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Él apretó los dientes y con gesto airado recogió del suelo el maletín que contenía su portátil.

– Muy bien.

Martes, 16 de enero, 11:55 horas

– ¡Disculpe!

Derek se detuvo en la escalera que unía la calle con el edificio donde se encontraban las oficinas de oRo. En la mano llevaba una bolsa con comida preparada. De un taxi se bajó un hombre con una pequeña maleta. A pesar de ir bien vestido, daba la impresión de no haber dormido nada en varios días.

– ¿Sí?

– ¿Es usted Derek Harrington?

– Sí. ¿Por qué?

El hombre se dispuso a subir la escalera; su expresión denotaba cansancio y desesperación.

– Solo quiero hablar con usted. Por favor. Se trata de mi hijo y su videojuego.

– Si le molesta que su hijo juegue a Tras las líneas enemigas, sepa que eso no depende de mí.

– No, no lo entiende. No es que mi hijo juegue con su videojuego, es que creo que aparece en él. -Se sacó del bolsillo una fotografía de tamaño cartera-. Me llamo Lloyd Webber y soy de Richmond, Virginia. Mi hijo Zachary se marchó de casa hace poco más de un año. Dejó una nota donde decía que iba a Nueva York. Nunca más hemos tenido noticias suyas.

– Lo siento, señor Webber, pero no entiendo qué tiene que ver eso conmigo.

– En su videojuego aparece una escena en la que un soldado alemán recibe un disparo en la cabeza. Ese chico tiene idéntico aspecto que mi Zachary. Imaginé que habría posado para los dibujantes de su empresa y busqué la dirección. Por favor, si disponen de una base de datos con los modelos que han trabajado para ustedes, comprueben si él aparece. Tal vez aún esté aquí, en Nueva York.

– No trabajamos con modelos, señor Webber. Lo siento.

Derek se dispuso a alejarse. Sin embargo, Webber lo adelantó y le bloqueó el paso.

– Al menos mire su fotografía. Por favor. He tratado de ponerme en contacto con usted por teléfono, pero no respondía a mis llamadas, así que en cuanto me he levantado esta mañana he comprado un billete de avión. Por favor.

El hombre le tendió la fotografía y Derek la tomó con un suspiro de compasión.

Al instante se quedó sin respiración. Era el mismo chico. «El rostro es idéntico.»

– Es… Es un chico muy atractivo, señor Webber.

Levantó la cabeza y vio que a Webber se le anegaban los ojos de lágrimas.

– ¿Está seguro de que no ha pasado por su estudio? -preguntó con un hilo de voz.

Derek se sintió mareado. Desde el instante en que sus ojos se posaron por primera vez en una obra de Frasier Lewis, supo que aquello contenía un grado de realismo que traspasaba los límites de lo decente. Sin embargo, la idea que en esos momentos pasaba por su cabeza…

– ¿Puedo quedarme la foto de su hijo, señor Webber? Se la mostraré al personal. No trabajamos con modelos pero tal vez alguien lo haya visto en alguna parte; en algún restaurante o en el autobús. Hay muchísimos sitios donde nos inspiramos para crear los personajes.

– Quédesela, por favor. Es una copia. Si quiere, puedo conseguirle más. Enséñesela a todo aquel que crea que puede ser de ayuda.

Con la mano trémula le tendió una tarjeta de visita y Derek la tomó, también tembloroso.

– Ahí tiene mi número de móvil. Por favor, llámeme a cualquier hora del día o de la noche. Me quedaré unos cuantos días en la ciudad, hasta que me dé una respuesta u otra.

Derek miró la fotografía y la tarjeta de visita. Frasier Lewis aún estaba allí dentro, hablando con Jager. Podría preguntárselo a quemarropa, pero no estaba seguro de querer oír la respuesta. «Compórtate como un hombre, Derek. Mójate por una vez en tu vida.»

Levantó la cabeza y asintió.

– Lo llamaré para decirle una cosa u otra. Se lo prometo.

Los ojos de Webber se llenaron de gratitud y esperanza.

– Gracias.

Martes, 16 de enero, 12:05 horas

La furia que hervía en su interior estalló en cuanto vio a Derek Harrington aguardándolo a la salida del edificio. Cerró el puño para asir con fuerza el maletín de su portátil. Con mucho gusto habría preferido apretar el puño para algo más satisfactorio, como romperle la cara a Harrington. Pero para todo había un momento y un lugar apropiado. «No debo hacerlo aquí ni ahora.» Sin palabra ni gesto de saludo alguno, dejó atrás a Harrington y salió por la puerta.

– Lewis, espera. -Harrington lo siguió afuera-. Tengo que hablar contigo.

– Tengo prisa -soltó entre dientes y empezó a bajar los escalones que conducían a la calle-. Ya hablaremos luego.

– No, hablaremos ahora. -Harrington lo aferró por el hombro y él se tambaleó y estuvo a punto de perder el equilibrio y caer por la escalera. Quedó atrapado al apoyarse en el pasamanos metálico, pero en un arrebato de furia apartó a Harrington de un empujón.

– Quítame las manos de encima -dijo con un rugido apenas contenido.

Derek dio un paso atrás y Frasier quedó dos escalones más arriba. Se encontraban frente a frente. En los ojos de Harrington se observaba algo nuevo, retador.

– Y si no, ¿qué? -le preguntó Derek con calma-. ¿Qué harás conmigo, Frasier?

«No debo hacerlo aquí ni ahora.» Ya encontraría el momento.

– Tengo prisa. Me voy.

Se volvió para marcharse, pero Derek lo siguió, lo adelantó y se detuvo a esperarlo al pie de la escalera.

– ¿Qué harás conmigo? -repitió con más énfasis-. ¿Me pegarás? -Subió un escalón y miró hacia arriba de reojo-. ¿Me matarás? -masculló.

– Estás loco. -Él se dispuso a bajar la escalera pero Harrington volvió a aferrarlo por el brazo. Sin embargo, esta vez no lo pilló desprevenido y conservó el equilibrio apoyándose sobre la pierna sana.

– ¿Me matarás, Frasier? -le preguntó Harrington en voz igualmente baja-. ¿Igual que mataste a Zachary Webber? -Sacó una fotografía del bolsillo de su abrigo-. El parecido con tu soldado alemán es asombroso, ¿no crees?

Él miró la fotografía y mantuvo el semblante impasible a pesar de que el corazón empezó a acelerársele. Frente a él había una imagen del rostro de Zachary Webber en la que aparecía igual que el día en que lo recogió en la I-95 en las afueras de Filadelfia, donde hacía autostop. Zachary se dirigía a Nueva York con la intención de convertirse en actor. Su padre le había advertido que era demasiado joven, que primero debía acabar los estudios secundarios. Pero Zachary no le había hecho ningún caso. «Le demostraré quién soy -había asegurado-. Cuando sea famoso, se tragará todo lo que me ha dicho.»

Aquel día esas palabras resonaron en su cabeza. Eran iguales a las que él mismo había pronunciado a la edad de Zachary. Su encuentro era cosa del destino, como lo del tatuaje de Warren Keyes.

– Yo no lo veo -respondió con despreocupación. Cuando llegó a la calle se volvió a mirar a Derek a los ojos una vez más, mientras este seguía plantado en la escalera-. Deberías pensarlo mejor antes de hacer semejantes acusaciones, Harrington. Podrían volverse contra ti.

Martes, 16 de enero, 13:15 horas

Ted Albright frunció el entrecejo.

– Hoy has estado muy floja, «Juana».

Sophie miró a Ted Albright mientras se quitaba las reforzadas botas de los pies.

– Ya te he dicho que le pidieras a Theo que se encargara de la visita del caballero. El dolor de espalda me está matando. -También le dolía la cabeza. Y el amor propio-. Voy a comprarme algo para comer.

Cuando se disponía a marcharse, Ted la asió por el brazo con sorprendente suavidad.

– Espera.

Ella se volvió despacio, preparándose para otra discusión.

– ¿Qué? -le espetó, pero se interrumpió al ver la mirada de Ted. Marta tenía razón, Ted Albright era un hombre muy atractivo, pero en esos momentos sus anchos hombros aparecían alicaídos y su semblante, demacrado-. ¿Qué? -repitió en tono mucho más amable que la primera vez.