– Sophie, espera. Hay algo más.
Sin darse tiempo a cambiar de idea, Vito se montó sobre la rueda delantera de la moto, rodeó con las manos el casco de Sophie y cubrió sus labios con los propios.
Ella dio un respingo y luego lo asió por las muñecas. Sin embargo, no le retiró las manos, y durante unos preciados instantes ambos se concedieron lo que necesitaban. Qué dulce era, qué labios más suaves; su aroma le hizo bullir la sangre. Necesitaba más. Tanteó la correa que le ajustaba el casco a la barbilla y consiguió desatarla. Sin romper el contacto, le quitó el casco de la cabeza y lo depositó en el suelo tras de sí. Luego le acarició el cabello de la nuca. La atrajo hacia él, y se disponía a tomarle la boca con los labios cuando de pronto el beso dejó de ser lento y dulce para tornarse atrevido y apremiante.
Ella se asió a sus hombros, se puso de puntillas y mordisqueó sus labios con ardientes y ávidos bocaditos mientras de la garganta le brotaba un anhelante gemido. Vito estaba en lo cierto. La idea se abrió paso a través del deseo mientras le separaba los labios con apremio y profundizaba en el beso. Ella lo necesitaba tanto como él. Tal vez más.
Ella tenía los dedos clavados en los hombros de su abrigo y a él el corazón le palpitaba tan fuerte que su sonido era todo cuanto podía oír. Vito sabía que aquello era siquiera el inicio de lo que necesitaba satisfacer. Lo que de verdad necesitaba no iba a ocurrir montados en la moto en mitad de un aparcamiento. Dejó su cálida boca y con los labios le acarició el mentón hasta presionarle la parte inferior, donde el pulso le latía con fuerza y rapidez.
Se retiró lo justo para escrutar su rostro. Tenía los ojos muy abiertos, y en ellos observó avidez, necesidad e incertidumbre, pero no arrepentimiento. Poco a poco ella bajó los talones al suelo y le recorrió los brazos con las manos hasta llegar a sus muñecas. Le retiró las manos del pelo, cerró los ojos, le rodeó las manos con las suyas y permaneció así un rato mientras él sentía latir su corazón. Luego, con delicadeza, lo soltó y abrió los ojos. Su mirada era de nuevo desesperanzada, más incluso, y Vito supo que iba a alejarse de él.
– Sophie -empezó, con voz grave y áspera. Pero ella posó los dedos en sus labios.
– Tengo que irme -susurró, y se aclaró la garganta-. Por favor.
Él le alcanzó el casco que había depositado en el suelo y la observó ajustárselo de nuevo a la barbilla. No quería que se marchara así. No quería que se marchara nunca.
– Sophie, espera. Te debo una pizza.
Ella le dirigió una sonrisa forzada.
– No puedo. Tengo que ir a ver a mi abuela.
– ¿Y mañana?
Pero ella negó con la cabeza.
– Los martes doy clases de posgrado en Whitman. -Alzó la mano y lo detuvo antes de que siguiera insistiendo-. Por favor, no lo hagas, Vito. Ayer, cuando te conocí tenía la esperanza de que fueras un hombre decente y luego me disgusté mucho al pensar que no lo eras. Estoy muy contenta de que lo seas, de veras. Así que… -Sacudió la cabeza; ahora sus ojos sí reflejaban arrepentimiento-. Buena suerte.
Se puso de pie, arrancó la moto y salió zumbando del aparcamiento. Mientras observaba cómo se marchaba, Vito cayó en que era la tercera vez en dos días que lo hacía.
Lunes, 15 de enero, 18:45 horas
Sophie se recostó en la silla y suspiró frustrada.
– Abuela, tienes que comer. El médico dice que no conseguirás salir de aquí si no recuperas fuerzas.
Su abuela miró el plato.
– Yo esto no se lo daría ni a los perros.
– Tú a tus perras les das filete, abuela -la reprendió Sophie-. Ojalá yo comiera tan bien.
– Solo les doy filete una vez al año. -Levantó la barbilla-. Para su cumpleaños.
Sophie alzó los ojos en señal de exasperación.
– Ah, claro, porque es una ocasión especial. -Volvió a suspirar-. Abuela, come, por favor. Quiero que te pongas fuerte y vuelvas a casa.
La mirada desafiante abandonó los ojos de Anna y sus menudos hombros se desplomaron sobre la almohada.
– No volveré a casa, Sophie. Ya va siendo hora de que las dos lo aceptemos.
Sophie notó una opresión en el pecho. Su abuela siempre había tenido una salud de hierro, pero el derrame la había dejado débil e incapacitada de la mitad derecha del cuerpo y al hablar aún arrastraba demasiado las palabras para que las personas que no la conocían la entendieran. Un reciente brote de neumonía la había debilitado más todavía y cada vez que respiraba sentía dolor.
Antes el mundo entero era el hogar de Anna: París, Londres, Milán. Los amantes de la ópera acudían en tropel para oírla cantar Orfeo. Ahora el mundo de Anna era aquella pequeña habitación en una residencia geriátrica.
Aun así, lo último que Anna necesitaba era que la compadecieran y por eso Sophie endureció la voz.
– Mierda.
Anna abrió los ojos como platos.
– ¡Sophie!
– Vamos, te he oído pronunciar esa palabra mil veces.
«Al día», añadió Sophie para sí.
Sendas manchas de rubor riñeron las pálidas mejillas de Anna.
– Eso da igual -gruñó, y bajó la vista al plato-. Sophie, esta comida es repugnante. Es mucho peor de lo habitual. -Arqueó la ceja izquierda, la única que era capaz de mover-. Pruébala tú.
Sophie lo hizo y torció el gesto.
– Tienes razón. Espera. -Se dirigió a la puerta y vio a una de las enfermeras en el mostrador-. ¿Enfermera Marco? ¿Han contratado a un nuevo dietista?
La enfermera levantó la vista de la tablilla sujetapapeles con expresión cautelosa.
– Sí. ¿Por qué?
La mayoría del personal de la residencia era maravilloso, pero la enfermera Marco era una cascarrabias. Decir que Anna y ella no se llevaban bien era quedarse corto, por eso Sophie trataba de que sus visitas coincidieran con el turno de Marco. Así se aseguraba de que la sangre no llegaba al río.
– Porque la comida está malísima. ¿Podría traerle a Anna otra cosa?
Marco frunció los labios.
– Tiene que seguir una dieta controlada, doctora Johannsen.
– Y la sigue, se lo prometo. -Sophie esbozó la sonrisa más encantadora que pudo-. No se lo pediría si no estuviera tan mala. Por favor.
Marco exhaló un suspiro.
– Muy bien. Tardará una media hora.
Sophie volvió a sentarse junto a la cama de Anna.
– Marco te traerá otra cosa de cenar.
– Es mezquina -musitó Anna, y cerró los ojos.
Sophie frunció el entrecejo. Últimamente su abuela decía cosas como aquella cada vez con más frecuencia y no estaba segura de hasta qué punto eran ciertas. Era probable que se debiera a su pésimo humor por estar incapacitada y encontrarse mal; no obstante a Sophie le preocupaba que fuera por algún otro motivo.
A Sophie le preocupaban muchas cosas esos días: Anna, el dinero, la profesión que esperaba poder retomar tarde o temprano. Aquel día una nueva preocupación se había sumado al resto: lo que Vito Ciccotelli pensaría de ella después de entrevistarse con Alan Brewster.
Se llevó los dedos a los labios y se recreó recordando el beso. Su corazón empezó de nuevo a latir con fuerza. Quería más, mucho más. Y durante unos instantes se había permitido albergar la esperanza de que tal vez por una vez lograría obtenerlo.
«Qué tonta eres.» Por fin había conocido a un hombre que podía llegar a ser todo cuanto deseaba, y ella lo había enviado nada menos que a ver a aquel que más probabilidades tenía de acabar describiéndola como una chica fácil obsesionada por el sexo y sin ningún tipo de moralidad. «Tal vez no crea a Alan.» Bah. Todos los hombres creían a Alan, porque por algún motivo todos querían creer que era una facilona y que estaba dispuesta a acostarse con el primero que se lo pidiera.
«Nueve tumbas, Sophie. Has hecho lo correcto.» Pero ¿por qué lo correcto la dejaba siempre hecha una porquería? Con un suspiro, se arrellanó en la silla y contempló a Anna mientras dormitaba.