– ¿Qué tal la vida en la ciudad? -preguntó ella en cuanto lo vio entrar en la oficina.
Estaba sentada tras el escritorio -con un lápiz colocado tras la oreja y una taza de café al lado de la máquina de escribir- comprobando las cuentas bancarias, y pequeñas arrugas de preocupación cruzaban por su frente.
– No es gran cosa.
– Jason ha llamado -le informó, echándose hacia atrás en su silla giratoria que protestó con un crujido.
– ¿Aquí?
– Intentó encontrarte en el rancho, pero no estabas. Manny le dijo que habías venido a la oficina, de manera que trató de localizarte aquí. Dijo que era urgente que hablaras con él.
– Para Jason todo es siempre urgente.
– Me pareció que insistía más de lo habitual. -Ella dejó las gafas sobre la mesa, agarró su vaso medio lleno de café y se puso en pie. Doblando ligeramente la espalda, se acercó hacia la máquina de café y se sirvió otra traza-. ¿Quieres uno? Es descafeinado.
– Gracias, da igual -dijo Zach, negando con la cabeza.
Tras sorber un poco de café, ella le preguntó:
– Y por qué piensa Jason que necesita que te quedes en Portland… ¿el hotel?
– Sí, probablemente se trate de eso -dijo Zach, pero sospechaba que el problema era Adria Nash.
No había ninguna duda de que tendría que volver a la ciudad. Sintió que la sangre le empezaba a hervir. No quería volver a ver a Adria, no quería tener que enfrentarse de nuevo con el conflicto de emociones que ella le inspiraba.
Mientras sonaba el teléfono y Terry corría a descolgarlo, Zach cogió la jarra de café y se sirvió una taza de aquel insulso descafeinado.
– En un segundo estará contigo -dijo ella con una dulce sonrisa y presionó el botón de retención de llamada-. Es tu querido hermano de nuevo y parece que está bastante enfadado.
– ¿Porqué?
– Dijo algo sobre «airear la mierda». -Ella volvió a sus cuentas bancarias y Zach entró de nuevo en su despacho. Cerrando la puerta de golpe, agarró el teléfono y se sentó en el borde del escritorio-. ¿Sí?
– ¿Dónde demonios te has metido? -preguntó Ja-son y Zach pudo notar la agitación en su tono de voz.
– ¿Cuál es el problema?
– Ya sabes cuál es el problema. ¡Adria es el problema! Me parece que está dispuesta a ir a los periódicos con su cuento.
– ¿Te lo ha dicho ella?
– Me lo ha dado a entender.
Zach sintió que los músculos de sus hombros se tensaban como si fueran cables de acero.
– ¿Qué ha pasado?
– La llamé y le ofrecí un poco más de dinero.
– Y ella se rió de ti.
– Más que reírse.
– Por Dios, Jason, tú nunca das marcha atrás, ¿no es así? -Se había puesto de nuevo de pie sin siquiera darse cuenta.
– Vuelve aquí enseguida.
– Para arreglar lo que tú has estropeado.
– Haz lo que tengas que hacer, Zach. Pero sabes que estás metido en esto tan hasta el fondo como todos nosotros.
Anthony Polidori no soportaba ser molestado mientras desayunaba. Durante los últimos años, cualquier interrupción de sus comidas o de su sueño la entendía como una afrenta personal, y había dado instrucciones estrictas a todo el personal de su casa para no ser interrumpido por nadie. Ni siquiera por su hijo.
Estaba sentado al lado de la ventana del salón con vistas al río y había tomado un cruasán con dedos perezosos, mientras echaba un vistazo al periódico buscando los partidos del día. Era una mañana soleada de finales de octubre y se había puesto las gafas de sol para protegerse de la luz.
Mario entró en el salón con un tazón en la mano. Llevaba el pelo revuelto y no se había afeitado. Tenía muy mal aspecto. Se sirvió café de la jarra que reposaba sobre la mesa. Mario era una persona sin civilizar y sin modales.
Anthony no disimuló su irritación. Dobló el Oregonian por la sección de deportes y dejó sobre la mesa su vaso de zumo.
– ¿Qué ha pasado? -Su hijo no solía levantarse antes del mediodía.
– Malas noticias -dijo Mario, poniendo cara de matón, la misma que le había metido en tantos problemas con las mujeres. Se acercó a los ventanales y se quedó mirando una barcaza que era remolcada río arriba.
– Deben de serlo para haberte hecho salir de la cama cuando todavía luce el sol.
Mario soltó un gruñido y luego se dejó caer en la silla de hierro forjado que había delante de la de su padre.
– Me parece que te interesará escuchar lo que te voy a contar.
– Estoy esperando.
– Parece que ha llegado a la ciudad una nueva mujer.
– ¿Esa es la novedad?
Mario echó lentamente un poco de leche en su café.
– Podría serlo. Afirma que es London Danvers.
Los ojos de Anthony se entornaron pensativamente detrás de sus gafas de sol.
– Eso no es una novedad. Era predecible.
Los oscuros ojos de Mario parpadearon mientras se incorporaba y le quitaba a su padre el tazón de frutas que este reservaba como postre de su desayuno. Sorprendido, Anthony hizo un gesto a la camarera, la cual ya se había anticipado a su petición y salía de camino a la cocina.
– Siempre hay alguna mujer que afirma ser London.
– Pero deberías ver a esta -dijo Mario, rascándose la barba incipiente-. Es una jodida imagen viviente de la vieja señora. Katherine, ¿no era así como se llamaba?
La espalda de Anthony se puso ligeramente rígida. No le gustaban las palabrotas, al menos no en la mesa, y no estaba de humor para escuchar las tonterías de su hijo. Últimamente estaba insoportable.
– O sea que se parece…
– No solo se parece… por lo que he oído ¡es su viva imagen!
Anthony agarró el tenedor cuando la camarera traía un nuevo tazón de frutas y un plato para Mario. Parecía que su hijo estaba disfrutando de su desayuno, haciendo muecas mientras engullía una gruesa salchicha, colocando los codos sobre la mesa e ignorando cualquier sentido del decoro.
– Acaso debería conocer a… ¿cómo se llama?
– Adria Nash. Viene de un pueblo de Montana. Tengo a un par de tipos trabajando en ello.
– ¿Cómo has sabido de ella? No he leído nada en los periódicos ni he oído una palabra de eso en las noticias.
– Todavía no se ha hecho público, pero probablemente pronto lo será. Uno de mis hombres la descubrió en la inauguración del hotel. Fue allí con Zach Danvers y luego se presentó a todos los miembros de la familia. -Mario tomó un trago de su café-. A Jason casi le da un colapso.
– Me lo puedo imaginar -dijo Anthony secamente-. ¿Crees que puede ser ella?
– Podría ser. -Mario atravesó a su padre con una dura mirada-. Ya sabes que hay mucha gente que cree que tú secuestraste a la niña.
Anthony tomó del plato el resto de su cruasán.
– Si yo la hubiera secuestrado, ¿crees que estaría ahora yendo a ver a la familia Danvers para comunicarles que ella era la niña desaparecida? -Notó cómo empalidecía su hijo y sintió una pizca de satisfacción-. ¿Qué es lo que piensa Trisha? ¿Está preocupada? -le preguntó con frialdad.
– ¿Cómo quieres que yo lo sepa? -Un músculo se tensó en la mandíbula de Mario.
– ¿No la sigues viendo?
– Ya te encargaste tú de eso hace mucho tiempo -dijo su hijo con amargura.
– Trisha Danvers es como el resto de la familia. No se da por vencida. Nunca. Cuando quiere algo, lo persigue hasta conseguirlo. Y, muchacho, ella te quiere conseguir a ti. Siempre fue así, e incluso te utilizó para enfrentarse a su padre. Para ella no eres más que un instrumento, hijo.