvía la huella familiar de dos diminutas llagas, las pequeñísimas cicatrices que vivirán para siempre sobre mi pómulo izquierdo, mientras miraba hacia dentro, repasando, uno por uno, los contornos de una herida que tampoco se cerrará jamás, como no se borran las marcas de la varicela. Desde que perdí a Piedad, la vida no había vuelto a concederme la atención precisa para ponerme a prueba, por eso me conocía muy bien, tanto por dentro como por fuera, y sin embargo, permanecí ante el espejo durante mucho tiempo, contemplando mi rostro con una extraña atención, como si ya entonces pudiera presentir el inminente desafío de un destino tan parco, tan manso, que nunca antes se había sentado frente a mí para invitarme a echar un pulso. Pero no era así. Cuando advertí que mis pies estaban perdiendo sensibilidad en el charco de agua helada y miré el reloj, y me asusté de lo tarde que era, volví al presente de golpe, poniéndome en marcha con una energía de la que no creía disponer, y quien fregó el suelo, y vació la bañera, y ordenó las toallas, y se puso el pijama, y emprendió el recorrido de todas las noches para asegurarse de que los candados estaban echados, las luces apagadas, y la llave de paso del gas bien cerrada, era todavía la misma Berta, la mujer de antes, tremendamente fuerte, tremendamente buena, y generosa, y responsable, y seria, y eficaz, la buena hija.
Después, dando vueltas y vueltas entre las sábanas, incapaz de dormir pero presa a la vez de una especie de insomnio productivo, necesario, muy distinto del ansia desesperada de sueño de otras noches, ordené los episodios de mi vida desde un punto de partida diferente, aquella mañana de domingo, imposible ya precisar la fecha, recordar si hacía frío o calor, reconstruir la escena exacta, los personajes, sus ropas, los colores, pero era domingo, aproximadamente treinta años antes, y yo me había levantado muy temprano para ir con Piedad a comprar los churros del desayuno, y ella había salido de casa con dos monederos distintos, como todas las semanas, y también como siempre, después de esperar turno, había pedido medio redondel de porras y dos docenas de churros por un lado, y aparte, tres porras más, y había pagado el paquete grande con un monedero, dinero de mis padres, y el paquete pequeño con otro, su propio dinero, y nos habíamos comido las tres porras sueltas por el camino, yo dos, ella solamente una, siempre lo mismo, y entonces sospeché que Piedad quizá fuera mi madre, y yo su hija verdadera, porque era ella quien pagaba las porras que mejor me sabían, la corteza dorada, caliente, que parecía deshacerse al contacto con mis labios para crujir después en cada mordisco, tan distinta de la pasta ya fría, y como desinflada, que desayunaban los demás en la mesa del comedor media hora más tarde, y del mismo monedero salían los pequeños regalos de todos los días, chicles, cromos, tebeos, caramelos Saci, o esas barras retorcidas de regaliz colorado que me gustaban tanto, ni mis padres ni mis hermanas habrían sabido decir cuáles eran mis golosinas favoritas, pero Piedad lo sabía y me las compraba con su dinero, y en algunos cuentos que me había contado pasaban cosas así, los amos, que eran ricos pero ya viejos, criaban como si fuera propio a algún hijo de unos pastores muy pobres que luego se arrepentían, o no, pero siempre se las arreglaban para ocuparse del niño aunque fuera a distancia, y tal vez mi caso no era muy distinto… Cuando mi madre entró en el comedor, me acerqué a ella y la saludé con solemnidad, buenos días, doña Carmen, dije, y todos se rieron.
Si no hubiera recuperado ese recuerdo concreto, un detalle tan aparentemente trivial, hasta nimio, en relación con el curso completo de mi existencia, en el preciso instante en que la última gota consiguió por fin desbordar el vaso, quizá mi vida no habría llegado a cambiar en nada, pero mi mente de adulta, gobernada por la lógica implacable, casi viciosa, de una matemática en paro forzoso, ya no podía detenerse, y las ideas se conectaban a una velocidad que yo siempre había supuesto malsana para razonar correctamente, y sin embargo cada conclusión se erigía en una irreprochable premisa para nuevas conexiones, y no podía desterrar la intuición de que si me hubiera sido posible expresar mi pasado en cifras, todos los resultados serían ahora justos, exactos, coherentes entre sí. Nunca antes me había parado a pensar que mi pasión por las bañeras grandes, ese inocente reflejo de una infancia articulada en miles de atardeceres marcados por la incomodidad de los lavados por piezas -primero sentada en una especie de banco que ocupaba casi la mitad de la cubeta, empezar con una pierna, luego la otra, después de pie, dejar que Piedad me enjabonara el cuerpo y me aclarara a continuación de mala manera, impulsando hacia arriba, con la mano, el agua que apenas bordeaba la frontera de mis rodillas-, pudiera leerse en una dirección estrictamente opuesta a la que determinaba mi memoria. Esa sorpresa se convirtió en la salida de una carrera cuya meta alcancé al tomar una decisión descabellada de la que no me he arrepentido todavía.