– ¿Qué has descubierto?
– La posible identidad de la chica de las manos unidas. -La puso al corriente-. Mañana te lo confirmaré.
– Buen trabajo, Vito. En serio. Y dale las gracias a tu hermano de mi parte.
Liz no solía deshacerse en elogios. Cuando hacía alguno, resultaba muy agradable.
– Gracias. Se las daré.
– He revisado los turnos y he dejado libres a Riker y a Jenkins. Ellos te ayudarán con las pistas y las identificaciones desde mañana por la mañana.
Liz lo había hecho muy bien. Tim Riker y Beverly Jenkins eran buenos policías.
– ¿Puedo contar con ellos todo el día?
– Unos cuantos días. Lo he arreglado lo mejor que he podido.
– Te lo agradezco. Necesito que consigan información de Brittany Bellamy entre los clientes para quienes trabajó como modelo. Por mi parte, la arqueóloga me ha facilitado los nombres de unas cuantas personas y quiero tratar de localizarlas. Puede que alguna de ellas nos ayude a encontrar la procedencia de los instrumentos que utiliza el asesino. Necesitaré seguir la pista del dinero.
– Siempre hay que ir detrás del dinero -convino Liz-. Convoca una reunión mañana a las ocho en punto.
– Lo haré. Oye, tengo que dejarte. Me parece que ha llegado el técnico informático.
A su escritorio se acercó un joven con un portátil.
– ¿Eres Ciccotelli?
– Sí. ¿Tú eres el ayudante de Jeff?
El chico esbozó una sonrisa ladeada.
– Prefiero que me llamen Brent. -Estrechó la mano a Vito-. Soy Brent Yelton. Y, para tu información, si andas llamándonos «los ayudantes de Jeff» no harás muchos amigos en nuestra planta.
Vito sonrió.
– Lo tendré en cuenta. El ordenador está dentro de la caja. Gracias por venir.
Brent asintió.
– Fui yo quien revisó el ordenador que encontrasteis en la habitación de Keyes. Le dije a Jeff que contara conmigo si surgía algo nuevo sobre el caso.
Vito frunció el entrecejo.
– Jeff me ha dicho que me hacía un favor especial enviándote. Es un cabrón.
Brent se echó a reír mientras conectaba el ordenador de Sherry con su portátil.
– Es un buen motivo para no relacionarse con él.
Se sentó en la silla de Nick y trabajó en silencio durante cinco minutos. Al final levantó la cabeza.
– Bueno, de esta máquina no han borrado información. No hay rastro del virus que dejó limpio el ordenador de la víctima. De todos modos, alguien ha estado borrando cosas del historial.
Vito rodeó la mesa para situarse tras él.
– ¿Qué quieres decir?
– La información del ordenador de la víctima la borró un virus. Esto, sin embargo, lo ha hecho un simple aficionado. Alguien que no quería que se supiera que había visitado ciertas páginas y las ha borrado del historial. Pero eso no las elimina del disco duro. -Levantó la cabeza-. Es un gran error que comete la gente que se conecta a páginas porno desde el trabajo. Borran el historial pero las páginas siguen estando en el disco duro, y cualquier técnico informático que se precie puede encontrarlas.
– Está bien saberlo -dijo Vito con ironía-. ¿Qué páginas ha borrado este aficionado?
Brent tardó un poco en reaccionar.
– Es la primera vez que lo hago. Alguien ha borrado las entradas a medievalworld.com, medievalhistory.com… Aquí hay una de lucha con espada, otra de indumentaria medieval, más de lo mismo, y… Mmm. Una página de cruceros por el Caribe.
Vito suspiró.
– Su viaje de luna de miel. Warren y Sherry iban a casarse. La chica me ha contado que él le había dejado caer algún comentario sobre los cruceros, para averiguar si era eso lo que le apetecía hacer.
– ¿Y lo de la Edad Media?
Vito miró la lista con amargura.
– Todo tiene un sentido, solo que aún no estoy seguro de cuál es.
– Llámame si encuentras algún otro ordenador del que hayan borrado información. Tengo que confesar que estoy intrigado. Ese virus utiliza uno de los códigos más sofisticados que he visto en mi vida. Aquí tienes una tarjeta con mi móvil. -Sonrió mientras recogía el portátil-. Así no tendrás que recurrir a Jeff.
– Gracias, tío. -Vito se guardó la tarjeta de Brent en el bolsillo y marcó el número de móvil de Jen McFain.
– McFain. -No había buena cobertura, pero Vito notó claramente el cansancio en la voz de Jen.
– Jen, soy Vito. ¿Qué ocurre?
– Acabo de enviar el octavo cadáver al depósito. Otra anciana. Sin cosas raras.
– Quieres decir que no tiene balas, ni metralla, ni cáncer, ni marcas extrañas, ni las manos atadas.
– Más o menos. Ahora estamos con la última tumba. Es la primera de la primera fila.
– Bueno, estamos seguros de la identidad del Caballero, y puede que sepamos también la de la Dama.
– Uau. -Jen parecía impresionada-. Qué rapidez.
– Gracias. Tú tampoco lo estás haciendo mal. Has desenterrado seis cadáveres en un día.
– No lo habríamos conseguido sin el plano de Sophie. Lo duro vendrá mañana, cuando empecemos a examinar la tierra que hemos retirado.
– Hablando de mañana, tenemos una reunión a las ocho en punto. ¿Podrás asistir?
– Si te encargas de que haya café y rosquillas de la panadería de tu calle, iré. No cuelgues. Mis ayudantes me están llamando. -Un minuto después estaba de vuelta-. Han desenterrado el último. -Su voz había recobrado la energía-. Es una chica joven, Vito. Y le falta una pierna.
Vito hizo una mueca.
– ¿Quieres decir que el asesino se la ha cortado?
– No. Ya se la habían amputado. Y… Dios mío, Vito, buenas noticias. Tiene una placa en el cráneo. Menudo tesoro.
Vito pestañeó, atónito.
– ¿Tiene una placa incrustada en el cráneo? Y ¿qué pasa? ¿Que es de oro? Jen, eso no tiene ningún sentido.
Ella dio un resoplido de frustración.
– Mierda, Vito, céntrate en lo que estamos haciendo.
– Lo siento, estoy cansado. Dímelo otra vez.
– Para mí tampoco ha sido un día fácil. Presta atención. El cráneo se ha descompuesto y ha dejado al descubierto una placa metálica. Es obvio que se la implantaron tras una lesión o una operación en algún momento de su vida. Ahora, con el cadáver en descomposición, la placa queda a la vista.
– Ya. -Frunció el entrecejo-. Pero sigo sin entender por qué es tan importante.
– Vito, una placa metálica implantada es un dispositivo de clase III. Todos los dispositivos de clase III tienen un número de serie único que permite llegar hasta su origen.
Vito comprendió de pronto lo que Jen quería decir y se incorporó en la silla.
– O sea que podemos identificarla.
– Premio para el caballero que acaba de bajar de las nubes.
Vito sonrió. Era increíble la suerte que habían tenido.
– Llamaré a Katherine y le pediré que empiece con esa víctima a primera hora de la mañana. Tú y yo nos vemos a las ocho.
Lunes, 15 de enero, 22:15 horas
Daniel miraba distraído la CNN en la televisión del hotel cuando sonó su teléfono móvil.
– ¿Luke? ¿Dónde te habías metido?
– Estaba pescando -dijo Luke en tono irónico-. Es lo que normalmente se hace cuando se sale de pesca. No he oído tu mensaje hasta ahora. ¿Qué ocurre? ¿Dónde estás?
– En Filadelfia. Escucha, he encontrado una memoria USB después de que te marcharas esta mañana. La he conectado a mi portátil pero solo contiene una lista de archivos con extensión pst.
– Son archivos de correo electrónico. Seguramente es la copia de seguridad de todo lo que tu padre borró hasta noviembre.
Daniel se sacó la memoria del bolsillo.
– ¿Cómo puedo ver lo que hay aquí?
– Conéctala al portátil. Yo te guiaré. No es difícil.
Daniel hizo lo que Luke le indicaba y enseguida se encontró consultando el correo de su padre.
– Ya lo tengo. -Correo electrónico de varios años, de hecho. Pero Daniel no iba a permitir que Luke supiera lo que contenía la memoria USB de su padre, de la misma manera que no había permitido que Frank Loomis conociera dónde escondía la caja fuerte-. Ya me encargo yo de leerlo. Gracias, Luke.