«Y a mí.» Ya podía olvidarse de buscar modelos por internet, acababa de encontrar a su reina. Por una parte Van Zandt se quedaría extasiado, y por la otra la doctora Sophie Johannsen dejaría de representar una amenaza. Era fantástico poder matar dos pájaros de un tiro.
Miércoles, 17 de enero, 11:30 horas
Barbara Mulrine, bibliotecaria y antigua jefa de Claire, deslizó un sobre por encima del mostrador.
– Este es el original de la carta de dimisión que recibimos de Claire Reynolds.
Marcy Wiggs asintió. Tenía la misma edad que Claire y parecía que la noticia de su muerte le había afectado más que a su práctica jefa cincuentona.
– Hemos tenido que pedirla a la central porque llevaba más de un año dada de baja de nuestro sistema. -A Marcy le tembló el labio-. Pobre chica, con lo agradable que era. No tenía ni treinta años.
Con el rabillo del ojo Vito observó a Barbara alzar los ojos en señal de exasperación y de inmediato se sintió más interesado por ella que por la joven. Abrió el sobre y miró dentro. La carta estaba impresa en papel corriente y Vito imaginó que no encontrarían nada de importancia en cuanto a las huellas dactilares, pero aun así preguntó.
– ¿Podrían elaborar una lista de las personas que han tenido esta carta en las manos?
– Podemos intentarlo -dijo Barbara, y Marcy suspiró.
– Todos sentimos mucho lo que ha ocurrido. Tendríamos que habernos imaginado algo, tendríamos que haberles puesto sobre aviso pero…
Vito guardó el sobre en la carpeta.
– Pero ¿qué?
– Nada -respondió Barbara en tono cortante-. Tú no podías imaginarte nada, Marcy. Además, Claire no era agradable. Lo dices ahora porque está muerta. -Miró a Vito con enojo-. La gente siempre recuerda a los muertos mejores de lo que eran, sobre todo si han sido víctimas de un asesinato. Y si encima eran discapacitados… Solo falta llamar al Papa y pedirle que los beatifique.
Marcy frunció los labios pero no dijo nada.
Vito paseó la mirada de una mujer a la otra.
– Entonces, ¿Claire no era buena persona?
Marcy desvió la mirada con irritación y Barbara, frustrada, exhaló un suspiro.
– No mucho. Cuando recibimos su carta de dimisión, hicimos una fiesta para celebrarlo.
– Barbara -dijo Marcy entre dientes.
– Es la pura verdad. Cualquiera a quien se lo pregunte le dirá que es cierto. -Barbara se volvió a mirar a Vito-. Tanto lo de la fiesta como lo de su carácter.
– ¿Qué hizo para que no la considere buena persona?
– Nada, tenía más que ver con su actitud -respondió Barbara en tono cansino-. Todos queríamos llevarnos bien con ella pero era brusca y grosera. Llevo trabajando aquí más de veinte años. He tenido empleados de todo tipo, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Claire no era desagradable porque le hubieran amputado una pierna; lo era porque quería.
– ¿Tomaba drogas o alcohol?
Barbara se escandalizó.
– Que yo sepa no. Para ella su cuerpo era sagrado. No, eran más bien sus aires de superioridad. Llegaba tarde y se marchaba temprano. Siempre terminaba su trabajo, pero hacía estrictamente lo que yo le pedía, nada más. Para ella esto no era más que un empleo.
– Se dedicaba a escribir -terció Marcy-. Estaba ocupada con su novela.
– Siempre estaba tecleando en su portátil -convino Barbara-. La novela iba de una deportista paralímpica, creo que era bastante autobiográfica.
Marcy suspiró.
– Aunque la protagonista sí era simpática. Barbara tiene razón, detective. Claire no era agradable. Lo que pasa es que a mí me habría gustado que lo fuera.
Vito frunció el entrecejo.
– ¿Ha dicho que tenía un portátil?
Las dos mujeres se miraron.
– Sí -le confirmó Barbara-. Era nuevo.
Marcy se mordió el labio.
– Se lo compró más o menos un mes antes de… morir.
– Sus padres no han encontrado ningún portátil. Me han dicho que no tenía ordenador.
Al oír eso, Barbara hizo una mueca.
– Había muchas cosas que Claire no les contaba a sus padres, detective Ciccotelli.
– ¿Como qué? -preguntó Vito, aunque creía saber la respuesta.
Marcy volvió a fruncir los labios.
– No es por criticarla pero…
– Claire era lesbiana -soltó Barbara sin rodeos.
– ¿A sus padres no les habría parecido bien?
Barbara negó con la cabeza.
– No. Son muy conservadores.
– Ya. ¿Llegó a mencionar a alguna novia o compañera?
– No, pero salió una foto en el periódico -dijo Barbara-. Se la hicieron en una marcha del Orgullo Gay. Claire estaba besando a otra mujer. Se puso frenética, pensaba que sus padres la verían y que le montarían un escándalo y dejarían de pagarle el alquiler. Llamó al periódico para quejarse. -Hizo una mueca-. Y ahora querrá saber qué periódico era, pero no me acuerdo. Lo siento.
– No se apure. ¿Sabe si era algún periódico local o uno más importante como el Philadelphia Inquirer?
– Más bien me parece que era uno local -dijo Marcy sin convencimiento.
Barbara suspiró.
– A mí me parece que era uno importante. Lo siento, detective.
– No se preocupe. Me han ayudado mucho. Si recuerdan algo más, por favor llámenme.
Miércoles, 17 de enero, 12:30 horas
Vito detuvo la camioneta frente al juzgado y recogió a Nick.
– ¿Y bien?
Nick se aflojó la corbata.
– Ya está. He sido el último testigo de la acusación. López ha querido que les hablara del asesinato en último lugar para que el jurado no recuerde solo a una chica que se drogaba sino a alguien que murió a causa de eso.
– Parece una buena estrategia. Ya sé que has tenido tus más y tus menos con López, pero como fiscal es buenísima. A veces para vencer a las fuerzas del mal hace falta pactar con el diablo. No resulta agradable, pero lo que cuenta es el resultado. Espero que los padres de la chica lo comprendan.
Nick se pasó las manos por el rostro con gesto abatido.
– En realidad los padres opinan lo mismo que tú. Iba a disculparme por cómo López había declarado el caso homicidio involuntario para poder atrapar al traficante y entonces ellos me han dicho que de la forma en que la fiscal había presentado los hechos los dos hombres pagarían por lo que habían cometido y el camello no se cargaría a más criaturas. Estaban muy agradecidos. -Suspiró-. Y yo he quedado a la altura del betún. Le debo una disculpa a Maggy López.
– Ojalá también se encargue ella de este caso. Aunque primero tenemos que atrapar a ese hijo de puta.
– Por cierto, ¿adónde vamos? -preguntó Nick.
– A decirles a los padres de Bill Melville que su hijo está muerto. Hoy te toca a ti.
– Hombre, Chick, muchísimas gracias.
– Yo se lo dije a los de Bellamy. Es justo que… -Sonó su móvil-. Es Liz -dijo, dirigiéndose a Nick. Escuchó y exhaló un suspiro-. Vamos hacia allí. -Cambió de sentido.
– ¿Adónde vamos?
– Olvídate de los Melville -dijo en tono grave-. Volvemos al terreno de Winchester.
– ¿Ya son diez?
– Ya son diez.
Miércoles, 17 de enero, 13:15 horas
Jen ya se encontraba en el escenario del crimen, coordinándolo todo. Se acercó a Vito y Nick en cuanto se apearon de la camioneta.
– El agente de guardia ha oído la orden de busca de la F150 y ha caído en que esta mañana había parado a un hombre que conducía una. Al comprobar la matrícula, ha visto que el nombre del propietario del vehículo coincidía, pero al llamar al número de teléfono correspondiente a la dirección se ha dado cuenta de que los datos no cuadraban. Ha seguido la carretera hasta que ha visto la marca de los neumáticos en la nieve. -Señaló la bolsa opaca que yacía al fondo del barranco-. Y ahí está eso.