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– No puedes poner aquí todas esas cosas. Los niños las estropearán.

– No pienso dejar a la vista nada de valor. Haré reproducciones de plástico y las romperé en pedazos. Luego esconderé los pedazos bajo la arena para que la gente los encuentre, igual que encontramos las piezas de cerámica en las excavaciones.

Theo miró el almacén a su alrededor.

– ¿Piensas convertir esto en una excavación?

– Ese es mi plan. Sé que las piezas de tu abuelo son valiosísimas. No pienso dejar que les ocurra nada.

Él relajó los anchos hombros.

– Siento haberte asustado. -Bajó la vista a la mano de Sophie y esta se percató de que aún sostenía en ella la palanca. Se arrodilló y la depositó en el suelo.

– No pasa nada. -El regalito de Amanda Brewster y su llamada telefónica la habían puesto más nerviosa de lo que creía-. Esto… ¿querías algo?

Él asintió.

– Tienes una llamada. Es un hombre de edad, desde París.

«Maurice.»

– ¿Desde París? -Ya asía a Theo del brazo y se dirigía hacia la puerta-. ¿Por qué no me lo has dicho antes? -le preguntó mientras cerraba con llave el almacén.

Una vez en su despacho, cerró la puerta, tomó el teléfono y dejó que su mente se relajara al poder hablar en francés.

– ¿Maurice? Soy Sophie.

– Sophie, querida. ¿Y tu abuela? ¿Cómo está?

Su voz denotaba temor y Sophie se percató de que creía que la llamada se debía a malas noticias sobre Anna.

– Va tirando. De hecho, no te he llamado por eso. Lo siento, tendría que habértelo dicho para que no te preocuparas.

Él exhaló un suspiro.

– Sí, habría sido mejor, pero imagino que no puedo culparte por no darme malas noticias. ¿Por qué has llamado?

– Estoy realizando una investigación y he pensado que podrías proporcionarme información.

– Ah. -Su voz se animó y Sophie esbozó una sonrisa. Maurice siempre había sido uno de los amigos más chismosos de su padre-. ¿Qué tipo de información?

– Bueno, se trata de…

Martes, 16 de enero, 20:10 horas

– Así, ¿la víctima es Bill Melville? -preguntó Liz a través del teléfono mientras Vito giraba el volante de su camioneta para enfilar la calle donde vivía.

– Sus huellas coinciden con las que Latent ha encontrado en su piso. Nadie ha vuelto a verlo desde Halloween. Los niños del vecindario dicen que siempre se disfrazaba y repartía golosinas.

– Qué majo.

– Yo no lo tengo tan claro. Se disfrazaba de ninja. Los chicos creen que lo hacía para que supieran que sabía manejar armas, nunchakus y bastones. Era su forma de velar por la propia seguridad. Pero las golosinas que repartía eran buenas, así que todo el mundo parecía contento.

– ¿Por qué no ha entrado nadie en su piso hasta ahora?

– Su casero lo hizo, pero no encontró nada. Hemos tenido suerte porque el hombre ya había preparado una notificación de desahucio. Dos días más y todas las pertenencias de Melville estarían en la basura.

– ¿Tiene el ordenador estropeado?

– Sí. -Vito sonrió con tristeza-. Pero Bill dejó unos cuantos e-mails en la impresora. Un tipo llamado Munch se puso en contacto con él para un documental histórico.

– ¿Tienes su e-mail?

– No. En el mensaje impreso solo pone «E. Munch». Si tuviéramos el documento electrónico podríamos haber conseguido la dirección situándonos sobre el nombre, pero los archivos están borrados. Lo bueno es que por lo menos tenemos un nombre para poder preguntar a los modelos cuyos currículums fueron consultados en tupuedessermodelo.com los mismos días que se pusieron en contacto con las víctimas.

– Así, ¿Beverly y Tim han podido conseguir el historial de consultas?

– Sí. Los administradores de la página están colaborando todo lo que pueden. No quieren que sus clientes dejen de utilizar la página por culpa de un asesino. No han entregado ningún listado general, pero trabajarán con Bev y Tim sobre casos individuales. Mañana Bev y Tim empezarán a ponerse en contacto con los modelos que recibieron un mensaje de Munch.

– Es posible que ese no sea su verdadero nombre. ¿Vuelves al despacho?

– No. Me voy a casa. -Había aparcado detrás del coche de alquiler de Tess y junto a un vehículo que no había visto nunca-. Estos días tengo a mis sobrinos y apenas les he dedicado cinco minutos. Voy a ayudar a mi hermana a acostarlos, luego saldré a cenar. -Y, si tenía suerte… Su mente recordó el único beso que le había dado a Sophie. Llevaba todo el día importunándolo, despistándolo, distrayéndolo de sus pensamientos. ¿Y si no acudía a la cita? ¿Y si tenía que apartarse de su camino? ¿Y si nunca volvía a besar sus carnosos labios? «Sophie, por favor, ven.»

Vito se apeó de la camioneta y se asomó a la ventanilla del coche desconocido. Las alfombrillas de atrás estaban cubiertas de envases vacíos de McDonald's y zapatillas de deporte viejas. «Algún adolescente», imaginó. Cuando abrió la puerta de entrada de su casa, descubrió que, en parte, tenía razón.

Varios adolescentes se apiñaban junto a un ordenador que alguien había puesto en marcha en su sala de estar. Un chico estaba sentado en la butaca, de cara al monitor; los pies no le llegaban al suelo y tenía un teclado sobre el regazo. Dominic se apostaba detrás; observaba la pantalla con su atractivo rostro fruncido.

– ¡Eh! -gritó Vito al cerrar la puerta-. ¿Qué es todo esto?

Dominic lo miró con vacilación.

– Estábamos preparando un trabajo para la escuela y nos hemos tomado un descanso.

– ¿Qué trabajo? -preguntó Vito.

– De ciencias -respondió Dominic-. Sobre la Tierra y el espacio -aclaró.

El chico del teclado levantó la cabeza con gesto desdeñoso.

– Tenemos que crear vida -dijo en tono gracioso, y todos los demás se rieron por lo bajo.

Todos menos Dom, que puso mala cara.

– Basta, Jesse. Vamos a ponernos a trabajar.

– Enseguida, don modoso -se burló Jesse.

Las mejillas de Dom adoptaron un tono bermellón y Vito se percató de que a su sobrino mayor le estaban tomando el pelo por sus buenos modales. Se colocó al lado de Dom.

– ¿Qué es?

– Tras las líneas enemigas -respondió Dom-. Es un videojuego ambientado en la Segunda Guerra Mundial.

El interior de un depósito de municiones ocupaba la pantalla. En él yacían muertos once soldados con esvásticas en sus brazaletes. La cámara estaba situada en el cañón de un fusil.

– Ese tío es un soldado estadounidense -explicó Dom-. Puedes elegir la nacionalidad de tu personaje y el arma. Es el último grito.

Vito escrutó la pantalla.

– ¿De verdad? Por los dibujos, se diría que el juego es de hace dos o tres años.

Uno de los chicos le dirigió una mirada cautelosa.

– ¿Tú juegas?

– A veces. -A los quince años era el mejor jugador de Galaga de su barrio, pero le pareció que revelar ese dato solo serviría para que lo consideraran un carcamal. Arqueó una ceja-. A lo mejor jugar a esto me enseña unas cuantas cosas sobre cómo quitar de en medio a unos cuantos elementos o atrapar a los que se saltan los límites de velocidad.

El chico que acababa de hablar esbozó una sonrisa cordial.

– No creo que aprendas gran cosa con este juego. Es más bien mediocre.

– Eso es según Ray -dijo Dom-. Lo sabe todo sobre los videojuegos. Y Jesse también.

– Así, ¿dónde está la gracia? -preguntó Vito.

Ray se encogió de hombros.

– Es un refrito de los cinco juegos anteriores de la misma marca. La apariencia, el entorno, la IA…

– Inteligencia artificial -musitó Dom.

– Ya sé lo que significa -repuso Vito-. Repito: ¿dónde está la gracia? Los personajes me parecen de lo más normal, y la inteligencia artificial es una mierda. Jesse acaba de cargarse a una docena de tíos con esvásticas y ni uno solo lo ha rozado. ¿Dónde está la dificultad?