Выбрать главу

En eso tuvo razón la doctora, ¿ves?, más razón que un santo tuvo, porque Miguela no aprendió, no le dio la gana de aprender a hacer nada, era lo mismo que regar una planta, yo la vestía, la daba de desayunar, la sacaba de paseo, y ella, ¡hala!, tan contenta o tan triste, que de las dos maneras se puede decir, porque le daba lo mismo ocho que ochenta, carne o pescado, que la lavara o no, ya todo le daba igual, vivir o morirse. ¡Y el Orencio en Babia! Eso era lo que más rabia me daba, que seguía en Babia el tío, sin asomar una punta por ninguna parte. Yo al principio todavía tuve esperanzas, si antes era capaz de volverla normal, pensaba, ahora podrá arreglarle lo de los ojos, es que era lo mínimo, vamos, porque yo estaba segura de que se había rajado los párpados para ver si se le volvían flojos, lisos, pues claro, igual que una tela, debió de pensar ella, si se me aflojan los párpados, se me agrandan los ojos, y si vuelvo a tener los ojos grandes, él volverá, eso debió de pensar Migue, con la pizca de seso que tenía, pero qué va, si todos los hombres son iguales, eso va a misa, todos iguales, a ver si no, y además, las cosas no son lo mismo del derecho que del revés, y los milagros, que no existen, pues no te digo ya cómo son, que uno no puede hacerlos así, cuando le viene en gana… Lo que pasa es que a mí se me encogía el corazón sólo de verla, cada vez más delgadita, con esas gafas de plástico negro que la pusieron, que parecía que iba a vender los veinte iguales cualquier tarde, pobrecita, si es que no había derecho, jolín, que no había derecho, que el Orencio era un cabrón, que para qué la había mimado tanto, a ver, tantos besos y tanta leche, si ella de mongólica no estaba mal, si había sido así toda su vida, no conocía otra cosa, pobre Migue. ¡Pues para dejarla tirada después!, ¿para qué iba a ser si no?, para eso la había enamorado el Orencio, las cosas como son, y los hombres, todos, una partida de cabrones, vivos o muertos, que lo mismo da. Así pensaba yo, con el cariño que había llegado a cogerle antes, fíjate, que ya hasta le perdonaba toda la mugre que llevaba encima, pero es que a lo mejor no podía venir, como ya no estaba enterrado en el jardín de casa… Total, que aquella tarde yo ya no sabía qué pensar, pero eso sí, cuando Gregoria anunció que nos íbamos al pueblo de paseo, que había fiestas, dije que yo a Migue me la llevaba y me la llevé. Lo que son las cosas, ¿por qué me pondría yo tan pesada esa tarde?, vete a saber, si a ella ni siquiera le apetecía, pero yo me empeñé, y buena soy yo cuando me empeño… Estaba raro el aire aquella tarde. Yo me di cuenta nada más salir, nunca me había pasado nada parecido, y Migue también lo notó, se puso más tiesa, como si le volvieran las ganas de repente, no sé lo que era, no lo sé, como no me lo explico todavía, yo lo digo así, que estaba raro el aire. El paseo fue bien, me aguantó el paso a pie firme, oye, no se quejó pero es que nada, y ya me figuraba yo que el cabrón ese andaba por ahí, porque a mitad de la cuesta Migue empezó a tocarse la estrella, a jugar con ella, como antes. Pasamos al lado de la iglesia y empezó a oler a churros, sonaba la música, creo que fue entonces cuando vi una mancha roja con el rabillo del ojo, sólo una mancha al principio, y no quise mirar aunque Miguela me tiraba del brazo cada vez más fuerte, hasta que volví la cabeza y le vi, claro, a Orencio, a quién si no, sujetando una bandera, de pie en la tapia del cementerio, con dos o tres desharrapados más. Y ella también le vio, y empezó a dar gritos de esos que daba cuando se ponía contenta, y a saltar encima de la acera como una condenada, ciega y todo, hay que ver, yo no me lo explico, que con los ojos rotos le viera Migue y los demás ni siquiera se enteraran. El doctor Salgado se me acercó, ¿qué le pasa a Miguela?, dijo, yo me quedé muy sorprendida, ¿pero es que usted no lo ve?, contesté, y él me miró raro, entonces comprendí que a Orencio sólo le veíamos nosotras dos y le dije al doctor que si no veía que estaba contenta, nada más. Me dio mucho apuro, porque, claro, era una situación muy comprometida, y al final le pedí al doctor que se adelantaran, no sólo por no quitarle a Migue el gusto de verle, porque desde luego le veía, no sé cómo, pero le veía, sino porque, además, me di cuenta de que no iba a poder llevármela de allí ni queriendo. Sólo cuando los otros ya se habían alejado unos pasos, me atreví a echarme a Orencio a la cara, le miré a los ojos y fue como si me hablara, lo que son las cosas, no movió los labios y, sin embargo, yo sentí que me hablaba, y no llegué a contestar, pero apenas había decidido que le iba a decir que no, que de ninguna manera, cuando me lo pidió otra vez, y miré a Miguela, como él me dijo, y estaba contenta, tan contenta que yo nunca la había visto así, y entonces pensé que a lo mejor él tenía razón, porque mongólica, y ciega, y tan triste… Ahora, que al que algo quiere, algo le cuesta, pensé, para que él me oyera, así, sin hablar, y en aquel momento hicimos el trato, bueno, yo siempre creí que habíamos hecho un trato, aunque él ni asintió con la cabeza ni nada, y miré a Miguela otra vez, para darme fuerzas, y la escuché reír con su risa de mujer de mundo, y cuando apareció el camión a lo lejos, la besé en la frente para despedirme, ella no se dio ni cuenta, y luego, mientras aquella mole blanca venía hacia nosotras cada vez más deprisa, esperé sólo un instante, Orencio levantó enseguida la bandera, entonces la empujé. Yo creía que no iba a poder, pero no me costó trabajo, ya ves, las dieciséis ruedas le pasaron por encima antes de que quisiera darse cuenta. Murió sin ningún dolor, en el acto, según dijo la doctora…

– ¡Rosa, Rosa!

– Pero… ¿qué dices? Habla más alto, no te oigo.

– ¡Dile a Gregoria que se lleve a los demás, que se vaya con todos a casa, ahora mismo!

– Bueno, pero…

– Nada, ni peros ni nada. Se tienen que ir todos, pero ya. Dame tu chaqueta, quiero taparle la cara a Miguela.

– Fernando, no puedes tocar el cadáver. Tiene que venir la Guardia Civil, y luego el juez, y…

– Hazme caso, Rosa, por favor.

– Muy bien, si te vas a poner así… ¡Gregoria, todo el mundo a casa! Lléveselos ahora mismo. Queti, vete tú también, vamos, corriendo… Vale, ya está. ¿Qué pasa?

– No te lo vas a creer.

– No me voy a creer ¿qué?

– Mira bien a esta mujer, Rosa, mírale la cara, los ojos…

– Fernando, por favor, no me obligues… Muy bien, pues ya la he visto, ¿qué pasa?

– Que esta mujer no es Miguela.

– Pero, ¡por Dios! ¿Qué estas diciendo? ¡Claro que es Miguela! Lo único que ocurre es que le acaba de pasar un camión por encima.

– No. Le ocurre eso, y que ya no es ella, fíjate, todavía se ve la forma de los ojos, la boca…

– ¡Pero si ya no tiene cara!

– Claro que tiene, y eso es lo extraño, su cara. Porque es la cara que habría tenido Migue si no llega a nacer con el síndrome de Down…

– Te has vuelto loco, Fernando. Demencia transitoria. Ya sabes lo que dicen, a todos los psiquiatras nos pasa, antes o después…

No era Miguela, claro que no, bueno, sí era ella, pero otra, la mujer del espejo, y ya nunca volvería a tener los párpados tirantes, nunca jamás, me sentí tan bien cuando me lo contaron, porque al principio no es que yo las tuviera todas conmigo, no, qué va, porque, claro, para Orencio era muy fácil decirlo, mátala para salvarla, no te digo, dámela y yo cuidaré de ella, muy fácil, total, él lleva muerto la tira de años, pero quien la empujó fui yo, con estas manitas, la verdad es que yo la maté, ni más ni menos, aunque también es verdad que no lo lamento, que lo haría mil veces más, conmigo misma lo haría si supiera que a mí me iba a servir de algo… Al principio no, al principio me arrepentí y todo, pero luego me enteré, me lo contó Gregoria, que no pudieron cerrarle los ojos, la doctora dijo no sé qué de un nervio pinzado y la tuvieron que enterrar así, como a ella le gustaba ser, como será siempre ya, hasta que se acabe el mundo, guapa, Migue guapa, todavía me acuerdo, cómo le gustaba mirarse en el espejo y verse allí, tan distinta… La echo de menos, eso sí, la sigo echando de menos después de tanto tiempo, me has dejado sola, maldita, al final tú también me has dejado sola, ya se lo dije, ya, la primera vez que vino a verme, ella sonrió, siempre te estás quejando, Queti, me dijo, porque es que ahora me regaña ella a mí, la tía, no veas cómo se ha puesto… Claro que también se ha vuelto egoísta, Migue, tan egoísta como se vuelven todos los que tienen suerte, que ya no se acuerdan de los malos tiempos, ni de los amigos que han dejado atrás, lo que son las cosas… Porque a ver el trato que hice yo con el Orencio, a ver qué pasa ahora con eso, que me lo pensé yo mis dos veces y bien despacito, para que me escuchara con sus entendederas igual que le oía yo con las mías, bien clarito que se lo dije, ¿y qué? Pues nada, nada de nada, que aquí estoy todavía esperando, que a quien se lo cuente… Se lo volví a decir la última vez que la vi, que le recordara a su galán que un trato es un trato, y que ya estoy hasta el moño de todos ellos, de tanta risa, de tanto amor, y de tanta leche, y que la próxima vez, si no me trae a mi hijo, que no vuelva, así mismo se lo dije… Si yo sólo quiero ver a Rafa, verlo otra vez, aunque sea transparente, aunque se siga pinchando, aunque no me hable, aunque no me vea, verlo yo, eso es lo único que quiero, verlo un momentito nada más, y tú no me lo traes, maldita, no me lo traes y eso que tú puedes, con todo lo que he hecho yo por ti, que fui yo quien te maté, que te he dado la vida más que tu propia madre, y no te da la gana… ¿Pues sabes lo que te digo? Que si no me lo traes no vuelvas nunca, que no te quiero ni ver, vete, ¿me oyes?, te estoy diciendo que te vayas, lárgate de una vez a donde vivas ahora y, por lo menos, déjame dormir en paz… Eso le dije, y no ha vuelto. La verdad es que yo, al principio, no lo entendía, con lo buena que era Migue, cómo no me iba a perdonar ella un arrebato así, tan tonto. Pero lo que pasa es que, como me estoy haciendo vieja, pues se me van las cosas de la cabeza, y ahora no, ahora ya me he acordado, menos mal. Porque… ¿cómo me van a traer a mi niño, si Rafa no está muerto? Pues claro, que yo también parezco imbécil, si no está muerto, qué va, si está en Vitoria, con los demás, esperándome, que hay que ver, la Seguridad Social cómo funciona de mal, la cantidad de tiempo que llevo aquí ya, guardando turno para que me operen de apendicitis… Él quería venir, mi niño, a verme, pero yo le dije que no, que de ninguna manera, no iba a perder un curso ahora, con lo bien que va en el colegio. Por eso no me lo ha traído Migue, por eso, claro, porque está vivo, ahora que, la próxima vez que la vea, creo que voy a decirle que si me dejara verlo sólo un ratito, pues yo se lo agradecería igual, lo mismo, lo mismito, que si ya se hubiese muerto…