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– Eh, tú -gritó una voz grave y masculina. Zach no hizo caso y se subió a la acera pasando entre dos coches aparcados.

– Muchacho, estoy hablando contigo. ¡Alto! Zach apenas era consciente de otra cosa que no fuera el miedo que le estremecía y la sensación de quemazón en el hombro.

– ¡Policía! ¡Deténgase!

Se detuvo resbalando, mientras las palabras se abrían paso en su mente, y se dio media vuelta para ver a dos policías que se le acercaban. Acababan de salir de uno de los coches aparcados, con las armas en la mano y un rictus de frialdad en sus rostros.

– ¡Manos arriba! ¡Inmediatamente!

Zach levantó lentamente uno de los brazos. El otro colgaba pegado a su costado.

– ¡Mierda!, mira qué aspecto tiene, Bill -dijo el tipo de voz grave-. Parece que este chico se ha metido en una pelea. ¿Qué te ha pasado? ¿No te habrás cruzado por ahí con un niña?

– ¿Qué? -Zach imaginó que estaban refiriéndose a Sophia, pero mantuvo la boca cerrada. Le parecía que algo no iba bien y no confiaba en los polis.

El otro policía -Bill- sonrió sin una pizca de humor en sus ojos recelosos.

– ¿No sabes quién es este muchacho, Steve? Es el chico de los Danvers. El que se supone que había desaparecido.

– ¿Zachary?

– Así es, ¿y qué? -dijo Zach gruñendo.

Los dos policías intercambiaron una mirada y a Zach se le heló la sangre. El más alto de los dos, Steve, preguntó:

– Bueno, ¿dónde está la chica?

TERCERA PARTE 1993

5

El recuerdo de la pelea que había tenido con su madre era vívido. Había empezado por una discusión sobre un chico al que Adria había estado viendo a escondidas y había derivado rápidamente en una abierta pelea.

– El Señor tu Dios es un Dios vengativo Adria…

– Ese no es mi Dios -le había contestado Adria, que entonces tenía solo dieciocho años-. Es tu Dios, mamá. El vuestro. Pero no el mío.

Aquella había sido una de las pocas bofetadas que Sharon Nash había dado a su hija adoptiva y que había dejado una huella intensa en Adria; aquel dolor había quedado profundamente marcado en su alma.

– No se te ocurra nunca, nunca más, hablarme de ese modo -le había dicho Sharon, lanzando el amargo aliento mezcla de café y ginebra al rostro de Adria-. Ahora ve a lavarte y olvídate de volver a ver a ese chico nunca más. Es basura. Me oyes, basura. Igual que su madre. Por sus venas corre mala sangre.

– ¿Y qué tipo de sangre corre por las mías? -le había preguntado Adria.

– No lo sabemos; y no hace falta que tú lo sepas.

– Por supuesto que sí.

– Los caminos del Señor son inescrutables. Si te trajo hasta nosotros fue por alguna razón. Y tú no eres quién para cuestionar su sabiduría, ¿me entiendes?

Adria había dado media vuelta sobre sus talones y había subido corriendo hacia su pequeño dormitorio, construido bajo los aleros del segundo piso.

Habían pasado algunos años. Pero le parecía como si aquello hubiera sucedido ayer y la pelea parecía hacer eco ahora en la estrecha habitación del hotel cercano al aeropuerto.

Había recordado aquella pelea a causa de Zachary Danvers, otro canalla, otro hombre al que debía evitar. Aunque solo había hablado con él durante unos minutos, había tenido tiempo de darse cuenta de quiénes eran él y su familia, la familia de ella, y no le había disgustado. Aquel hombre era la oveja negra de la familia: echado a patadas de su casa y viviendo la mayoría de las veces muy apartado de los deseos de su padre. Hacía las cosas a su manera, sin importarle un comino haber nacido rico, y estaba maldito por un espíritu irreverente que podría hacer que la ayudara a ella a descubrir la verdad.

O puede que no. El año anterior a la muerte de su padre, parecía que Zach y Witt habían enterrado el hacha de guerra. Sin embargo, ella sabía por instinto que aquel hombre podría ser su único aliado en la familia; los demás solo parecían dispuestos a repartirse el botín de la fortuna que había dejado su padre. Quizá Zachary era como los demás. Si así era, su batalla iba a ser más dura de lo que ella había imaginado.

Se quedó mirando su reflejo en el espejo que había sobre el lavabo del baño y se mordió el labio. ¿Era aquella una misión imposible? ¿Cómo esperaba combatir a la todopoderosa familia Danvers? ¿Y por qué le parecía Zachary Danvers -su hermanastro, por Dios- tan atractivo?

Adria siempre se había sentido atraída por el tipo de hombres a los que su madre despreciaba: los rebeldes, inadaptados y solitarios que Sharon Nash encontraba repulsivos. Los Zachary Danvers del mundo.

Pero Zach era el único miembro de la familia Danvers que ella creía instintivamente que podría ayudarla, el único de sus hermanos en quien sentía que podía confiar. ¡Confiar! Soltó una risotada al darse cuenta de la tontería que se le acababa de ocurrir. Zachary Danvers era tan de confianza como una serpiente de cascabel hambrienta para un ratón que hubiera caído en una trampa. Volvió al dormitorio, cogió la cinta de vídeo que la había llevado hasta Portland y se la metió en el bolso. Mientras lo cerraba, se preguntó por qué no había aprendido jamás aquella lección tan importante acerca de los hombres.

Solo porque Zach pudiera ser su hermanastro, no quería decir que fuera de confianza. Era un hombre depredador, un hombre que aprovecharía cualquier oportunidad, un hombre con una vena salvaje que aún no había conseguido domesticar, un hombre al que no le importaría en absoluto que ella fuese su hermanastra. Había en él un lado animal -puramente masculino y extremadamente letal- que desafiaba los límites del parentesco. Era atractivo y violento, y parecía tan imprevisible como un cartucho de dinamita.

No le importaba sentirse atraída por él. Sentirse atraída por hombres violentos e irreverentes había sido un defecto de carácter que había sufrido toda su vida.

«Eres idiota», se dijo, de pie sobre la delgada y desgastada alfombra que había al lado de la puerta.

Pero, si no podía confiar en Zachary, ¿en qué otro miembro de aquella familia podría confiar? En nadie. De la misma manera que ninguno de ellos confiaría en ella.

Llevaba puesta solo su braguita de encaje y volvió a dirigirse al cuarto de baño, donde acabó de vestirse apoyada en el marco de la puerta. Había encontrado aquel vestido en una tienda que vendía ropa de «segunda mano». Era un vestido de seda blanca confeccionado por una marca conocida que le quedaba perfecto. Nunca antes había tenido un vestido de aquella marca, nunca había gastado demasiado dinero en un vestido y menos en uno usado como ese.

Su madre adoptiva había sido una mujer frugal, temerosa de Dios, que no estaba de acuerdo en que las mujeres se pusieran ornamentos de cualquier tipo; no llevaba ninguna joya, excepto el anillo de bodas de oro y una cruz también de oro colgando de una cadena, y solo vestía ropas sencillas y cómodas, y zapatos fuertes y resistentes.

Pero su padre era diferente. Al contrario que su mujer, Victor había sido toda su vida un soñador, esperando siempre que aquella temporada la tierra les diese una buena cosecha y que el año próximo la vida fuera más fácil para ellos.

Y ella siempre le había creído. Desde que descubrió su secreto -que él pensaba que ella era London Danvers-, se había dejado guiar por aquella zanahoria de oro que él había puesto delante de sus narices y se había agarrado a ella con desesperación.

Había estado investigando, leyendo todo lo que se decía de los Danvers y del secuestro de aquella niña, rebuscando en los periódicos antiguos que había en el escritorio de su padre, y había hablado con el secretario de su fallecido tío Ezra; había estado escarbando e investigando cualquier pedazo de información, y rezando para poder encontrar cualquier evidencia irrefutable que confirmara o negara que ella era aquella pequeña princesa desaparecida. Ezra Nash, un abogado conocido por saber manejar los entresijos de la ley, había llevado a cabo los papeles de la adopción. Sin embargo, no quedaban copias de aquellos papeles, que o bien habían sido destruidos mucho tiempo atrás o bien denotaban que existía un secreto sobre su nacimiento que se había querido mantener oculto.