– ¡Pues hasta ahora no había tenido ninguna dificultad!
– Lo sé, pero este caso es diferente. En esta ocasión. Brett está enamorado.
– Y entonces, ¿por qué se empeña en flirtear con mi mujer?
– Todo eso está relacionado con Georgia -repuso desesperada-. ¿Es que no te das cuenta?
– De lo único que me doy cuenta es de que lo miras de una manera muy especial cada tarde -respondió Mal mientras ahuecaba violentamente la almohada para volver a tumbarse en la cama-. Si tú lo dejaras en paz, podría tener alguna oportunidad de enamorarse de Georgia, pero con tu comportamiento le estás causando problemas. Es algo embarazoso para mí y extremadamente incómodo para Georgia ver cómo te comportas con Brett.
– Ah, y no podemos consentir que Georgia se sienta incómoda, ¿verdad? -estalló Copper, tumbándose a su vez de espaldas a Mal.
– Te lo advierto, Copper. Deja en paz a Brett. No voy a quedarme quieto viendo cómo fastidias a mi hermano y le complicas la vida.
– Todo lo que le hecho a tu hermano… -replicó alterada, volviéndose para mirarlo-… es ofrecerle un poquito de simpatía y comprensión, algo que al parecer no puede conseguir de ti. ¡Eres tan terco y arrogante que no alcanzas a ver nada más allá de tus narices!
– No estás aquí para comprender a Brett -repuso Mal con crueldad-. Estás aquí para comportarte como mi esposa delante de los demás, y eso te impide exhibirte públicamente con mi hermano… o con cualquier otro hombre. Me gustaría que en el futuro recordaras eso.
– No necesitas preocuparte -dijo Copper con voz temblorosa-. ¡No tengo intención de olvidarme del motivo por el cual me casé contigo!
De repente, para su desmayo, se dio cuenta de que la luz todavía seguía encendida. Parpadeando furiosamente para contener las lágrimas, se incorporó para apagarla y luego volvió a tumbarse, dándole la espalda. Siguió un silencio, y luego pudo escuchar a Mal emitiendo un breve suspiro de exasperación. A partir de ese momento, y a pesar de que permaneció despierta durante horas, él no hizo intento alguno por tocarla.
Al día siguiente, Copper pensó que aquella discusión había sido una absoluta estupidez. La noche anterior podría haberse acercado a él, y estaba segura de que habrían terminado haciendo el amor, pero una parte de su ser se rebelaba ante la idea. ¿Por qué debería humillarse ante Mal cuando no había tenido nada de lo que disculparse? El no era el único que podía comportarse de manera irrazonable…
– Estaremos fuera todo el día, con el ganado -le informó bruscamente Mal durante el desayuno-. Necesito que Georgia pilote la avioneta, así que tendrás que olvidarte de tu negocio y cuidar un rato a Megan, para variar.
Copper no quiso hacerle ningún comentario, agotada como estaba después de la noche que había pasado. Ella no podía pilotar un avión ni trabajar con el ganado, como Georgia. Por lo que a Mal se refería, Copper sólo le servía de utilidad para quedarse en la casa y no estorbar. Resultaba sorprendente que no hubiera reaccionado la noche anterior, cuando le amenazó con regresar a Adelaida. Después de aquella ocasión, casi habría pensado que se alegraría de poder desembarazarse de ella.
Copper sentía la casa horriblemente vacía cuando se quedó sola con Megan, después de que Georgia y los hombres se marcharan. Deprimida, empezó a limpiar la cocina, pero el silencio le resultaba tan opresivo y acusador que al final ya no pudo soportarlo más.
– Vámonos de picnic -le propuso a Megan, desesperada por alejarse de aquella casa y de todo lo que le recordaba a Mal-. Iremos en mi coche y haremos algo diferente para variar.
Copper no había vuelto a utilizar su coche desde que llegó en él desde Adelaida, y le resultaba extraña la sensación de conducir. La última vez que se había sentado al volante, Mal solamente era un recuerdo atesorado en lo más profundo de su memoria, una desvaída imagen del pasado o un vago arrepentimiento, y ahora… Ahora Mal formaba una parte tan fundamental de su vida que le resultaba imposible imaginarse la vida sin él. Tenía la sensación de que toda su vida había estado enfocada hacia el momento trascendental en que llegó a Birraminda por primera vez.
Pensó en lo mucho que había cambiado desde entonces. Mientras conducía por un accidentado sendero hacia una zona agreste y rocosa que nunca había podido llegar a visitar. Mal se la había señalado en cierta ocasión, en una de las excursiones a caballo. Le había hablado de sus extrañas rocas rojizas, de sus hermosos árboles de caucho y de sus enormes termiteros, que creaban en aquel lugar una atmósfera muy especial.
Al recordar aquellas excursiones, Copper sintió que se le encogía el corazón: Mal, sentado en su caballo, relajado e inmóvil, contemplando el enorme y vacío horizonte. En aquel entonces todo le había parecido posible. Todavía no conocía el desdén que podía reflejar su mirada, o la crueldad que podían destilar sus palabras. ¿Había cambiado Copper, o lo había hecho él?
Tardaron mucho más de lo que había esperado Copper en llegar a su objetivo, y al fin comieron tranquilamente debajo de una gran roca. Aquel era un lugar extraño, salvaje, tan antiguo como el tiempo, y la joven se alegraba de haberlo visitado. Distraída, observaba cómo Megan se entretenía jugando a las casitas con las piedras que encontraba. Aquel paisaje le comunicaba su propia quietud, su serenidad, tranquilizando sus excitados nervios y capacitándola para pensar con claridad…
Mal y ella habían sido felices antes, y podrían volver a serlo otra vez. No tenía sentido seguir aferrándose a su orgullo si con ello sólo conseguía deprimirse. Esa misma noche hablaría con Mal y le confesaría que lo amaba. Tal vez la rechazara, pero ese gesto al menos sería sincero. Copper no soportaba la perspectiva de pasarse tres años fingiendo que su negocio la importaba más que el propio Mal.
En todo caso, tenía que hacer algo. No podía continuar así, dejando que estúpidos equívocos se enredaran de continuo convirtiéndose en amargas discusiones, El deseo que cada uno sentía por el otro era demasiado intenso para que desapareciera simplemente en cuestión de días. Si pudieran pasar otra noche juntos, todo volvería a la normalidad.
Impaciente por regresar y confesarle exactamente cómo se sentía, Copper se levantó, desperezándose.
– Vámonos, Megan. Vámonos a casa.
Tardó un rato en convencer a Megan de que abandonara la casita de piedras que había construido, pero al fin subió al coche. Ensimismada como estaba pensando en Mal y en lo que le diría, al principio no se dio cuenta de que el motor no arrancaba. Cuando tomó conciencia de ello, frunció el ceño e hizo girar de nuevo la llave del encendido. Nada sucedió.
Copper lo intentó otra vez…, y otra… Su exasperación se tomó en furia, y luego en temor. Esforzándose por controlar su miedo, salió del coche para echar un vistazo al motor. No tenía ni idea acerca de cómo funcionaba, y no sabía por dónde empezar a mirar. El metal estaba ardiendo, y el reflejo del sol la cegaba.
– ¡Qué calor! -se quejó.
Mordiéndose el labio, abrió la puerta trasera del coche para decirle a Megan:
– Anda, ve a jugar un rato a la sombra -le sugirió, antes de volver a ocuparse del motor.
No le parecía que hubiera nada roto. Revisó el agua y el aceite, más por hacer algo que por otra cosa, y luego intentó encender de nuevo el motor. No funcionó, por supuesto. Copper se enjugó el sudor de la frente con el dorso del brazo mientras se decía que no había ninguna necesidad de preocuparse. Cuando volviera con el ganado, Mal se daría cuenta de que se habían perdido y comenzaría a buscarlas de inmediato.
«Pero no sabrá por dónde buscar», le susurró una voz interior, provocándole un escalofrío. No, Mal las encontraría. Todo lo que tenía que hacer era resistir y cuidar bien de Megan.
¡Megan! Copper salió del coche, apresurada ¿Dónde estaba Megan? A su alrededor no había más que rocas, árboles y un opresivo silencio, pero ni rastro de ella.