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– Él se lo ha preguntado antes -musitó Vito-. Me pregunto quién cree Van Zandt que ha muerto.

– Me juego la primera ronda de copas cuando terminemos la jornada a que no encontramos a Derek en esa dirección.

– No soy tan tonto como para aceptar una apuesta así, Nick -dijo Vito mientras Nick se sentaba tras el volante.

– Mierda. Pensaba que ahora que estás cegado por el amor, podría colártela.

Vito soltó una risita.

– Conduce y calla, anda.

Nick se incorporó a la circulación con cara de intriga.

– No me has llevado la contraria. ¿De qué va lo tuyo con Sophie? ¿De verdad estáis ciegos de amor? -Formuló la última pregunta con cierto tono burlón, pero no por ello dejaba de ser seria.

«Tú no me amas.» Las amargas palabras de Sophie tras aquel desastroso e inolvidable primer… encuentro acudieron a su mente, y ahora creía comprenderlas un poco más. Vito se preguntaba si alguien la había amado realmente alguna vez, aparte de Anna y su tío. Su madre era una desconsiderada; su padre, más bien frío. Su tía era egoísta y su primer amor, un traidor. Menuda pandilla.

– ¿Vito? -La voz de Nick interrumpió sus pensamientos-. Te he hecho una pregunta.

– Estoy tratando de contestarla. Sophie es… Es…

– ¿Inteligente? ¿Divertida? ¿Muy sexy?

«Sí.» Sophie era todas esas cosas. «Pero también es algo más.»

– Importante -dijo Vito al fin-. Sophie es importante. Harrington vive hacia el oeste, así que tuerce en la siguiente esquina.

Jueves, 18 de enero, 11:45 horas

Filadelfia estaba plagada de hoteles. Tras mostrar la fotografía de sus padres al personal de más de treinta establecimientos, Daniel Vartanian dio por fin con un recepcionista que recordaba a su madre.

– Estaba muy enferma -dijo Ray Garrett-. Incluso llegué a pensar que algún día las empleadas del servicio de habitaciones la encontrarían muerta en la cama. Tendría que haber estado en el hospital.

– ¿Podría comprobar las fechas en que se alojaron en este establecimiento?

– Lo tengo prohibido. Me encantaría poder ayudarle, pero si lo hago sin una orden policial, perderé el trabajo.

«Sé lo que hizo tu hijo.» Daniel no estaba de servicio, pero de todos modos sacó la placa del bolsillo.

– Trabajo para la Agencia de Investigación de Georgia -explicó-. Le agradeceré toda la ayuda que pueda prestarme. La mujer está enferma y necesita que la vea un médico.

Ray se lo quedó mirando durante un buen rato.

– Es su madre, ¿verdad?

Daniel vaciló. Al fin cerró los ojos un instante.

– Sí.

– Muy bien. ¿Con qué nombre constan?

– Vartanian. -Daniel lo deletreó.

Ray negó con la cabeza.

– En el registro no consta nadie con ese nombre. Lo siento.

– Pero usted la vio.

– Estoy prácticamente seguro. Cuesta olvidar la imagen de una persona enferma. Lo siento, chico.

– ¿Y como Beaumont? -Ese era el apellido de soltera de su madre.

– Nada. Lo siento.

Casi.

– ¿Puedo hablar con el personal? Puede que alguien recuerde algo más.

Ray lo miró con amabilidad.

– Espere aquí. -Al cabo de unos instantes, el chico regresó acompañado de una mujer menuda de habla hispana que vestía el uniforme del servicio de limpieza-. Esta es María, y recuerda a su madre.

– Estaba muy enferma, ¿no es así? Aunque se portaba muy bien con nosotras, intentaba no darnos trabajo.

– ¿Recuerda cómo la llamaba?

– Señora Carol. -Se encogió de hombros-. Su marido también la llamaba así.

Ray ya estaba tecleando.

– Aquí está. El señor Arthur Carol.

Era una estratagema simple y elegante, pensó Daniel. Carol era el nombre de pila de su madre.

– Gracias, María -dijo-. Muchas gracias.

Cuando se hubo marchado, Daniel se volvió hacia Ray.

– ¿Podría decirme cuándo se registraron?

– Entraron el diecinueve de noviembre y se marcharon el uno de diciembre. Pagaron en efectivo. ¿Algo más?

Se acordó del suelo del dormitorio de sus padres.

– ¿Tienen caja fuerte?

Ray lo miró perplejo.

– Seguro que depositaron algo en la caja fuerte, ¿verdad?

Ray se encogió de hombros.

– Aún estará allí. Según esto, no recogieron nada de la caja fuerte al marcharse, y siempre damos un plazo de noventa días antes de deshacernos de los objetos.

– ¿Podría comprobarlo? Así sabré si tengo que pedir una orden judicial.

– Muy bien, pero no me pida nada más.

Al cabo de dos minutos, Ray apareció con un sobre y cara de sorpresa.

– Había una carta dirigida a usted.

En el sobre ponía: Para Daniel o Susannah Vartanian. La letra era la de su madre. Daniel exhaló un suspiro.

– Gracias, Ray.

Cuando llegó al coche, Daniel abrió el sobre. En él había un folio con membrete del hotel que contenía una dirección postal y un apartado de correos, también escrito con la letra de su madre. Daniel sacó su móvil y marcó el teléfono de su hermana. Ella respondió a la tercera llamada con voz enérgica.

– Oficina del fiscal del distrito. Susannah Vartanian.

– Suze, soy Danny.

Susannah exhaló un suspiro.

– ¿Los has encontrado?

– A ellos no, pero he encontrado otra cosa.

Jueves, 18 de enero, 12:00 horas

Johannsen seguía yendo con cautela. Se había pasado la mañana rodeada de gente. Iba a costarle llevársela a ninguna parte, pues la mujer estaba hecha una auténtica amazona. Una posibilidad era conseguir que se acercara a su camioneta y luego dejarla rápidamente fuera de combate. Claro que antes hacía falta que se quedara sola. Se planteó esperar a la pausa de mediodía para entrar en acción.

Llegó justo a tiempo. La visita de la reina vikinga acababa de terminar. Cuando se disponía a acercarse a ella se abrió la puerta y otro anciano entró y se abrió camino entre el grupo de niños que había asistido a la visita guiada. Johannsen se dirigió hacia el hombre a toda prisa y con los brazos abiertos en señal de bienvenida. Le sorprendió comprobar que, de hecho, el hombre no era muy mayor. No es que fuera disfrazado, pero no era tan mayor como aparentaba. Su cuerpo había sufrido daños, era probable que a causa del maltrato repetido. El estado de las manos del hombre confirmó sus sospechas.

Se preguntaba cuántas torturas habría soportado y cuánto tiempo se tardaba en causar un daño semejante. Le habría gustado pintar sus ojos. Imaginaba que su umbral del dolor debía de ser muy alto y que aguantaría mucho más de lo que había aguantado cualquiera de los modelos.

Johannsen y el hombre empezaron a hablar en un idioma que parecía ruso. Los siguió cuando ella se dispuso a acompañarlo a la puerta.

Entonces sonó su móvil. Varias personas lo miraron y él volvió rápidamente la cabeza y se encorvó apoyándose en su bastón. No tenía planeado llamar la atención. Salió del museo corriendo tanto como creyó que un anciano era capaz de correr. Cuando se hubo alejado lo suficiente, abrió el móvil. Era Van Zandt, lo llamaba directamente desde su extensión. Frunció el entrecejo y le devolvió la llamada.

– Frasier Lewis.

– Frasier -dijo Van Zandt-. Necesito que nos veamos.

– Puedo acercarme a la oficina dentro de unos días. Tal vez el martes.

– No. Tengo que verte hoy. Frasier, Derek se marchó ayer.

Por supuesto que se había marchado, y para siempre.

– ¿De verdad? ¿Por qué?

– No estaba dispuesto a ceder la dirección artística. Tengo que darte tu contrato para que lo firmes. A última hora de la tarde estaré en Filadelfia. Te espero a las siete para cenar. En cuanto lo firmes, me vuelvo.

– ¿Es un contrato de director ejecutivo? -preguntó, y Van Zandt se echó a reír.