– Sabe que lo andamos buscando -dijo Nick-. Mierda, esperaba que nos diera más tiempo.
– Pues no nos ha dado más tiempo. ¿Habéis comprobado qué hay dentro, Jen? -preguntó Vito mientras terminaba de ponerse las botas.
– Es un hombre. -Se dispuso a bajar por la pendiente-. Aún no he abierto la bolsa, pero no tiene buena pinta.
La visión que los esperaba al fondo del barranco quedaría grabada en la mente de Vito durante mucho, mucho tiempo. El plástico se había tensado sobre el rostro del hombre de tal forma que daba la impresión de que este estuviera luchando por librarse de él. La opacidad de la bolsa ocultaba todos sus rasgos a excepción de la boca, que, abierta hasta un punto grotesco, parecía perpetuar un grito que nadie podía oír.
– Joder -musitó Nick.
Vito exhaló un suspiro trémulo.
– Vaya. -Se agachó junto al cadáver y le echó una ojeada. No estaba envuelto en una bolsa sino en dos-. En una bolsa tiene la cabeza y el torso, y en otra las piernas y los pies. Están unidas con un nudo. -Tiró de él con sus dedos enguantados-. Es un nudo sencillo. ¿Queréis que lo deshaga?
Jen se agachó al otro lado del cadáver y con un cuchillo cortó cuidadosamente el plástico que rodeaba al nudo de forma que las dos bolsas se separaron pero el nudo quedó intacto. Luego cortó la bolsa de arriba abajo y suspiró.
– Tira de un extremo, Chick.
Cuando entre los dos hubieron retirado el plástico Vito se tragó la bilis que se le había subido a la garganta.
– Santo Dios. -Soltó el plástico y apartó la mirada.
– Lo han marcado con un hierro candente -exclamó Nick.
– Y lo han ahorcado -añadió Jen-. Mirad las marcas de la cuerda en la garganta.
Vito miró hacia abajo. Jen aún sujetaba su extremo de la bolsa y dejaba al descubierto la mitad izquierda del cuerpo y el rostro de la víctima, en cuya mejilla habían estampado una «T». Haciendo de tripas corazón, tiró de su extremo de la bolsa y dejo al descubierto la mitad derecha.
– La mano -fue todo cuanto pudo decir. «O lo que queda de ella.»
– Oh… Dios mío… Dios. -Jen inspiró de golpe entre sus dientes apretados.
– Mierda. -Nick se puso en pie de un salto-. ¿Qué demonios le pasa a ese tipo?
Vito frunció los labios y miró la bolsa de arriba abajo, consciente de que lo que venía sería peor.
– Corta la bolsa de abajo, Jen. Córtala toda.
Ella lo hizo y ambos se pusieron de pie mientras cada uno tiraba de un extremo del plástico.
– También le ha cortado el pie -dijo Jen con un hilo de voz.
– La mano derecha y el pie izquierdo. -Vito depositó la bolsa en el suelo con cuidado-. Seguro que quiere decir algo.
Ella asintió.
– Del mismo modo que «E. Munch» también quiere decir algo.
Sonny Holloman, el fotógrafo del equipo de Jen, se deslizó por la pendiente.
– Joder.
– Sí, eso es lo que había -dijo Jen con desaliento-. Fotografíalo desde todos los ángulos, Sonny.
Durante unos minutos solo se oyó el disparador de la cámara.
Jen se volvió a mirar el rostro del muerto.
– Oye, Vito, conozco a ese tipo. Estoy segura.
Vito aguzó la vista y se concentró.
– Yo también. Mierda, lo tengo en la punta de la lengua.
Sonny dejó de fotografiarlo.
– Mierda -repitió-. Servicio de limpieza séptica Sanders. Es el niño del anuncio, el mayor, el que aguardaba a un lado con aspecto abatido.
Jen abrió los ojos horrorizada al reparar en que estaba delante de alguien a quien conocía.
– Tienes razón.
– ¿De qué narices estáis hablando? -soltó Nick, pero Jen lo mandó callar.
– Déjame pensar. «Servicio de limpieza séptica Sanders…»
– «Lo dejamos todo inmaculado» -canturrearon a la vez Vito y Sonny con tristeza.
– Pero ¿de qué estáis hablando? -insistió Nick.
– Tú no eres de aquí -dijo Vito-. Por eso no te suena. Ese chico hizo un anuncio.
Jen sacudió la cabeza.
– No era solo un anuncio. Era…
– Parte de la cultura popular -dijo Vito, terminando la frase-. Nick, ¿no conoces ningún anuncio que de tan malo todo el mundo lo recuerda?
– ¿Y bromea con él? -añadió Sonny.
– Sí. Recuerdo el de Phil el Loco, que se hacía pasar por un vendedor de coches paleto que acababa en quiebra. -Nick frunció el entrecejo-. Y al final acabó en quiebra de verdad. Entonces, ¿este joven era como Phil el Loco?
– No, este joven tuvo la mala pata de ser el hijo de un Phil el Loco -explicó Vito-. Sanders tenía un negocio de limpieza séptica y quería anunciarse, pero no tenía dinero para contratar a modelos.
– Así que reunió a sus seis hijos -concluyó Jen con un suspiro-. Tenían que cantar el eslogan con alegría. Siempre sentí lástima por ellos, sobre todo por el mayor. Era un niño monísimo y seguro que habría podido salir con la chica que quisiera de no ser por el anuncio… Esperad. Este chico no puede ser el hijo mayor de Sanders. El mayor debe de tener nuestra edad. Tiene que ser uno de los pequeños.
– Todos se parecían -dijo Sonny-. Igual que los Osmond. -Bajó la vista con el semblante lleno de compasión-. Los seis Sanders. Está claro que a Sid le gustaban los sonidos aliterados.
– ¿Llegaste a conocer a esos niños en persona? -preguntó Nick, y Jen negó con la cabeza.
– Qué va. Mucha gente de las afueras tenía sistemas sépticos en sus casas. Sid Sanders ganó mucho dinero. Vivía en un barrio de los caros y sus hijos iban a escuelas privadas. El eslogan se hizo famoso y la gente se dedicaba a repetirlo lo más rápido posible. Lo hacían tanto los jóvenes como los viejos, en los restaurantes y en las tiendas.
– Y sobre todo cuando se habían tomado unas copas de más -dijo Sonny, y se encogió de hombros-. Tengo un hermano que en esa época pertenecía a un círculo estudiantil y luego me explicaba las batallitas.
– Me pregunto si nuestro hombre sabe que este chico era uno de los niños Sanders -dijo Nick pensativo-. Lo que quiero decir es que no creo que lo hubiera matado y lo hubiera dejado tirado por ahí de haber sabido que lo reconocerían fácilmente. Los tres lo habéis identificado en menos de diez minutos.
A Jen le brillaron los ojos.
– Así que es posible que E. Munch no sea de aquí.
Vito suspiró.
– Por lo menos esta vez sabemos a quién notificarle la muerte, chicos.
Nick lo miró a los ojos.
– ¿Y la marca? ¿Y lo del pie y la mano cortados?
Vito asintió. Sophie sabría lo que significaba.
– Para eso también sé con quién tengo que hablar.
Miércoles, 17 de enero, 14:30 horas
Sid Sanders permanecía sentado, aferrado a la mano de su esposa.
– ¿Están seguros? -preguntó el hombre con voz quebrada.
– Necesitamos que ustedes lo identifiquen, pero estamos prácticamente seguros -musitó Vito.
– Sabemos que es un momento difícil -empezó Nick en tono quedo-, pero tenemos que examinar su ordenador.
– Pues aquí no está.
Su esposa levantó la vista.
– Seguramente lo empeñó hace tiempo.
Su voz sonó lúgubre, pero a Vito le pareció que también denotaba culpabilidad.
– ¿Por qué? -Miró abiertamente alrededor del suntuoso salón-. ¿Necesitaba dinero?
Sid apretó la mandíbula.
– Dejamos de pagarle los gastos. Era adicto al alcohol, a las drogas y al juego. Lo ayudamos en todo lo que pudimos y lo sacamos de más aprietos de los que se merecía. Al final no tuvimos más remedio que echarlo de casa, fue el peor día de nuestra vida. Hasta hoy.
– Entonces, ¿dónde vivía? -preguntó Nick.
– Tenía una novia -musitó la señora Sanders-. Ella también lo dejó, pero hace un mes me telefoneó para decirme que le permitiría quedarse en su casa hasta que hubiera superado su alcoholismo. No quería que nos preocupáramos.