Derek se quedó mirando la puerta que Tony cerró con cuidado tras de sí. Tenía razón, Jager lo estaba obligando a dejar el cargo. Hacía semanas que le llegaban muestras de ello, pero Derek no quería darse cuenta.
– ¿Derek? -lo llamó su secretaria a través del intercomunicador-. Tienes a Lloyd Webber por la línea dos.
No estaba de humor para hablar con más periodistas.
– Dile que no haré más comentarios.
– No es periodista. Es el padre de un cliente y quiere hablar contigo de Tras las líneas enemigas.
Derek tampoco estaba de humor para escuchar a más padres indignados que consideraban que Tras las líneas enemigas era demasiado violenta y podía herir la sensibilidad del consumidor.
– Que te deje el mensaje. Lo llamaré mañana.
Lunes, 15 de enero, 18:00 horas
Había llegado a tiempo, se dijo Vito cuando vio a Sophie salir del museo Albright. «Parece cansada», pensó al verla acercarse a la moto.
Rodeó la camioneta mientras ella desenganchaba el casco del asiento.
– Sophie.
La chica soltó un grito ahogado.
– Me has dado un susto de muerte -dijo entre dientes-. ¿Qué haces aquí?
Vito vaciló, no tenía claras las palabras. Le mostró la rosa blanca que escondía detrás de la espalda y vio que ella entornaba los ojos.
– ¿Es una broma? -preguntó con voz baja y áspera-. Pues no tiene gracia.
– No es ninguna broma. Me molesta que pienses que soy uno de esos tíos que juegan con las mujeres. Quiero que sepas que no es así.
Ella se quedó callada un momento, luego sacudió la cabeza y ató el bolso al asiento.
– Muy bien. Eres un príncipe azul -dijo con sarcasmo-. Un tío estupendo. -Se subió a la moto y se escondió la trenza dentro de la chaqueta antes de colocarse el casco en la cabeza-. Te habría dado la lista de todos modos.
Vito hizo girar la rosa entre sus dedos con nerviosismo. Sophie llevaba una chaqueta de cuero negro y había cambiado los guantes de colorines por unos de piel parecidos a los de Vito. Con su expresión severa y todas esas prendas de cuero, parecía más un motero peligroso que la profesora universitaria de vestimenta peculiar que había conocido el día anterior. Se ajustó el casco a la barbilla y se puso de pie para arrancar la moto. Estaba a punto de marcharse y él no había cumplido su misión.
– Sophie, espera.
Ella se detuvo; estaba en equilibrio para poner el motor en marcha.
– ¿Qué?
– Las flores eran para otra persona. -A Sophie le centelleaban los ojos. De ningún modo esperaba que Vito confesara-. Eran para alguien que me importaba y que murió. Iba a llevarlas a su tumba ayer, pero me enredé en el caso. Y te estoy diciendo la verdad. -Por lo menos, hasta el punto en que estaba dispuesto a divulgarla.
Ella frunció un poco el entrecejo.
– La mayoría de la gente lleva claveles al cementerio en invierno.
Él se encogió de hombros.
– Las rosas eran sus flores preferidas.
A Vito se le formó un nudo en la garganta cuando acudió a su mente la imagen de Andrea ocultando el rostro en un ramo de rosas. Rosas rojas. Contrastaban mucho con su piel aceitunada y su pelo moreno. Los colores se reían de él. El pelo de Andrea se tiñó del rojo de la sangre que manaba del agujero de bala de su sien; la bala que él le había disparado.
Se aclaró la garganta con brusquedad.
– Da igual. He ido a comprar flores para mi cuñada, que está en el hospital. Entonces he visto las rosas blancas y me he acordado de ti.
Ella lo escrutaba con recelo.
– O eres muy bueno o estás diciendo la verdad.
– No soy tan bueno. Pero no he engañado a nadie en mi vida, y no quería que pensaras eso de mí. -Depositó la rosa en el manillar-. Gracias por escucharme.
Ella se quedó mirando la rosa un buen rato. Luego relajó los hombros. Se quitó un guante y del bolsillo de su chaqueta sacó una hoja de papel doblada y un bolígrafo. Desdobló la hoja de papel y escribió algo al pie. Luego tragó saliva y se la entregó a Vito.
– Aquí tienes la lista. No hay gran cosa.
Sus ojos denotaban una frustración que sorprendió a Vito y le atenazó el corazón. La lista contenía veinte nombres mecanografiados, algunos acompañados de una dirección web. Al final Sophie había añadido otro nombre.
– A mí sí que me parece gran cosa -dijo él.
Ella se encogió de hombros.
– Los primeros dieciocho regentan puestos en la feria medieval que se celebra todos los otoños. Venden espadas, cotas de malla y cosas así. La mayoría también vende a través de internet. Si alguien ha estado haciendo preguntas sobre instrumentos de tortura medievales, es posible que en primer lugar se haya dirigido a alguno de esos tipos.
– ¿Y los demás?
– Étienne Moraux es un antiguo profesor mío de la universidad de París. Él fue quien guió mi trabajo de investigación para la licenciatura. Es un buen hombre, y tiene muchos contactos en el mundillo de la arqueología. Si alguien ha encontrado hace poco una silla, seguro que él lo sabe. Y si la han vendido o ha desaparecido de algún museo o de alguna colección particular legítima, también lo sabrá. Lo que no tengo muy claro es que conozca el mercado negro, pero quién sabe si le habrá llegado algún rumor.
– ¿Y Kyle Lombard?
– Es alguien muy lejano. Ni siquiera sé por dónde anda. Hace diez años coincidimos en una excavación en el sur de Francia; él estaba haciendo la tesis doctoral e investigaba sobre objetos robados. No llegó a acabar la tesis, y no lo he encontrado en ninguna lista de antiguos alumnos, pero vosotros tenéis vuestros métodos de espionaje.
– Y nuestros dispositivos para borrar la memoria -respondió él, con la esperanza de arrancarle una sonrisa. Pero en vez de eso, los ojos de Sophie se llenaron de una tristeza tal que conmovió a Vito. Sin embargo, no apartó la mirada.
– A veces tengo la impresión de que sería muy útil disponer de un método para eso -musitó.
– Estoy completamente de acuerdo. ¿Qué hay del último nombre? Alan Brewster.
Por un momento los ojos de Sophie expresaron una furia tan intensa que Vito estuvo a punto de dar un paso atrás. No obstante, su enfado pareció esfumarse con tanta rapidez como había aparecido, y una vez más su mirada adoptó un aire de hastío y frustración.
– Alan es uno de los arqueólogos más importantes del nordeste -dijo en voz baja-. Tiene contacto con personas acaudaladas que financian muchas de las excavaciones, tanto aquí como en Europa. Si alguien ha estado adquiriendo piezas, es posible que él lo sepa.
– ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
Sophie rompió el tallo de la rosa y se guardó la flor en el bolsillo con cuidado.
– Es el catedrático de estudios medievales de la Universidad Shelton. Está en Nueva Jersey, no muy lejos de Princeton. -Miró al suelo, vacilante. Cuando levantó la cabeza su mirada estaba llena de desesperanza y resignación-. Si puedes evitar nombrarme, te lo agradeceré.
O sea que Brewster y ella habían tenido alguna historia y habían acabado mal.
– ¿De qué lo conoces, Sophie?
La chica se sonrojó y Vito sintió una punzada de celos, irracional pero innegable.
– Guió mi tesis doctoral.
Él se tragó los celos. Fuera lo que fuese lo que había ocurrido entre ambos, ella todavía lo estaba sufriendo. Le habló con amabilidad.
– Creía que era con Moraux con quien te habías doctorado.
– Sí, más tarde. -La desesperanza de su mirada dejó paso a un silencioso anhelo que a Vito le llegó al alma.
– Ya tienes lo que has venido a buscar, detective. Ahora tengo que irme.
Vito tenía lo que había ido a buscar, pero no todo cuanto necesitaba. De la mirada de los ojos de Sophie dedujo que también ella lo necesitaba. Dobló el papel con rapidez y se lo guardó en el bolsillo al mismo tiempo que ella se ponía el guante.