Vito logró dominar su sorpresa y se volvió con fingida expresión de desconcierto.
– ¿Cómo dice?
– Por favor, detective. Todos tenemos nuestras fuentes de información. Yo tengo las mías y usted tiene… a Sophie Johannsen. -Sonrió y el brillo malicioso que asomó a sus ojos hizo que a Vito le entraran ganas de arrancárselos-. Cuenta con alguien muy especial. Sophie ha sido una de las ayudantes más hábiles que he tenido.
Vito alzó un hombro, apenas se sentía capaz de controlar el fuerte deseo de saltar por encima del escritorio de caoba y romperle la cara a Brewster. Pero en lugar de eso, negó con la cabeza.
– Lo siento, doctor Brewster. De verdad, no sé de qué me habla. A lo mejor esa tal Sophie Johnson…
– Johannsen -lo corrigió Brewster con total tranquilidad.
– Lo que sea. A lo mejor ha hablado con mi jefe, pero… -Se encogió de hombros-. Conmigo no. -Forzó una sonrisa de complicidad-. Aunque tengo la impresión de que me he perdido algo muy especial.
Brewster entornó un poco los ojos.
– Se lo aseguro, detective. Se lo aseguro.
Martes, 16 de enero, 10:30 horas
Vito tenía que reconocer que, profesionalmente hablando, el viaje había resultado poco productivo. Brewster no le había proporcionado nada de verdadera utilidad y tampoco creía que los nombres que le había dado lo fueran. De todos modos, seguiría sus indicaciones, a ver qué más obtenía.
Sonó su móvil y vio el número de Riker en la pantalla.
– Vito, soy Tim. Acabamos de salir de casa de los padres de Claire Reynolds. Tenían todas sus cosas empaquetadas en el sótano. Bev ha tomado un poco de pelo del cepillo de Claire para obtener su ADN. Sus padres dicen que hace un año, justo antes de Acción de Gracias, fueron a verla a su piso porque no les devolvía las llamadas, pero hacía mucho tiempo que la chica ya no vivía allí. Entonces se dirigieron a la biblioteca donde trabajaba y descubrieron que hacía quince meses que habían recibido una carta de dimisión. Su madre insiste en que la firma no es de Claire. Llevaremos la carta a la comisaría.
– Ajá. Alguien no quiere que investiguen su desaparición.
– Es lo mismo que hemos pensado nosotros. Pero eso no es lo mejor. En la caja, con sus pertenencias, había dos piernas ortopédicas, una para correr y otra para deportes acuáticos. Y también… -hizo una pausa para dar más énfasis a la noticia- un bote de lubricante de silicona.
Al oírlo, Vito se incorporó en el asiento.
– ¿De verdad? Qué interesante.
– Sí. -La voz de Riker traslucía su sonrisa triunfal-. Está sin empezar. La madre de Claire nos ha explicado que la chica utilizaba el lubricante para la pierna y que solía guardar botes en su piso, en el coche y en la bolsa de deporte. La familia no ha encontrado el coche ni la bolsa de deporte, así que es posible que Claire llevara encima unos cuantos botes cuando la asesinaron.
– Un recuerdo muy práctico para el asesino.
– Sí. Pediremos que en el laboratorio lo comparen con las muestras que Katherine extrajo de las dos víctimas.
– Estupendo. ¿Qué hay del ordenador de Claire?
– Según sus padres, la chica no tenía ordenador. Cuando salgamos del laboratorio haremos unas cuantas llamadas para ver si localizamos a Brittany Bellamy.
– Si es así, ya tendremos tres víctimas identificadas. Nos quedarán seis. El catedrático a quien he visitado esta mañana me ha proporcionado los nombres de unos cuantos coleccionistas particulares. Me encargaré de localizarlos. Tras saber que la Luger es antigua, cada vez estoy más convencido de que nuestro hombre busca que los instrumentos que utiliza sean lo más auténticos posible. De todos modos, por si acaso iré a ver a unas cuantas personas que venden reproducciones en las ferias medievales. A ver qué encontramos. Nos mantendremos en contacto.
Vito cerró el móvil y, aferrándolo con fuerza, se recostó en el asiento y se quedó mirando el pequeño establecimiento frente al que había aparcado. De la lista de vendedores que le había dado Sophie, solo había uno que tuviera una tienda, Andy's Attic. Todos los demás vendían sus artículos por internet. De momento, Vito solo quería interrogar a personas a quienes pudiera ver, para observar su reacción.
Igual que había observado a Brewster. Menudo cabrón traicionero. Pero ¿cómo había sabido que era Sophie quien le había dado su nombre? Se suponía que la chica no había efectuado ninguna llamada, solo le había proporcionado unos cuantos nombres. Con el entrecejo fruncido, telefoneó a Sophie.
Ella respondió en tono cauteloso.
– Sophie al habla.
– Sophie, soy Vito Ciccotelli. Siento molestarte de nuevo, pero…
Ella suspiró.
– Pero acabas de hablar con Brewster. ¿Te ha aclarado algo?
– Me ha dado los nombres de otros tres coleccionistas. Él insiste en que son personas honestas y con ética. Escucha, Sophie, sabe que tú me has dado su nombre. He tratado de salir del paso lo mejor que he podido pero es evidente que alguien se lo ha soplado antes de que yo llegara. ¿Con quién más has hablado de esto?
Ella guardó silencio un momento.
– Con un tipo que estudiaba conmigo el verano en que trabajé para Brewster. Se llama Clint Shafer. No era mi intención llamar a nadie pero no recordaba el nombre de Kyle Lombard y en aquella época Kyle y Clint eran amigos.
– ¿Has llamado a alguien más?
– Solo a un antiguo profesor mío, el que aparece en la lista. Llamé a Étienne anoche, antes de verte, y le dejé un mensaje en el contestador pidiéndole que te ayude cuando te pongas en contacto con él. Más tarde me devolvió la llamada.
Cambió de programa de doctorado al dejar a Brewster, pensó Vito. Por su tono dedujo que se había puesto a la defensiva, como si esperase que se enfadara con ella, así que le habló con amabilidad.
– ¿Te dijo tu profesor algo que pueda resultarnos útil?
– Sí. -Su tono era un poco menos tenso-. Te lo he explicado en un e-mail.
Para no tener que volver a hablar con él. Sabía lo que Brewster le contaría y aun así le había dado su nombre.
– Aún no he mirado el correo. ¿Qué pone?
– No son más que rumores, Vito. Étienne lo oyó en un cóctel.
Él sacó su cuaderno.
– A veces los rumores resultan ser ciertos. Estoy a punto.
– Dice que oyó que Alberto Berretti, una de las personas que solía hacer donaciones, ha muerto. El tipo vivía en Italia y tenía una gran colección de espadas y armaduras. Sin embargo, hace años que se rumorea que también coleccionaba instrumentos de tortura. Hace poco su familia subastó la colección, pero faltaban más de la mitad de las espadas y todos los instrumentos de tortura. Étienne dice que oyó a algunas personas preguntar por ello con discreción, pero que la familia negó haber encontrado nada que no se ofreciera en la subasta.
– ¿Tu profesor cree a la familia?
– Dice que no los conoce y no quiere hacer conjeturas. Pero lo importante es que hay instrumentos en circulación, en alguna parte. Puede que estén relacionados con este caso, o puede que no. Lo siento Vito; eso es todo cuanto sé.
– Nos has ayudado mucho -respondió-. Sophie, ese Brewster…
– Tengo que irme -dijo con tirantez-. Tengo trabajo. Adiós, Vito.
Vito se quedó mirando el teléfono un minuto entero después de que ella colgara. Tenía que hacerle caso. La última vez que había perseguido a una mujer, el resultado había sido fatal. Y podía repetirse.
O podía salir bien y conseguir lo que siempre había deseado de verdad. Alguien que lo estuviera esperando después de una larga jornada. Alguien con quien encontrarse al volver a casa. Tal vez esa persona fuera Sophie Johannsen, o tal vez no. Pero nunca lo sabría si no lo intentaba. Y esta vez se aseguraría de que todo fuera bien. Marcó en su móvil un número con un claro propósito.