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– Sophie, ya sé lo que piensas de mí. -Una de las comisuras de sus labios se curvó al ver que ella no respondía-. Y, lo creas o no, te admiro por no negarlo en estos momentos. No llegaste a conocer a mi abuelo, murió antes de que tú nacieras.

– Lo he leído todo sobre su vida como arqueólogo.

– Pero en ningún libro explica cómo era realmente. No era un… simple historiador. -Pronunció las últimas palabras en tono quedo. Luego sonrió-. Mi abuelo era… divertido. Murió cuando yo era niño, pero aún recuerdo cómo le gustaban los dibujos animados. Bugs Bunny era su personaje favorito. Me llevaba a caballito y era un gran fan de los Tres Chiflados. Le encantaba reírse. También amaba el teatro, igual que yo. -Suspiró-. Estoy tratando de que este lugar resulte atractivo para los niños, que puedan venir y… disfrutar de una verdadera experiencia. Sophie, estoy tratando de convertir esto en un lugar que a mi abuelo le habría encantado visitar.

Sophie se quedó parada un momento, sin saber qué decir.

– Ted, creo que ahora entiendo mejor lo que intentas hacer pero… venga ya. Yo sí soy una simple historiadora. Me resulta humillante tener que disfrazarme.

Él negó con la cabeza.

– Tú no eres así, Sophie. Tendrías que ver las caras de los niños al oírte hablar. Les encanta escucharte. -Dio un suspiro-. Tengo programadas varias visitas diarias durante semanas. Necesitamos los ingresos como agua de mayo -añadió en voz baja-. He invertido todo lo que tengo en este museo. Si el negocio no funciona, tendré que vender la colección, y no quiero hacerlo. Es todo cuanto me queda de él. Es su herencia.

Sophie cerró los ojos.

– Déjame pensarlo -musitó-. Me voy a comer.

– No olvides que a las tres te toca hacer de vikinga -gritó Ted tras ella.

– No -masculló, sintiéndose dividida entre la culpa y lo que seguía considerando un enfado más que justificado.

– Eh, Soph. Ven.

Quien le hablaba era Patty Ann, que se encontraba tras el mostrador de la entrada mascando chicle ruidosamente.

Con un suspiro, Sophie cruzó el vestíbulo. Ese día Patty Ann iba de actriz de Brooklyn, pero más bien parecía Stallone haciendo de Rocky. Sophie se apoyó en el mostrador y soltó:

– No me lo digas. Estás ensayando para actuar en Ellos y ellas.

– He recibido una oferta para un papel, y tú has recibido un paquete. -Patty Ann lo empujó hasta el borde del mostrador-. Dos paquetes en un mismo día. Te estás haciendo muy popular.

A Sophie se le pusieron los nervios de punta.

– ¿Sabes quién lo ha dejado?

Patty Ann sonrió con retintín.

– Pues claro. Una tía.

Sophie contuvo las repentinas ganas de estrangularla.

– Y esa tía, ¿tiene nombre?

– Pues claro. -Patty Ann hizo un globo de chicle-. Tiene un nombre muy largo: Ciccotelli-Reagan.

Aliviada y sorprendida al mismo tiempo, Sophie pestañeó.

– ¿No bromeas?

– Te lo juro. -La sonrisa de Patty Ann se tornó pícara-. Le he preguntado si tenía alguna relación con un policía que está como un tren y me ha contado que es su hermano. Luego me ha preguntado si yo era Sophie.

Sophie se horrorizó.

– Por favor, dime que le has dicho que no.

– Claro que le he dicho que no -soltó Patty Ann con un resoplido de indignación-. Yo quiero representar papeles interesantes. No te ofendas, Sophie, pero tú no eres ningún personaje interesante.

– Ah… Gracias, Patty Ann. Acabas de alegrarme el día.

La chica ladeó la cabeza, pensativa.

– Qué curioso. Es lo mismo que me ha dicho ella. Esa tía.

Aun sin conocerla, a Sophie le cayó bien la hermana de Vito.

– Gracias, Patty Ann.

Cuando llegó a su pequeño y oscuro despacho, cerró la puerta y se echó a reír. Patty Ann no era mala chica. Lástima que no le quedara bien la armadura, habría hecho muy bien de Juana de Arco. Aún sonriente, se sentó delante de su escritorio y abrió el paquete. Al verlo, abrió mucho los ojos. «¿Qué narices…?» Era un bolígrafo. No, no era eso.

Su sonrisa se desvaneció en cuanto reparó en qué era exactamente lo que estaba mirando. Sacó el cilindro plateado de la caja y pulsó con el pulgar el diminuto botón lateral. Un extremo se abrió y en él empezó a parpadear una luz azul mientras sonaba una discreta sirena.

Era una reproducción de juguete del dispositivo para borrar la memoria que aparecía en Hombres de negro. Sophie notó sus ojos llenarse de lágrimas al darse cuenta de lo que aquello significaba. Vito Ciccotelli le había ofrecido empezar de nuevo.

En la caja había una nota. La letra era de una mujer pero las palabras no. «Brewster es un imbécil. Olvídalo y rehaz tu vida. V.» Sophie no pudo evitar sonreír al leer la posdata. «No te olvides de quitarte las gafas de sol de color lila antes de utilizarlo; si no, no funcionará.» Una flecha señalaba el otro lado del papel, así que le dio la vuelta. «Todavía te debo una pizza. Dos puertas más abajo del edificio de la Universidad Whitman en el que trabajas las hacen buenísimas. Si te apetece que nos veamos, estaré allí cuando termines las clases esta noche.»

Sophie depositó la nota y el dispositivo de nuevo en la caja y se quedó un rato sentada, muy pensativa. Aceptaría la pizza. Sin embargo, ella le debía a Vito Ciccotelli mucho más que eso. Miró el reloj. Entre la visita de la reina vikinga y el seminario que impartía a última hora de la tarde no le quedaba mucho tiempo, pero haría lo que pudiera.

Vito no había conseguido ninguna información de Alan Brewster. Sophie ya lo sabía de antemano; le había dado su nombre más por tener la conciencia tranquila que por considerar de verdadera utilidad lo que Alan pudiera aportar a la investigación de Vito. No obstante, Étienne Moraux le había proporcionado una buena pista. Las piezas desaparecidas se encontraban en algún rincón del mundo. Era probable que siguieran en Europa. Pero ¿y si no era así? ¿Y si estuvieran en Filadelfia?

Étienne no conocía al hombre que había muerto, ni a ninguna de las figuras más destacadas del mecenazgo en Europa. La riqueza y la influencia le interesaban tan poco como a ella. Sin embargo, Sophie conocía a personas a quienes sí les importaban esas cosas.

Pensó en su padre biológico. Alex tenía muchos contactos en distintos ambientes sociales y políticos. No obstante, a ella siempre le había incomodado utilizar su posición y su influencia. En parte, su reticencia procedía de la evidente aversión que sentía su madrastra por la hija americana de su marido. Pero su vacilación se había enquistado sobre todo debido a la compleja relación entre Anna y Alex, y el resto de su árbol genealógico. Por eso solo recurría a su familia cuando era estrictamente necesario.

Claro que en ese caso lo era. Se trataba de hacer justicia. Volvería a servirse de la influencia de su padre. Quería pensar que a él le habría parecido bien. Tal vez los amigos de Alex conocieran al hombre que había muerto, aquel cuya colección había desaparecido. Tal vez conocieran a la familia y sus contactos. Si algo había aprendido en la vida a fuerza de tropezar era a no subestimar los rumores, fueran buenos o malos.

Abrió su agenda telefónica por la página en la que Alex Arnaud había anotado los números de sus amigos para que Sophie no estuviera sola en Europa cuando él faltara. En esa fase de su enfermedad los trazos de su letra ya eran finos e inseguros, pero aun así Sophie distinguía los nombres y las cifras. Conocía a aquellas personas desde que era niña, y todas le habían ofrecido su ayuda innumerables veces. Había llegado el momento de aceptarla.

Martes, 16 de enero, 13:30 horas

El corazón todavía le palpitaba con fuerza mientras conducía en dirección sur hacia Filadelfia por el mismo tramo de la I-95 donde había recogido a Zachary Webber el año anterior. Estaba nervioso y eso le hacía sentirse enfadado. El día no había ido tal como había planeado.