– Es mi abuela.
Levantó la cabeza y vio a Sophie sentada en la cama con las rodillas dobladas contra su pecho.
– ¿También era actriz?
– Más o menos. -Arqueó una ceja-. Premio doble si adivinas quién es.
– El premio de antes me ha gustado. ¿Me darás una pista?
– No. Pero te prepararé el desayuno. -Sonrió-. Supongo que es lo mínimo que puedo hacer.
Él le devolvió la sonrisa. Tomó otra fotografía y encendió una lámpara. Era la misma mujer, con un hombre a quien sí conocía.
– ¿Tu abuela conoció a Luis Albarossa?
Sophie sacó la cabeza por el agujero de una sudadera con expresión de asombro.
– ¿Qué pasa contigo? Primero reconoces a un actor francés y ahora resulta que también conoces a los tenores italianos.
– A mi abuelo le encantaba la ópera. -Vaciló-. Y a mí también me gusta.
Sophie, que se había inclinado para ponerse unos pantalones de chándal, se detuvo con el rostro oculto tras la cortina que formaba su pelo. Lo retiró con la mano y estiró el cuello.
– ¿Qué problema hay en que te guste la ópera?
– Ninguno. Solo que suele considerarse no muy…
– ¿Varonil? Eso es culpa del maldito machismo que impera en la sociedad patriarcal. -Se subió los pantalones y se apartó el pelo de la cara-. Da igual que te guste la ópera o los Guns 'N' Roses; no por eso eres menos hombre. Además, soy la última persona a quien necesitas demostrarle tu virilidad.
– Díselo a mis hermanos y a mi padre.
Ella lo miró con expresión divertida.
– ¿El qué? ¿Que eres muy bueno en la cama?
Él, atónito, se echó a reír.
– No, que la ópera también es cosa de hombres.
– Ahhh. Siempre es mejor aclarar las cosas. ¿Así que tu abuelo era aficionado a la ópera?
– Siempre que había alguna representación en la ciudad compraba entradas. La pena es que nadie excepto yo lo acompañaba. A los diez años vi a Albarossa cantar Don Giovanni. Inolvidable. -Entrecerró los ojos-. Dame una pista. ¿Cuál es el apellido de tu abuela?
– Johannsen -dijo con una sonrisa de satisfacción-. ¡Lotte, Birgit! Es hora de salir.
Las perras salieron de una habitación dando pequeños ladridos. Sophie se dirigió a la escalera y Vito la siguió.
– Solo una pista, Sophie.
Ella volvió a sonreírse y salió por la puerta trasera con los ridículos animales de colores.
– Ya te he dado muchas. Un premio doble merece que trabajes un poco.
Vito se echó a reír y se dirigió a la sala de estar para seguir investigando. Un premio doble no era nada despreciable. Además, tenía que reconocer que sí que era un poco chismoso. Sophie Johannsen era una mujer interesantísima en sí misma, pero su árbol genealógico parecía a su vez bastante peculiar.
Por fin encontró lo que andaba buscando y lo llevó a la cocina. Ella entró en casa y empezó a sacar cazos y sartenes del armario.
– ¿Sabes cocinar? -preguntó Vito, de nuevo sorprendido.
– Pues claro. Una mujer no puede vivir solo de cecina y pastelitos. Cocino muy bien.
Se quedó mirando el programa de mano enmarcado que él sostenía y soltó un suspiro teatral.
– Venga, dime, ¿quién es?
Vito se apoyó en la nevera. Ambos se miraron con expresión turbada ante la certeza de que Vito se había ganado el premio doble.
– Tu abuela es Anna Shubert. Santo Dios, Sophie, mi abuelo y yo la oímos cantar Orfeo en el Academy Theatre. Su «Che faro»… -Se puso serio al recordar las lágrimas de su abuelo, y las propias-. Después del aria no había nadie en toda la sala que no tuviera lágrimas en los ojos. Estuvo genial.
Los labios de Sophie se curvaron con tristeza.
– Sí, solía ser genial. Lo último que cantó fue Orfeo aquí, en Filadelfia. Le diré que la conoces. Eso le alegrará el día.
Lo hizo a un lado, sacó unos cuantos huevos y un envase de nata de la nevera y lo depositó todo en la encimera. Entonces sus hombros se hundieron con desaliento.
– Qué duro resulta verla morir, Vito.
– Lo siento. Mi padre está enfermo del corazón. Damos gracias por cada día que pasa con nosotros.
– Entonces ya sabes de qué va. -Soltó un resoplido dirigido hacia su frente-. Si quieres, en la sala de estar hay más álbumes. Disfrutarás mirándolos si te gusta la ópera.
Con gran entusiasmo, Vito fue a buscarlos y los colocó en la mesa.
– Estos álbumes deben de ser valiosísimos.
– Para mi abuela lo son. Y para mí también. -Depositó una taza de café junto a él en la mesa-. Esta es la Ópera de París. El hombre que hay junto a mi abuela es Maurice. Él fue quien me proporcionó la información sobre el coleccionista fallecido -añadió antes de volverse hacia los fogones.
Vito frunció el entrecejo.
– Pensaba que Maurice era amigo de tu padre.
Ella hizo una mueca.
– También era amigo de Alex. Es una historia un poco complicada; sórdida, más bien.
Llamaba a su padre por su nombre de pila. Qué interesante.
– Sophie, deja de picarme la curiosidad.
Ella soltó una risita.
– Maurice y Alex fueron juntos a la universidad. Los dos eran ricos y apuestos. Para entonces Anna rondaba los cuarenta años; estaba en la cumbre de su carrera y se encontraba de gira por Europa. Llevaba mucho tiempo viuda y supongo que se sentía sola. Alex había hecho algunos papeles secundarios en unas cuantas películas. Maurice trabajaba en la Ópera de París y allí conoció a Anna. El teatro organizó una fiesta y Maurice invitó a mi padre. Los presentó y… -Encogió un hombro-. Según dicen el flechazo fue instantáneo.
Vito hizo una mueca.
– ¿Tu abuela y tu padre? Esto…
Ella mezcló los huevos con una batidora eléctrica.
– De hecho, ella no era mi abuela ni él mi padre; todavía. Yo no había nacido.
– Aun así…
– Ya te he dicho que era sórdido. Bueno, tuvieron una gran aventura. -Miró la sartén con mala cara y vertió los huevos-. Hasta que ella descubrió que estaba casado y lo dejó.
Vito empezaba a comprender cómo había ido la cosa.
– Ya entiendo.
Sophie lo miró con gesto irónico.
– Pues Alex no lo entendió. Anna había nacido en Hamburgo, pero se crió en Pittsburgh. Dicen que Alex se quedó deshecho cuando Anna lo dejó.
– ¿Quién te ha contado todo eso?
– Maurice. Es muy cotilla. Por eso sé que podrá obtener buena información sobre Alberto Berretti.
– ¿Y cómo… apareciste tú?
– Ah, eso aún es más sórdido. Anna tiene dos hijas: Freya, la buena, y Lena.
– ¿La mala?
Sophie se limitó a encogerse de hombros.
– Basta con decir que Lena y Anna no se llevaban bien. Freya era la mayor y ya estaba casada con mi tío Harry. Lena tenía diecisiete años, era testaruda y rebelde. Quería ser cantante y se puso frenética cuando Anna se negó a introducirla en su círculo. Se pelearon. Luego Anna rompió con mi padre.
Sirvió los huevos en dos platos y los colocó en la mesa.
– Como te he dicho, Alex se quedó deshecho y pasaba la mayor parte del tiempo borracho. Ya sé que no es excusa pero… Una noche estaba en un bar y una joven lo sedujo. Lena.
– ¿Lena sedujo a Alex para devolverle la pelota a su madre? Sí que era mala, sí.
– Pues lo que sigue aún es peor. Lena y Anna tuvieron una seria conversación. Lena se marchó de casa y Anna regresó a Pittsburgh para curarse las heridas. Yo creo que Anna amaba a Alex y en realidad esperaba casarse con él. -Jugueteó con la comida de su plato-. Nueve meses después, Lena regresó a casa con un bebé. -Dio vueltas al tenedor-. Voilà. Así es como aparecí yo.
– El resultado de una traición concebida a causa de otra traición -dijo Vito en tono quedo-. Luego tú conociste a Brewster y, sin saberlo, hiciste lo mismo que tu madre y Anna.