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– Cielos, ¡ahora hasta hablas como ella!

Una repugnante idea cruzó por su mente, mientras se imaginaba a Zach, con apenas dieciocho años, y a Katherine, su madre, en una situación embarazosa, ambos cuerpos entrelazados en sudor y deseo. Oh, Dios. ¿Era posible? ¿Habrían sido amantes?

– ¿Qué es lo que estás intentando decirme? -susurró ella mientras aquella horrible imagen se fijaba en su mente-. Que ella se te insinuó… que llegó a ser tu…

– ¡Ella no significaba nada para mí! -rugió él, lanzándole una mirada que le heló la sangre.

– No te creo…

– Cree lo que quieras, Adria. Como te acabo de decir, no es asunto mío que prefieras engañarte a ti misma.

Él abrió la puerta del jeep y un aire frío entró en el interior del vehículo. Ella saltó del coche y tuvo que correr para seguir sus rápidas y furiosas zancadas. La lluvia le salpicaba los zapatos y le mojaba el cuello, pero a ella no le importó.

– Espera… -Sus dedos se agarraron al codo de él, pero él se deshizo de ella mientras daba media vuelta.

Su rostro era una mueca de rabia y ahora aún parecía más alto en la oscuridad. La lluvia salpicaba su oscuro cabello antes de deslizarse por los contornos de su cara desapareciendo a través del cuello de su chaqueta.

Sus labios estaban tensos, y las luces de neón del restaurante provocaban reflejos azules y rojos en sus pupilas.

– No sé qué es lo que quieres de mí, Adria, pero te aconsejo que tengas cuidado. ¡Porque podrías llegar a conseguirlo!

Él volvió a darse la vuelta, y en dos largas y lentas zancadas alcanzó el porche del restaurante.

Adria no tuvo más remedio que seguirle. Contando lentamente hasta diez, siguió sus pasos, abrió la puerta con el hombro, entró en el vestíbulo forrado de madera de pino y se encontró con él sentado a la barra del bar, con una de sus botas descansando sobre el apoyadero de metal y los codos apoyados en el desgastado y brillante mostrador de madera de cerezo.

– Ya he pedido por ti -dijo él mientras la camarera, una mujer delgada de cabello rubio y labios rojos, dejaba junto a él dos vasos helados de cerveza, y a continuación cogía con destreza los billetes que él acababa de depositar sobre la barra. Sus ojos se cruzaron con los de Adria en el espejo que había frente a la barra, y esta se dio cuenta de que su mirada de nuevo se había empañado.

– Vamos, sentémonos a una mesa -dijo él, señalando una que estaba libre.

Adria intentó calmar su ánimo exaltado. A pesar de que estaba hirviendo por dentro, se dejó caer sobre la silla y aceptó la cerveza que él le ofrecía: su manera de intentar hacer las paces.

Zach se bebió la mitad de su cerveza de un trago. -¿Hay algo más que quieras saber de la familia Danvers? -preguntó él, alzando desdeñosamente las cejas. -Cualquier cosa que quieras contarme.

– Ese es el problema. Que no quiero contarte nada. Creo que lo mejor que podrías hacer es recoger tus maletas y largarte de nuevo a Bozeman.

– Belamy.

– Donde sea.

– Y ahora tú estás hablando como el resto de la familia.

– Dios me libre -dijo él entre dientes, agarrando su vaso. Hizo un gesto a la camarera, una versión endurecida de la camarera rubia del bar, para que le trajera otra cerveza, que esta le llevó junto con el menú.

Le guiñó un ojo a Zachary, como si fueran viejos amigos, y luego mirando a Adria sonriente le preguntó: -¿Otra cerveza? -De momento no.

– Te dejaré unos minutos para que te decidas. -Se acercó a la siguiente mesa y Adria siguió hablando en voz baja.

– Sabes -dijo ella sin creer demasiado en sus propias palabras-, a pesar de lo que has dicho antes, creo que podemos ser amigos si lo intentamos.

– Amigos -dijo él con un tono de disgusto en la voz. Sus labios se curvaron en una sonrisa sin calor-. ¿Es así como tratas a todos tus amigos?

– No me hagas esto…

– ¡No me lo hagas tú a mí! Nunca podremos ser amigos. Me parece que te lo acabo de dejar bien claro -refunfuñó él, apoyándose sobre la mesa y agarrándola por los hombros.

Ella le apartó las manos y se lo quedó mirando furiosa.

– ¿Por qué te empeñas tanto en odiarme?

El dudó por un momento, luego hizo una mueca y miró para otro lado.

– Quizá sea más fácil de esta manera. -Reclinándose de nuevo sobre el respaldo de su asiento, él la miró por encima del borde de su vaso de cerveza y añadió, apretando las mandíbulas-: Para los dos.

– Tienes miedo de que ponga fin a la fortuna de los Danvers -dijo ella, dándose cuenta de que aquel hombre se parecía más al resto de su familia de lo que deseaba admitir.

Él se rió rodeando con los dedos su vaso de cerveza.

– Me es indiferente que te quedes con toda la maldita herencia: la compañía, el aserradero, el hotel, la casa en Tahoe e incluso con el rancho. Si lo consigues, seré el primero en felicitarte. No te tengo miedo.

– No te creo.

– Eso es asunto tuyo -dijo él, encogiéndose de hombros.

– Sabes que puedes ser completamente insoportable, Danvers. Lo sabes, ¿no es así?

Un extremo de su boca se elevó de una manera insolente.

– He trabajado duro para eso.

– Eres un verdadero Danvers.

– Pidamos la comida -añadió él, haciendo desaparecer la sonrisa de su cara.

No volvieron a intercambiar más palabras, y Adria se quedó observando cómo la camarera flirteaba descaradamente con Zachary mientras les señalaba los platos especiales del día. Al final los dos pidieron bocadillos de carne.

Sonaba una canción popular sobre amores perdidos y corazones rotos por encima del tintineo de los vasos, los choques de las bolas de billar y el murmullo de las diversas conversaciones. Aquello era más una taberna que un restaurante, una vieja cabaña de troncos que parecía ser el hogar de una docena de obreros. Habían cambiado los cascos de albañil por gorras de béisbol y sombreros vaqueros, pero parecía que los tipos que estaban sentados en los taburetes de la barra se encontraban como en su casa. A Adria aquello le recordaba Belamy.

– ¿Por qué me has traído aquí? -preguntó ella mientras la camarera dejaba las bebidas sobre la mesa.

– Ha sido idea tuya, recuerdas.

– Pero ¿aquí, en medio de ninguna parte?

– ¿Acaso preferías ir a un restaurante del centro?

– En realidad, no -contestó ella, tomando un trago de su cerveza.

– Pensé que querías conocerme tal y como soy -dijo él, entornando los ojos sensualmente-. Pues aquí me tienes.

– No lo creo. Pienso que me estás escondiendo algo, Zach. Sospecho que intentas asustarme. -Se lo quedó mirando fijamente-. Pero no funciona. -Apoyando la espalda contra el alto respaldo tapizado, añadió-: Tú has crecido en Portland.

– Intento olvidarme de eso.

– ¿Porqué?

Él dudó y se quedó mirando hacia un punto detrás de la espalda de ella, donde -sospechaba Adria- estaba viendo su propia adolescencia.

– Siempre estuve metido en problemas. Al viejo no le causé nada más que preocupaciones.

– Y todavía sigues cultivando ese aspecto de chico malo, ¿no es así?

Él se acomodó contra el respaldo y echó un largo trago de su bebida.

– Puede.

– No tengo ninguna duda de ello.

– Y dime, ¿qué es lo que has descubierto sobre la ilustre familia? -preguntó él, encogiéndose de hombros.

– No demasiado.

Zach se la quedó mirando con expresión interrogante y ella se lo pensó dos veces antes de contestar. Al final, cuando les dejaron los platos de comida sobre la mesa, dijo:

– De acuerdo. La verdad es que la biblioteca es bastante desastrosa. Por supuesto que los microfilmes de los periódicos contenían mucha información sobre el secuestro, pero apenas nada más… en esencia, poco más que eso.

– De manera que sigues con las manos vacías.