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– Entonces las cuidas bien.

– Así es, y te confiaré un secreto, amigo: Tienen pelos en las piernas. No te dejes engañar por su aspecto suave y liso. Una semana sin jabón ni maquinilla de afeitar y esas piernas tan estupendas se ponen peludas.

– Te estás volviendo eliótico, Chino de ultramar.

– ¿Qué quieres decir?

– Nada, sólo me recuerda algo que escribió T. S. Eliot. Algo sobre piernas desnudas, blancas y enjoyadas que de pronto, a la luz del día, aparecen velludas. ¿O era John Donne?

– Eliot o quien sea, no me importa, pero es verdad. Lo he visto con mis propios ojos: una bañera llena de pelos rubios y castaños.

– Me estás tomando el pelo.

– Ven y lo verás con tus propios ojos, no sólo las piernas, también el negocio. ¿Este fin de semana te va bien? Te reservaré a una de las rubias, la más sexy. "Servicio especial", tan especial que también te darán ganas de devorarla. La satisfacción de Confucio garantizada.

– Me temo que sea demasiado para mi cartera.

– ¿Qué dices? Eres mi mejor amigo, y te debo en parte mi éxito. Yo te invito a todo, desde luego.

– Iré -dijo Chen-si puedo escaparme una noche de la semana que viene.

El inspector jefe Chen se preguntó si aunque tuviera tiempo, iría. Había leído un reportaje sobre los llamados servicios especiales en algunos restaurantes de dudosa reputación.

Miró su reloj: las tres y media. Seguramente no quedaría nada de comer en la cantina de la oficina. La conversación con el Chino de ultramar Lu le había abierto el apetito, y luego pensó en algo que casi había olvidado: la cena con Wang Feng en su piso. Súbitamente, todo lo demás podía esperar hasta mañana. La idea de tener a Wang de invitada para una cena a la luz de las velas le aceleró el pulso. Salió del despacho a toda prisa y se dirigió al mercado en la calle Ninghai, a unos quince minutos a pie desde su casa.

Como de costumbre, el mercado estaba lleno de gente que iba de un lado a otro con cestos de bambú bajo el brazo y con sus bolsas de plástico. Chen había consumido su ración de cerdo y de huevos para todo el mes. Esperaba conseguir pescado y verduras, a Wang le gustaba el marisco. Había una larga cola delante de la pescadería. Chen observó una hilera de cestas, cajas de cartón rotas, taburetes e incluso ladrillos, entre las personas que esperaban. A cada paso que daban, los clientes empujaban lentamente esos mojones. El objeto era un símbolo de la presencia de su dueño. Cuando una cesta se acercaba al final, aparecía el dueño y recuperaba su lugar. En realidad, era probable que en una cola de quince personas hubiese unas cincuenta por delante. Calculó que, al ritmo que avanzaban, pasaría una hora o más antes de que lo atendieran.

Decidió probar suerte en el mercado libre, que quedaba a sólo una manzana del mercado estatal de Ninghai. Aunque no se conocía con esa denominación a principios de los noventa, todos sabían de su existencia. El servicio era mejor, y la calidad también. La única diferencia eran los precios, que solían ser dos o tres veces más caros que en el mercado de Ninghai. El mercado estatal y el mercado privado eran un ejemplo de coexistencia pacífica. El socialismo y el capitalismo, lado a lado. Algunos cuadros veteranos del Partido temían el inevitable choque entre los dos sistemas, pero para la gente que iba al mercado, eso no era lo importante. Chen se detuvo ante un pintoresco despliegue de cebolletas y jengibre abrigado por una sombrilla de Hangzhou. Compró un puñado de cebolletas frescas, y el vendedor le añadió de regalo un pequeño trozo de jengibre.

Chen estuvo otro largo rato escogiendo lo que necesitaba para la cena. Gracias al adelanto de la editorial Lijiang, se dio el lujo de comprar dos libras de cordero, una bandeja de ostras y una pequeña bolsa de espinacas. Poco después, cediendo a un impulso, salió del mercado y se dirigió a la nueva joyería de la calle Longmen.

El dependiente de la tienda se le acercó con expresión de sorpresa. Chen sospechó que su aspecto, el de un policía de uniforme con una bolsa de plástico en las manos, no era precisamente el de un cliente habitual, si bien resultó ser un buen cliente. No dedicó demasiado tiempo a mirar los brillantes objetos expuestos en las vitrinas. Enseguida le atrajo un collar de perlas posado sobre una tela de satén plateada en una caja de terciopelo púrpura. Le costó más de ochocientos yuanes, pero estaba seguro de que le quedaría muy bien a Wang., y que a Ruth Rendell le parecería bien que se gastara de ese modo el dinero ganado con la traducción de su obra. Además, necesitaba motivarse para completar la próxima, El hablante de mandarín.

Cuando volvió a su piso, por primera vez se dio cuenta, sorprendido, de lo impresentable que podía ser una habitación de soltero: cuencos y platos en la fregadera, un par de vaqueros tirados en el suelo al lado del sofá, libros por todas partes, una capa de polvo en el alféizar de la ventana, e incluso la estantería de ladrillos y tablas junto al escritorio le pareció un adefesio. Se lanzó de lleno a poner orden.

* * *

Era la primera vez que Wang aceptaba una invitación para cenar con él a solas, y en su piso. Desde la noche de la fiesta de inauguración el progreso en su relación era tangible. A medida que avanzaba con el caso, Chen tenía la sensación de que cada vez descubría más cosas en ella. Wang no sólo era una mujer atractiva y alegre, sino además inteligente y muy perspicaz, hasta más que el propio Chen. Sin embargo, había algo más. Mientras investigaba, se había planteado otras cuantas preguntas acerca de su vida. Había llegado la hora de decidirse, tal y como Guan lo hiciera años atrás.

Wang llegó unos minutos antes de las seis. Llevaba una chaqueta de seda blanca sobre un sencillo vestido negro con dos tirantes delgados que parecían los de una combinación. Chen le ayudó a quitarse la chaqueta. La blancura de sus hombros le pareció deslumbrante bajo la luz fluorescente. Traía una botella de vino blanco, un regalo perfecto para la ocasión. Chen tenía un juego de copas en el armario.

– ¡Qué habitación tan impecable para un inspector jefe tan ocupado como tú!

– Tenía buenos motivos para poner orden -respondió-. Es agradable tener un lugar limpio cuando viene a verte una amiga.

En la mesa, un mantel blanco, servilletas rosadas plegadas, palillos de caoba y cucharas plateadas de mango largo. El escenario era el idóneo para una cena sencilla: una pequeña olla de agua hervía en un infiernillo, y a su alrededor, el cordero cortado en lonchas finas como el papel, un plato de espinacas y una docena de ostras con rodajas de limón distribuidas en una bandeja, junto a pepinos marinados en vinagre y ajo al escabeche en unos platillos a ambos lados. Cada comensal tenía un plato con salsa.

Metían las lonchas de cordero en el agua hirviendo, las sacaban al cabo de unos segundos y las untaban en la salsa. Era una de las recetas "especiales" que le había enseñado el Chino de ultramar Lu: una mezcla de salsa de soja, mantequilla de sésamo, tofu fermentado y pimienta molida con una pizca de perejil. El cordero, que conservaba su color rosáceo, estaba tierno y sabroso.

Chen abrió la botella de vino. Chocaron las copas antes de saborear el vino blanco y brillante bajo una luz tenue.

– Por ti -dijo él-.

– Por nosotros.

– ¿Por qué brindamos? -preguntó mientras untaba la carne en la salsa-.

– Por esta noche.

Wang abrió una ostra con un cuchillo pequeño. Con sus dedos menudos y delicados, manejó diestramente el cuchillo y cortó el músculo bisagra. Se llevó la ostra a la boca. Un trozo de alga verde colgaba de la concha. Chen vio el destello del nácar de una blancura inigualable que contrastaba con los labios de Wang.