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– Dios mío. Está muerta. -La mujer se estaba poniendo histérica-. Dios mío.

– Señora Bellamy, por favor. ¿Cuándo…? -Pero los sollozos de la mujer eran demasiado fuertes para que lo oyera. Los ojos de la jovencita se llenaron de lágrimas. Le arrancó el teléfono de la mano a Vito.

– Mamá, ven a casa. Llamaré a papá. -Colgó y aferró el teléfono contra su pecho con las dos manos, del mismo modo que Warren Keyes aferraba la espada-. Fue después de Acción de Gracias. Mi padre y ella se pelearon porque había dejado los estudios de odontología para ser actriz. -Pestañeó y las lágrimas le rodaron por las mejillas-. Se marchó de casa, dijo que se las apañaría sola. Esa fue la última vez que la vi. Está muerta, ¿verdad?

Vito exhaló un suspiro.

– ¿Tenéis ordenador?

La chica frunció el entrecejo.

– Sí. Es nuevo.

– ¿Cómo de nuevo, cariño? -preguntó Vito.

– Tiene un mes, más o menos. -La chica titubeó-. Justo después de que Brittany se marchara, el anterior se estropeó. Mi padre se puso frenético. No tenía ninguna copia de seguridad.

– Necesitamos un permiso de tus padres para registrar la habitación de Brittany.

Ella apartó la mirada, le temblaban los labios.

– Llamaré a mi padre.

Vito se volvió hacia Beverly y Tim.

– Yo me quedo aquí. Volved a la comisaría y empezad a buscar a la tercera víctima de la fila en tupuedessermodelo.com.

– Es el tipo del mangual -dijo Tim con gravedad-. No podemos contar con que su nombre aparezca en los informes de desaparecidos. Aunque hubieran denunciado la desaparición de Brittany, es posible que al ser de Jersey no apareciera en los informes de Filadelfia.

– La base de datos permite realizar búsquedas por características físicas. Si no lo conseguís, avisad a Brent Yelton, del departamento de informática. Decidle que lo llamáis de mi parte y pedidle si puede conseguir un listado de las personas con quienes contactaron los mismos días en que consultaron los currículums de Warren y Brittany. Me apuesto cualquier cosa a que ese tipo no tuvo suerte a la primera. Tal vez encontremos a alguien que habló con él y que todavía vive y tiene el ordenador intacto.

Bev y Tim asintieron.

– Eso haremos.

La chica estaba de nuevo en la puerta.

– Mi padre está en camino.

En la pared de la casa había una hornacina.

– ¿Conocéis a algún sacerdote?

La chica asintió con gesto débil.

– Lo llamaré también.

Martes, 16 de enero, 15:20 horas

Munch llegaba tarde. Gregory Sanders miró el reloj por décima vez en el mismo número de minutos. Tenía la impresión de destacar sobremanera sentado en el bar donde Munch le había prometido encontrarse con él. Solo sabía que tenía que buscar a un hombre que caminaba con la ayuda de un bastón.

La camarera se detuvo junto a su mesa.

– No puede quedarse aquí si no pide nada.

– Estoy esperando a una persona. De todos modos, tráigame un gin-tonic.

La chica ladeó la cabeza y lo examinó de cerca.

– Le he visto en alguna parte, estoy segura. -Chascó los dedos-. Servicio de limpieza séptica Sanders. -Sonrió-. Me encantaba ese anuncio.

Él mantuvo una firme sonrisa de cortesía mientras la chica se alejaba. Había realizado anuncios muy sofisticados para campañas nacionales, pero toda persona que hubiera crecido en Filadelfia recordaba aquel estúpido spot en que su padre había obligado a sus seis hijos a aparecer. Nadie que hubiera visto aquel spot lo tomaría en serio jamás, y él necesitaba que lo tomaran en serio. Necesitaba que Ed Munch lo contratara para aquel trabajo.

Greg palpó la navaja que se había guardado en la manga. Lo que en realidad necesitaba era pillar al viejo desprevenido para robarle hasta dejarlo limpio. Sin embargo, no podía permanecer mucho más tiempo allí sentado. Aquellos tipos querían su dinero, sin dilación.

Notó la vibración de su móvil en el bolsillo y dio un rápido vistazo alrededor, preguntándose si lo habrían descubierto. No; llevaba un móvil desechable y solo Jill tenía su número.

– ¿Diga?

Se incorporó en el asiento. Jill estaba llorando.

– ¿Qué pasa?

– Eres un cabrón. Han estado aquí, en mi casa. Lo han revuelto todo para buscarte. Y luego la han tomado conmigo.

Estaba histérica, gritaba tan fuerte que a Greg le dolían los oídos.

– ¿Qué te han hecho? -preguntó. El miedo le atenazaba el vientre-. Mierda, Jill, ¿qué te han hecho esos hijos de puta?

– Me han pegado, y me han roto dos dientes. -Se calló de repente-. Y dicen que mañana será peor, así que tengo que buscar algún sitio donde esconderme. Te advierto que no respondo de mí. Será mejor que te encuentren ya, porque como te encuentre yo primero te mataré con mis propias manos.

– Jill, lo siento.

Ella soltó una áspera carcajada.

– Ya lo creo que lo sientes. Como decía siempre mi padre. Y el tuyo.

Colgó el teléfono y Greg exhaló un largo y fuerte suspiro. Si aquellos hombres lo encontraban, le darían una paliza. Y si por algún milagro sobrevivía, tendría la cara tan desfigurada que le sería imposible trabajar durante semanas enteras. Tenía que conseguir dinero ese mismo día.

Munch se retrasaba casi media hora. Era obvio que el anciano no pensaba acudir a la cita. Greg se puso en pie y salió del restaurante sin saber muy bien adónde dirigirse. Lo único que sabía era que tenía que conseguir el dinero. Mientras se planteaba robar alguna pequeña tienda de las que abrían las veinticuatro horas, llegó a la parada del autobús y decidió tomar el siguiente. No tenía ni idea de adónde iría. Lejos de Filadelfia, lo más probable.

– ¿Señor Sanders?

Greg se dio media vuelta con el corazón desbocado. Por suerte solo se trataba de un anciano con bastón.

– ¿Munch?

– Lo siento, señor Sanders. Se me ha hecho tarde. ¿Sigue interesado en mi documental?

Greg observó al hombre. En sus tiempos había sido un tipo corpulento; en cambio ahora se lo veía frágil y encorvado.

– ¿Me pagará al contado?

– Por supuesto. ¿Tiene coche?

Greg lo había vendido hacía tiempo.

– No.

– Entonces iremos en mi camioneta. La tengo aparcada enfrente del siguiente edificio.

En cuanto tuviera el dinero en mano, le robaría la camioneta al hombre y se daría el piro.

– Vamos.

Martes, 16 de enero, 16:05 horas

El teléfono del despacho de Sophie estaba sonando cuando la chica entró en él después de la visita de la reina vikinga. Corrió a descolgar el auricular. En Europa eran más de las diez, y a esas horas los hombres a quienes había telefoneado estarían terminando de cenar.

– ¿Diga?

– Doctora Johannsen. -Era una voz altiva y refinada que había oído anteriormente.

Sophie exhaló un suspiro. No la llamaban desde Europa. Era Amanda Brewster.

– Sí.

– ¿Sabe quién soy?

Sophie miró la caja con la rata y notó que una ira renovada la embestía como una ola. Había planeado ofrecer al pobre animal un entierro decente cuando saliera del trabajo.

– Una cerda morbosa.

– Veo que le falla la memoria. Ya le dije una vez que se mantuviera alejada de mi marido.

– Y a usted le falla el oído. Ya le dije que no quiero a su marido para nada. Ni siquiera tengo ganas de volver a verlo. No tiene que preocuparse por mí, Amanda. De hecho, si yo fuera usted, me preocuparía más por la rubia que su marido tiene como ayudante du jour.

– Si usted fuera yo, estaría con Alan -dijo con engreimiento, y Sophie alzó los ojos con exasperación.

– Necesita la ayuda de algún especialista.

– Lo que necesito es que todas las putillas dejen en paz a mi marido -soltó Amanda con los dientes apretados-. Ya le dije la última vez que la descubrí que…