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– ¿Es chocolate caliente?

– Cacao alemán del bueno -confirmó ella-. Elaborado al estilo de la familia Shubert. ¿Te apetece un poco?

– A lo mejor dentro de un rato. ¿Es una de las películas de tu padre?

– En Garde. No es tan buena como Lluvia suave, la que tú viste. -Esbozó una triste sonrisa-. Alex no era buen actor pero en esta película sale mucho. Es del género de capa y espada, y Alex participó en campeonatos de esgrima cuando iba a la escuela. Ahí está.

Alexandre Arnaud pasó de un lado a otro de la pantalla con la espada en la mano. Era un hombre alto y rubio, y Vito reparó en el parecido físico de inmediato.

– Necesitabas verlo.

– Ya te he dicho que soy bastante previsible. No me gusta estar sola en esta casa. Si tú no hubieras venido, me habría ido a casa de mi tío Harry y ahora estaría viendo películas de Bette Davis con él.

«En esta casa.» Había pronunciado esas palabras con pesadumbre; en cambio siempre que hablaba de su tío Harry lo hacía con cariño, por lo que a Vito le pareció un buen punto de partida. Puso voz de despreocupación.

– ¿De pequeña dónde vivías, aquí o en casa de tus tíos?

Por la mirada de Sophie, se adivinaba que había captado sus verdaderas intenciones.

– La mayor parte del tiempo lo pasé aquí, con mi abuela. Al principio me fui a vivir con Harry y Freya, pero ellos tenían cuatro hijos y aquí tenía una habitación para mí sola.

– Pero acabas de decirme que no te gusta estar sola.

Ella se apartó y lo miró fijamente durante unos instantes.

– ¿Me estás interrogando, Vito?

– No. Sí. Bueno, más o menos. Míralo de otra manera; piensa que soy un poco chismoso. No impone tanto.

– Está claro que no. Pues bien, viví con mi madre hasta los cuatro años, pero se cansó de mí y me mandó a casa de mi tío Harry. Él me acogió en mi primer hogar verdadero, el único que he conocido.

– Eso aún te da más motivos para odiar a tu madre que el hecho de que tuviera una aventura con tu padre.

Ella imprimió frialdad a su voz.

– Ah, no. Tengo motivos mucho mejores para odiar a mi madre, Vito. -Se volvió hacia el televisor, pero no le prestaba atención-. El primer año Anna aún estaba de gira. Cuando regresó a Pittsburgh me fui a vivir con ella. Siempre que se marchaba, yo me quedaba en casa de Harry. Cuando empecé a ir al parvulario, mi abuela vendió la casa de Pittsburgh y se trasladó aquí para que yo no tuviera que andar siempre de acá para allá.

La idea de la pequeña Sophie yendo de mano en mano sin un lugar en el que asentarse atenazó el corazón de Vito.

– ¿Es que Freya no te quería? -preguntó, y Sophie abrió los ojos como platos.

– No se te pasa nada por alto, ¿eh? Freya odiaba muchísimo a Lena y le costaba tenerme cerca.

«Qué egoísta», pensó Vito, pero se guardó el pensamiento para sí.

– ¿Y tu padre, Alex?

– Pasó mucho tiempo antes de que Alex supiera que yo existía.

– Anna no se lo dijo.

– Hacía menos de un año que había roto con él cuando yo nací y aún estaba dolida. Eso es lo que dice Maurice. Según Harry, le aterrorizaba la idea de que me llevara con él.

– Y ¿cómo llegaste a conocerlo?

– Yo siempre preguntaba por mi padre, pero nadie me hablaba de él. Un día tomé el autobús hasta el juzgado y pedí una partida de nacimiento.

– Qué diligente. ¿Te la dieron?

– No, solo tenía siete años.

Vito la miró atónito.

– ¿Qué? ¿Tomaste sola el autobús con siete años?

– Y a los cuatro llevaba los envases de cerveza vacíos a la tienda de la esquina a cambio de cecina de ternera y pastelitos -confesó tan tranquila-. La cuestión es que la administrativa del juzgado preguntó por mis familiares más cercanos. Por lo que sé, lo siguiente que ocurrió es que apareció mi tío Harry, disgustadísimo. Le dijo a mi abuela que yo tenía derecho a conocer a mi padre, pero mi abuela le respondió que antes tendría que matarla y Harry lo dejó correr. Yo pensé que la cosa terminaría ahí y empecé a tramar un nuevo plan para conseguir la partida de nacimiento. De pronto un día Harry vino a buscarme a la escuela con los pasaportes y dos billetes de avión para París.

– ¿Se presentó allí como si tal cosa y te llevó a Francia?

– Sí. Le dejó una nota a Freya para que ella se lo contara a Anna. Me parece que cuando volvimos a mi tío Harry le tocó dormir una buena temporada en el sofá. Ahora que lo pienso, aún duerme en el sofá.

– ¿Qué pasó cuando llegasteis a Francia?

– El taxi nos dejó enfrente de una casa con una puerta de cuatro metros y medio de altura. Yo me aferré a la mano de Harry. Tanto tiempo queriendo conocer a mi padre y de pronto estaba aterrada. Y resulta que a Harry le ocurría lo mismo. Tenía miedo de que Alex me diera una patada en el culo o, aún peor, que quisiera quedarse conmigo. Al final todo quedó en una visita formal y una invitación para que fuera a pasar allí el verano.

– ¿Y fuiste?

– Ya lo creo. El abogado de la familia Arnaud le envió la invitación directamente a mi abuela. Era una forma de amenazarla; si no me permitía pasar allí el verano, Alex reclamaría la custodia que le correspondía por derecho. Así que pasé los veranos de mi infancia en una mansión de Francia, con profesor particular y cocinero. El cocinero fue quien me enseñó el arte culinario francés. El profesor particular me enseñó francés, pero como lo aprendí muy rápido empezó con el alemán, y luego con el latín, etcétera.

– Y así nació la políglota -dijo Vito, y ella sonrió.

– Sí. El tiempo que pasé con Alex fue como un cuento de hadas. A veces me llevaba a visitar a sus amigos actores. Cuando yo tenía ocho años, estaban rodando una película en un castillo en ruinas y me llevó a verlo. -Su semblante reflejaba el grato recuerdo-. Fue increíble.

– Y así nació la arqueóloga.

– Supongo. Alex me ayudó mucho a lo largo de los años, me presentó a mucha gente, me facilitó contactos.

– Pero ¿te quería? -La emoción desapareció del semblante de Sophie y a Vito se le encogió el corazón.

– A su manera, sí. Y al cabo de muchos veranos yo también aprendí a quererlo, pero no como quiero a Harry. Harry es mi verdadero padre. -Tragó saliva-. Me parece que nunca se lo he dicho.

Vito se disponía a preguntarle qué pintaba Katherine en todo aquello, pero se mordió la lengua. Si nombraba a Katherine le haría recordar la disputa que habían tenido en la comisaría. También se abstuvo de preguntarle cuáles eran los otros motivos para odiar a su madre. Imaginaba que Sophie querría que a cambio de un secreto él le contara otro.

En vez de eso, Vito señaló un rincón de la sala que antes estaba vacío y donde ahora se apilaban de cualquier manera los CD y discos de vinilo.

– ¿Piensas venderlos en el mercadillo?

Sophie frunció el entrecejo.

– No. Es que después de verte esta noche con mi abuela, he pensado que tal vez le apetezca escuchar alguna de sus piezas favoritas. Anna tenía una gran colección de discos, muy valiosa, pero han desaparecido todos; y también todas las grabaciones de sus conciertos, incluido el Orfeo.

– A lo mejor se los ha llevado tu tía, o tu tío.

– Es posible. Les preguntaré antes de poner el grito en el cielo. Me habría gustado llevárselo mañana. Bueno algo encontraré, aunque tenga que comprarlo en e-Bay.

Vito pensó en su colección de discos, la mayoría heredados de su abuelo. Sospechaba que entre ellos debía de haber algo de Anna Shubert; pero no quería que Sophie albergara falsas esperanzas, así que apartó la idea de su mente.

Sophie se puso en pie.

– Voy a preparar más chocolate. ¿Quieres un poco?