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– Usted no me descubrió -repuso Sophie, irritada-. Fui yo quien se lo confesé a usted. -Lo cual había sido el segundo gran error de Sophie; el primero fue creer que Alan Brewster la amaba de veras. Cometió la estupidez de pensar que la esposa de un donjuán debía saber qué pie calzaba su marido, pero Amanda Brewster no la había escuchado, y tampoco ahora lo hacía.

– … arruinaría su carrera -prosiguió Amanda como si Sophie no hubiera pronunciado palabra.

A la mujer no le había hecho falta arruinarle la carrera. Ya se encargaron de ello Alan y sus secuaces con sus comentarios llenos de alusiones sexuales. Y estaban volviendo a la carga.

La idea le reventaba. Tomó el juguete que Vito le había enviado. Ojalá funcionara a través del teléfono, ojalá pudiera hacer desaparecer aquel episodio de la faz de la Tierra para siempre. No obstante, era imposible que eso sucediera y ya iba siendo hora de empezar a aceptarlo. Se había apartado de Alan diez años atrás, avergonzada por lo que había hecho y asustada por las amenazas de Amanda para destruir su carrera. Aún estaba avergonzada pero no pensaba volver a huir.

– Busque ayuda, Amanda. A mí ya no me asusta.

– Pues debería. Mírese -gritó Amanda-. Trabaja en un museo de pacotilla para un idiota. Si ahora le parece que su carrera está por los suelos -dijo riéndose sin un ápice de histerismo-, cuando haya terminado con usted se encontrará excavando alcantarillas.

Sophie soltó una risa ahogada. «Excavando alcantarillas» eran las mismas palabras que Amanda había utilizado diez años atrás. Con veintidós años, Sophie le había creído. Con treinta y dos sabía distinguir los disparates pronunciados por una mujer mentalmente desequilibrada. Probablemente Amanda Brewster merecía que la compadeciera. Tal vez dentro de diez años lo hiciera.

– Ya que no piensa creerse nada de lo que le diga sobre Alan, créase esto: si vuelve a enviarme otro paquete como el de esta mañana, llamaré a la policía.

Colgó el teléfono y se quedó mirando el pequeño despacho sin ventanas. Amanda tenía razón en algo; verdaderamente trabajaba en un museo de pacotilla.

Pero no tenía por qué ser así. Amanda se equivocaba en otra cosa; Ted no era ningún idiota. Esa mañana Sophie había reparado en las caras de los visitantes. Se lo estaban pasando bien y al mismo tiempo aprendían. Ted tenía razón. Mantenía con vida el legado de su abuelo de la mejor manera que sabía hacerlo. «Y me ha contratado para que lo ayude.» La verdad era que hasta el momento no le había resultado de gran ayuda.

El motivo era que se había pasado los últimos seis meses compadeciéndose a sí misma. Se consideraba una importante arqueóloga que se había visto obligada a abandonar la excavación de su vida.

– ¿Cuándo me convertí en semejante esnob? -se preguntó en voz alta. El hecho de no estar trabajando en Francia no quería decir que allí no pudiera hacer algo importante.

Miró las cajas que saturaban su despacho, apiladas hasta el techo. La mayoría contenían piezas de la colección de Ted Primero a las que Ted y Darla no habían encontrado sitio en el museo. Ella les buscaría un espacio.

Se miró la mano y reparó en que aún asía el dispositivo para borrar la memoria. Lo depositó en la caja con cuidado. Había retomado su vida personal al aceptar la invitación de Vito para cenar, y pensaba empezar a retomar su vida profesional en ese preciso instante.

Encontró a Ted en su despacho.

– Ted, necesito un poco de tiempo.

Él entornó los ojos.

– Tiempo, ¿para qué? Sophie, ¿piensas marcharte?

Ella abrió mucho los ojos.

– No, no me marcho. Quiero tiempo para preparar una exposición. Tengo unas cuantas ideas. -Sonrió-. Son ideas divertidas. ¿Dónde puedo montarla?

Ted le devolvió la sonrisa.

– Tengo el lugar adecuado. Bueno, falta acabar de adecuarlo pero confío en que en pocos días lo tendrás listo.

Martes, 16 de enero, 16:10 horas

Munch se había pasado la primera media hora de trayecto hablándole a Greg Sanders del documental que estaba realizando. Se trataba de una nueva visión de la vida cotidiana en la Europa medieval.

«Dios Santo -pensó Greg-, menudo plomo.» Aquello resultaría peor para su carrera que el anuncio del servicio de limpieza séptica Sanders.

– ¿Dónde están los otros actores?

– Empezaré a filmarlos la semana que viene.

O sea que estarían a solas. Munch no le había pagado a nadie más, así que tendría un montón de dinero en casa.

– ¿Cuánto falta para llegar a su estudio? -quiso saber Greg-. Debemos de llevar ya ochenta kilómetros.

– No falta mucho -respondió Munch. Sonrió y un escalofrío recorrió la espalda de Greg-. No me gusta molestar a los vecinos, por eso vivo donde nadie pueda oírme.

– ¿Por qué tendría que molestarlos? -preguntó Greg sin estar seguro de querer oír la respuesta.

– De vez en cuando hospedo a grupos de recreación medieval.

– ¿Se refiere a gente que organiza torneos y esas comedias?

Munch volvió a sonreír.

– Exacto, esas comedias. -Abandonó la autopista-. Esa es mi casa.

– Qué bonita -musitó Greg-. De estilo clásico Victoriano.

– Me alegro de que le guste. -Enfiló el camino de entrada-. Entre.

Greg siguió a Munch con impaciencia, el anciano andaba muy lento con el dichoso bastón. Una vez dentro, miró alrededor preguntándose dónde debía de guardar el hombre el dinero.

– Es por aquí -le indicó Munch, y lo condujo hasta una habitación llena de trajes. Algunos estaban colgados en perchas mientras que otros se encontraban colocados en maniquís sin rostro. Parecían unos grandes almacenes medievales-. Póngase esto. -Munch señaló un hábito de fraile.

– Primero págueme.

Munch pareció enfadarse.

– Le pagaré cuando esté conforme con su trabajo. Vístase. -Se volvió para marcharse y Greg supo que si no lo hacía entonces, no lo haría nunca.

«Hazlo.» Rápidamente sacó la navaja, se situó detrás de Munch, le rodeó el cuello con el brazo y le presionó la garganta con el filo.

– Me pagarás ahora mismo, viejo. Ve despacio a donde guardas el dinero y no te haré daño.

Munch se quedó quieto. De repente, con un movimiento rápido aferró el pulgar de Greg y se lo retorció. Greg gritó de dolor y la navaja cayó al suelo. Enseguida tuvo el brazo en la espalda y un segundo más tarde estaba en el suelo, bajo la rodilla de Munch.

– Eres un cabronzuelo -dijo Munch, y su voz no sonó como la de un anciano.

Greg apenas podía oír nada más que el martilleo de su cabeza. Notaba un dolor atroz, en el brazo, en la mano. Era insoportable. ¡Crac! Greg gritó al partírsele la muñeca. Luego soltó un gemido cuando a su codo le ocurrió lo mismo.

– Esto es por intentar robarme -soltó Munch. Agarró a Greg por el pelo y le golpeó la cabeza contra el suelo-. Esto es por llamarme viejo.

Greg sintió que las náuseas lo invadían cuando Munch se puso en pie y se guardó la navaja en el bolsillo. «Busca ayuda.» Rebuscó en su bolsillo y abrió a tientas el móvil con la mano izquierda. Solo tuvo tiempo de pulsar una tecla antes de que Munch le estampara una patada en los riñones.

– Las manos fuera de los bolsillos. -Munch introdujo un pie bajo el estómago de Greg y lo colocó boca arriba. Greg no pudo más que observar horrorizado cómo Munch se despojaba del peluquín gris. No era ningún viejo. No tenía el pelo cano, sino que era totalmente calvo. Munch tiró de su perilla y la depositó junto al peluquín. Por último se quitó las cejas. A Greg se le hizo un nudo en el estómago a medida que el simple miedo dejaba paso al terror, glacial e intensísimo. Munch no tenía cejas. No tenía nada de pelo.

«Me matará.» Greg tosió y notó el sabor de la sangre.

– ¿Qué piensa hacer?

Munch le sonrió.

– Cosas terribles, Greg. Cosas verdaderamente terribles.