Dante la miró con los ojos entornados.
– No eres capaz.
– Escúchame bien, Dante -dijo-. No sé qué haces aquí fuera con esa cara de enfurruñado, te estás comportando como un mocoso.
Dante se puso en pie de un salto y retiró el cubo de una patada.
– Estúpido cubo, estúpido juego y estúpida familia. Todos me odian. No los necesito para nada.
Sophie recogió el cubo y se dispuso a marcharse, pero se volvió con un suspiro.
– Tu familia no es estúpida, de hecho es bastante especial. Además, todo el mundo necesita una familia. Y nadie te odia.
– Todos me miran como si fuera un delincuente. Total, porque rompí el contador.
– Bueno, yo lo miro desde fuera pero tengo la impresión de que nadie está enfadado contigo porque rompieras el contador. Lo que quiero decir es que tú no querías hacerle daño a nadie, igual que no querías hacerle daño a tu madre. Tú… no querías hacerle daño a tu madre, ¿verdad, Dante?
Dante negó con la cabeza, aún resentido. Entonces sus hombros se encorvaron y Vito lo oyó gimotear.
– No, pero seguro que mamá me odia. -Estalló en llanto y Sophie le pasó el brazo por los hombros-. He estado a punto de matarla, seguro que me odia.
– No, no te odia -musitó Sophie-. Dante, ¿sabes qué creo yo? Creo que todos están disgustados porque cuando te preguntaron si habías sido tú, les mentiste. Me parece que ya va siendo hora de que asumas lo que hiciste a propósito y te olvides de lo que ocurrió sin querer. -Vito vio que Sophie se ponía tensa y luego la oyó soltar una leve risita-. Muy bien, tú ganas. ¿Piensas quedarte aquí fuera toda la noche?
Dante se enjugó las mejillas.
– Puede.
– Pues te aconsejo que entres a buscar una manta porque hará mucho frío. -Se dio media vuelta y se disponía a marcharse con el cubo en la mano cuando vio a Vito mirándolos-. Voy a limpiar.
– Qué bien.
Sophie arqueó las cejas.
– Y voy a denunciar a Lena.
– Qué bien.
Al pasar por su lado musitó:
– Luego… animales.
Él sonrió tras ella.
– Qué bien.
Sábado, 20 de enero, 7:45 horas
– Has venido temprano.
Sophie se dio rápido la vuelta en el almacén, con el corazón encogido y tapándose la boca con la mano.
– De repente te veo muy interesada en nuestro pequeño museo, Sophie. ¿Cómo es eso?
Sophie consiguió controlar la respiración y retrocedió un paso. Vito la había acompañado a pie al museo media hora antes de lo habitual. El agente Lyons ya esperaba dentro. Le habían abierto Ted Tercero y Patty Ann, quien se dedicaba a limpiar las vitrinas. No se había dado cuenta de que Theo también estuviera en el museo.
– ¿Qué quieres decir?
– Hace unos días detestabas las visitas guiadas y tratabas a mi padre como si fuera idiota. Ahora llegas temprano y sales tarde, te dedicas a desembalar objetos y a organizar nuevas exposiciones. Mi padre está loco de alegría y mi madre se pasa el día contando cuánto dinero ganaremos. Quiero saber qué es lo que ha cambiado.
Sophie aún notaba el corazón aporreándole el pecho. Simon Vartanian seguía en libertad y en realidad ella no sabía nada de Theo Albright, excepto que era un hombretón de casi un metro noventa. Retrocedió otro paso, contenta de que Lyons pudiera oírla si gritaba.
– He decidido ganarme mi sueldo. Claro que yo podría preguntarte lo mismo. Hace unos días no se te veía el pelo y ahora te encuentro cada vez que me doy media vuelta. ¿Por qué?
El semblante de Theo se ensombreció.
– Porque te estoy vigilando.
Sophie pestañeó.
– ¿Me estás vigilando? ¿Por qué?
– Porque, a diferencia de mi padre, yo no soy un idiota que se fía de la gente así como así.
Se dio media vuelta y dejó a Sophie mirándolo boquiabierta.
Sacudió la cabeza. Era ridículo que tuviera miedo de Theo. Claro que, ¿qué sabía en realidad de los Albright? «Vamos, Sophie.» Simon tenía treinta años y su padre era juez. Theo apenas tenía dieciocho y su padre era nieto de un arqueólogo. Verdaderamente, era ridículo. Theo no era más que un joven algo peculiar. Aun así…
Encontró el hacha que Theo había utilizado para abrir las cajas y la puso donde pudiera alcanzarla con rapidez. Aunque el agente Lyons se encontrara en el museo, nunca estaba de más ser precavida.
Atlanta, Georgia,
sábado, 20 de enero, 8:45 horas
– Daniel, mira. Es de mamá.
Daniel levantó la cabeza del correo que estaba ordenando y vio a Susannah mirando con atención una hoja cuyo membrete reconoció enseguida; era del hotel donde sus padres se habían alojado.
– ¿Nos escribió? ¿Y se mandó la carta a su casa? ¿Por qué?
Susannah asintió.
– Dice que también te envió una carta a ti. -Buscó entre la pila, la encontró y se la tendió. Mientras Daniel abría la carta, Susannah se acercó la suya a la nariz-. Huele igual que su perfume.
Daniel trago saliva.
– Siempre me ha gustado ese perfume. -Echó una ojeada a la carta y lo invadió una profunda tristeza al reparar en que su madre había atado cabos-. Sabía que papá le estaba mintiendo, sabía que no estaba buscando a Simon, pero no se veía con ánimos de seguirlo a todas partes.
– ¿Es la misma carta? -preguntó Susannah.
Las colocaron una al lado de la otra.
– Eso parece. Supongo que no quería correr riesgos.
– Se quedó dos días en el hotel esperando a que papa volviera, Daniel.
– Imagino que había ido a ver a Simon -masculló Daniel.
– Pero yo estaba a solo dos horas. -La voz de Susannah denotaba que se sentía herida-. Pasó dos días sola estando enferma y no fue capaz de llamarme.
– Simon siempre fue su hijo predilecto, desde muy pequeños. No sé por qué a estas alturas aún nos sigue doliendo que viera las cosas blancas o negras. O bien amaba a Simon o bien nos amaba a nosotros.
– Vivió hasta el final con la esperanza de que se convirtiera en una buena persona. -Susannah planto la carta con rabia sobre la mesa-. Y confiaba en él. -Las lágrimas asomaron a sus ojos-. Sabía que papá había desaparecido y aun así fue a encontrarse con Simon.
Daniel exhaló un suspiro.
– Y él la mató.
«Si estáis leyendo esto, seguramente yo estaré muerta. Si estáis leyendo esto, podréis daros por satisfechos al saber que teníais razón con respecto a vuestro hermano.»
– Fue a encontrarse con él y él le rompió el cuello y la arrojó a una tumba sin nombre. -Daniel miró a Susannah, incapaz de controlar la amargura que sentía-. Una parte de mí querría decir que obtuvo lo que se merecía.
Susannah bajó la cabeza.
– Yo también lo he pensado. Por eso envió las cartas a su nombre. Si su visita a Simon resultaba inocua, habría revelado sus temores acerca del carácter de su hijito querido para nada. Si nos hubiera enviado las cartas a nosotros, habría sido inevitable que supiéramos lo que pensaba. Pero si se las enviaba a sí misma, siempre podía destruirlas antes de alertar a nadie.
– Y de todos modos, estaba a punto de morir. -Daniel lanzó la carta sobre la mesa-. ¿Qué podía perder? Excepto pasar más tiempo con nosotros.
– Simon sigue en libertad.
Daniel vaciló. Llevaba toda la mañana tratando de encontrar la forma de decirle aquello a su hermana. «Suéltalo ya y acaba de una vez.»
– Hay algo más, Suze. No quería pensar en ello, pero en toda la noche no he podido dejar de darle vueltas a lo que nos dijo Ciccotelli, que habían encontrado a Claire Reynolds, a papá y mamá, y dos fosas vacías. Lo que no nos dijeron es que también encontraron otros seis cadáveres.
Susannah abrió los ojos como platos.
– ¿Quieres decir que las tumbas que encontraron…? Lo he visto en las noticias, pero no había relacionado las dos cosas. Tendría que haberlo imaginado.
– Yo también. Supongo que estaba demasiado impresionado al saber que Simon no había muerto. -Daniel se interrumpió-. No, no es cierto. La verdad es que no quería pensarlo. Pero la duda me estaba carcomiendo, así que esta mañana he llamado a Vito Ciccotelli y se lo he preguntado. Me ha dicho que buscan a Simon como sospechoso de diez asesinatos, tal vez más.