Vito frunció el entrecejo.
– Cuando llegué, Dante estaba en el porche trasero, llorando.
Tess abrió los ojos como platos.
– ¡En el porche trasero hace un frío de muerte!
Vito tenía el porche acristalado, pero en él no había calefacción y, en efecto, hacía mucho frío.
– Ya lo sé. Se había arropado con el saco de dormir, pero aun así estaba helado. Al verme se asustó. Supongo que no sabía lo que le diría al encontrarlo allí en lugar de en la sala, durmiendo. Me explicó que tenía ganas de estar solo.
– Debe de estar preocupado por Molly -opinó Tess-. Es normal.
Vito tenía sus dudas, pero no le había insistido al chico.
– Puede ser. Le hice entrar y, de todos modos, estuve un rato pendiente de él. -Levantó la cabeza de la taza y miró a Tess-. ¿Qué sucede?
Ella se rió e hizo una mueca.
– Eres un chismoso, ¿sabes?
Vito se acordó de Sophie y notó una punzada en el corazón.
– Eso dicen.
Tess arqueó las cejas.
– Yo te cuento lo mío si tú me cuentas lo tuyo.
– Tendría que habérmelo pensado dos veces antes de interrogar a una psiquiatra. Vale, pero tú me lo cuentas primero.
Ella se encogió de hombros.
– No me resulta fácil cuidar de los niños. Aidan y yo hemos intentado… -Bajó la cabeza-. Los dos formamos parte de familias numerosas y ni siquiera podemos tener un hijo.
– A lo mejor es cuestión de tiempo.
A Vito se le partió el alma cuando Tess levantó la cabeza y vio la tristeza de su mirada.
– Llevamos intentándolo dieciocho meses. Hemos empezado a ir de médicos y a hablar de tratamientos y de adopción.
Él le alcanzó la mano y se la estrechó.
– Lo siento, pequeña.
Los labios de ella se curvaron, aún con tristeza.
– Yo también. Ahora te toca a ti. ¿Cómo se llama?
A él se le escapó una carcajada.
– Sophie. Es muy guapa, muy lista y me gusta, pero no quiere que yo le guste. A su manera me ha pedido que la deje en paz y eso haré.
– Es lo más recomendable si no quieres hacerte pesado, pero no es nada propio de ti. No recuerdo que dejaras de perseguir a una sola mujer que te entrase por los ojos.
Eso era cierto hasta Andrea. La chica al principio lo había rechazado pero él se había encaprichado de ella. Había insistido y había acabado haciéndola cambiar de idea. Al final resultó lo peor que podía haberles pasado a los dos.
– Me parece que he crecido.
– Ya. -Tess asintió, pero era evidente que no estaba en absoluto convencida-. Claro.
Él se puso en pie.
– Lo que está claro es que debo irme ahora mismo. Tengo que pasar por la panadería y por el depósito de cadáveres de camino al trabajo.
Tess torció el gesto.
– Francamente, no sé que tienen que ver la panadería y el depósito de cadáveres, Vito. ¿Vendrás a cenar?
– No lo sé. -La besó en la frente-. En cualquier caso, te llamaré.
– Iré a recoger a los chicos cuando salgan de la escuela. -Dio un vistazo a la cocina-. Creo que después me llevaré a Gus a comprar cortinas. Tus ventanas dan pena.
De hecho, era Tess quien daba pena pero Vito no podía hacer nada por evitarlo, igual que tampoco había podido hacer nada por evitarle a Sophie la pena que había observado en sus ojos la noche anterior.
Martes, 16 de enero, 8:01 horas
– Mmm. -Jen McFain le hincó el diente a una rosquilla azucarada-. Prueba una. -Empujó la caja hacia Beverly Jenkins, una de las detectives a quien Liz había asignado al caso de Vito.
Beverly miró la caja con expresión desdichada.
– ¿Cómo te las arreglas para estar tan delgada, McFain?
– Es cosa del metabolismo. -Jen esbozó una sonrisa burlona-. Pero, si te sirve de consuelo, mi madre dice que ya lloraré cuando mi metabolismo cambie y a los cuarenta años todo lo que coma se me ponga en el culo.
A Beverly se le escapó la risa.
– Entonces Dios existe.
En ese momento entró Liz junto con Katherine y Tim Riker, el compañero de Beverly.
– ¿En qué punto estamos, Vito? -preguntó Liz cuando todos estuvieron sentados y se hubieron pasado la caja de rosquillas.
– Liz os lo explicó casi todo ayer -le dijo Vito a Riker y Jenkins-. Conseguimos identificar con seguridad a un cadáver e hipotéticamente a otros dos -explicó. Se dirigió a la pizarra en la que había copiado la tabla de tumbas dibujada por Katherine. En cada una de las casillas rectangulares había anotado una breve descripción de la víctima y la causa y el momento aproximado de su muerte.
– Hemos identificado a Warren Keyes, y las hipotéticas identidades son las de estas mujeres. -Señaló las fosas tres-dos y uno-uno-. La de las manos unidas podría ser Brittany Bellamy. -Señaló su fotografía colgada al lado de la pizarra-. Brittany era modelo. En los sobres que os he entregado tenéis una fotografía suya y una lista de sus clientes. No sabemos dónde vive. Su nombre no se encuentra en nuestros archivos de personas desaparecidas ni en los del Departamento de Vehículos Motorizados. Puede que no sea de aquí.
– ¿Y qué hay de la otra mujer? -preguntó Liz.
– Se llama Claire Reynolds -explicó Katherine-. Tiene una placa metálica en la cabeza y la pierna derecha amputada por encima de la rodilla. A las seis, cuando he llegado, he llamado al fabricante de la placa. Han podido establecer la correspondencia entre el número de serie de la placa y el nombre de Claire Reynolds. Le colocaron la placa en la cabeza después de un accidente de coche. En aquella época Claire vivía en Georgia y la operaron en Atlanta. Supongo que la pierna la perdió en el mismo accidente. Lo sabré con seguridad cuando consiga su historial médico.
Vito prosiguió con el relato.
– Claire se mudó a Filadelfia hace unos cuatro años. Su último empleo conocido fue en una sección de la biblioteca. Sus padres denunciaron su desaparición hace unos catorce meses. Su descripción coincide con el cadáver que encontramos.
– Y el tiempo transcurrido concuerda con el grado de descomposición -añadió Katherine-. Todavía no he comenzado con la autopsia, pero le he hecho una radiografía mientras esperaba a que buscaran su nombre en el registro. Tiene el cuello roto. No se observan más daños.
Vito señaló su foto en la pizarra, junto al rectángulo que representaba su tumba.
– He obtenido una fotografía suya en los archivos del Departamento de Vehículos Motorizados. Tenemos que notificárselo a sus padres.
Beverly tomaba notas.
– Nosotros nos encargamos. También trataremos de obtener un cabello o alguna otra cosa que nos sirva de muestra para asegurar su identidad mediante una prueba de ADN.
– Encontrasteis a la mujer de las manos unidas en la misma página de modelos en la que aparecía Warren Keyes -dijo Tim-. ¿Claire también era modelo? ¿Hay alguna posibilidad de que encontremos allí a alguna de las otras víctimas?
– No he comprobado si Claire era modelo. Por el aspecto no lo parece, pero eso no quiere decir nada. Más vale asegurarse.
– Dudo que los tres ancianos fueran modelos -opinó Liz-. Es más probable que en la página aparezcan los tres jóvenes, el de la herida en la cabeza, el de la bala y el de la metralla.
Vito frunció el entrecejo.
– Tino dice que los cadáveres de los jóvenes estaban demasiado desfigurados para hacer ningún retrato, y el antropólogo forense está en un congreso hasta la semana que viene.
Beverly arqueó las cejas.
– ¿Tino?
– Mi hermano, alias el retratista que ha hecho el trabajo gratis. Él ha dibujado a la chica de las manos unidas. El retrato nos ha servido para localizar a Brittany Bellamy en la página de modelos. -Vito extrajo el dibujo de Tino de su carpeta y lo deslizó hasta el centro de la mesa-. Cree que será capaz de dibujar a la pareja de ancianos, pero a los demás no.