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Chen llegó a la conclusión de que todo argumento sería inútil y no planteó más objeciones.

– Ya entiendo, secretario del Partido Li -se levantó-.

No veo por qué está tan empecinado con este caso -consideró el secretario del Partido cuando Chen ya se iba-.

Tampoco lo entendía el propio inspector jefe Chen, ni siquiera cuando llegó a su piso, después de haber pensado en ello durante todo el trayecto de vuelta. Encendió la luz y se dejó caer en una silla. La habitación parecía desnuda y descuidada, completamente vacía y triste. "Una habitación es como una mujer", pensó, "porque también te posee, y además, tienes que gastarte una fortuna en ella para que te ame". No estaba seguro de si era una metáfora leída en alguna parte o un chispazo de su propio ingenio. La mayoría de las veces, las imágenes poéticas le venían en los momentos más insospechados. Sabía que no se dormiría, pero al final de un día tan ajetreado, era agradable tenderse en la cama. Mientras miraba las sombras que bailaban en el techo, se sintió invadido por una enorme soledad. De vez en cuando agradecía unos momentos de respiro a solas en medio de la noche, aunque lo que ahora sentía profundamente era más la sensación melancólica de estar solo. De pronto, su existencia misma le pareció que se volvía dudosa. Guan también debía de haber experimentado esos momentos de soledad. Como mujer, tenía que soportar más presión aún, sola, en esa habitación suya tan parecida a una celda.

Se levantó, fue al baño y se lavó la cara con agua fría. Tuvo que hacer un esfuerzo para pensar en el caso desde la perspectiva del secretario del Partido, pero al cabo de un rato, sus pensamientos volvieron a Guan. Mientras observaba una luz en la distancia, el inspector jefe Chen imaginó que había cierta afinidad entre la mujer muerta y él. Los dos habían tenido un ascenso profesional rápido y exitoso, al menos a ojos de otros. Habían alcanzado posiciones que no solían estar reservadas a gente de su edad. En palabras de Chino de ultramar Lu, «Chen ha caído en el regazo de la suerte». Los celos de algunos colegas eran comprensibles, y también explicarían la escasa popularidad de Guan entre sus vecinas. Por otro lado, los dos eran «jóvenes, pero no demasiado», según una expresión de moda. Eso había influido en el Comité de Asignación de Viviendas, mas salvo esa excepción, no era una etiqueta muy agradable, con su clara connotación de que esas personas debían de haberse casado hacía tiempo. El éxito en la carrera política no servía de mucho en la vida privada; al contrario, podía perjudicarla, sobre todo en China y más en aquellos tiempos. Ser miembro del Partido significaba, según su constitución, serle fiel por encima de todas las cosas, algo no demasiado atractivo para quien deseara casarse. Lo más normal era que un futuro marido quisiera más a su mujer, que primero le profesara lealtad a ella y que cuidara de su familia con todo su corazón y su alma. El éxito político podía complicarle la vida a alguien de diversas maneras, y Chen lo sabía por experiencia propia. A él, un inspector jefe soltero de treinta y cinco años, lo vigilaban permanentemente. Tenía que vivir de acuerdo con su cargo. Quizá era una de las razones por las que seguía soltero. Lo mismo podría haberse dicho de Guan.

Pero no era una noche para ponerse sentimental. Intentó, una vez más, ver las cosas desde la perspectiva de Li. Debía reconocer que su argumento tenía cierta solidez. Después de tantos años desperdiciados en vaivenes políticos, China estaba por fin dando grandes pasos con las reformas económicas. Con un PIB que crecía año tras año con cifras de dos dígitos, la gente comenzaba a vivir mejor. También se estaba implantando una cierta democracia. En una encrucijada histórica como ésa, la «estabilidad política», un concepto que se había vuelto popular desde el trágico verano de 1989, era necesaria para el progreso. En ese momento, la autoridad incuestionable del Partido era más importante que nunca. Por ello, en lugar de dañar la autoridad política del Partido y de atentar contra la estabilidad política, había que abandonar la investigación.

– ¿Y qué pasaba con la víctima?

Guan Hongying había vivido según los intereses del Partido. Parecía lógico que también muriera por ellos. Crear una tapadera también la beneficiaría a ella, perpetuaría su imagen intachable de modelo nacional. No sería la primera vez ni la última que un agente de policía abandonara una investigación a medio camino. Pocos sospecharían la razón verdadera. ¿Para qué armar todo un lío? En el peor de los casos, quedaría mal, aunque posiblemente salvara el cuello. El secretario del Partido Li no era el único que se preguntaba por qué el inspector jefe Chen era tan obstinado. Durante el duermevela, Chen también se preguntaba por qué.

CAPÍTULO 29

Lo despertó el timbre del teléfono.

– ¿Diga?

– Soy yo, Wang Feng. Sé que es tarde, pero tengo que verte.

La voz ansiosa de Wang parecía cercana, como si estuviera en el piso de al lado, aunque al mismo tiempo sonaba lejana.

– ¿Pasa algo? No te preocupes, Wang -dijo Chen-. ¿Dónde estás?

Miró su reloj. Eran las doce y media. No esperaba una llamada de Wang, menos a esa hora.

– Estoy en la cabina de teléfono que hay al otro lado de la calle.

– ¿ Dónde?

– La puedes ver desde tu ventana.

– ¿Y por qué no subes?

Había una cabina de teléfono en la esquina, moderna y bastante reciente, donde se podía llamar con monedas o tarjetas.

– No, baja tú.

– De acuerdo, bajo enseguida.

No la había vuelto a ver desde aquella noche, por lo que era comprensible que no quisiera subir. Debía de tener graves problemas. Se puso el uniforme, agarró el maletín y bajó corriendo las escaleras. "Mejor ir vestido así, solo a esa hora de la noche", pensó mientras terminaba de abrocharse. Se abalanzó hacia la cabina, pero no había nadie, ni allí ni en la calle. Estaba confundido, aunque decidió esperar. De pronto, comenzó a sonar el teléfono de la cabina. Lo miró durante unos segundos antes de caer en la cuenta de que quizá sonaba para él.

– Hola -dijo-.

– ¡Gracias a Dios! Soy yo, Wang Feng. Temía que no lo cogieras.

– ¿Qué te ha pasado?

– A mí, nada, pero ha ocurrido algo. Esta tarde los funcionarios de tu oficina me han negado la solicitud del pasaporte. Estoy muy preocupada por ti.

– ¿Por mí?

Parecía una incoherencia. Le habían negado un pasaporte a ella, si bien eso no era un motivo para que se preocupara por él. ¿Tan duro había sido el golpe que Wang había perdido su habitual compostura?

– Mencioné tu nombre, pero los agentes sólo me miraron fijamente. Uno de ellos comentó que te habían suspendido… Te llamó entrometido incapaz de cuidar de tus propios asuntos.

– ¿Quién dijo eso?

– El sargento Liao Kaiju.

– ¡Hijo de…! No le hagas caso a ése. Es un mierdecilla. No soporta que me hayan nombrado inspector jefe.

– ¿Pasa algo con la investigación de Guan?

– No, aún no hemos llegado hasta el final.

– Estoy muy preocupada, Chen. Tengo unos cuantos contactos, y esta noche he hecho unas llamadas. Puede que el caso sea más complicado de lo que crees. Algunas personas muy importantes se lo han tomado como un ataque deliberado contra los revolucionarios de la antigua generación, y a ti te consideran un representante de los reformistas liberales.

– Eso no es verdad. Ya sabes que no me interesa la política. Es un caso de homicidio, nada más.

– Ya lo sé, pero no todos piensan igual. Me he enterado de que Wu está ocupado en Beijing, y conoce a mucha gente allí.

– No me sorprende.

– Algunos se han quejado de tus poemas, los han compilado y ahora dicen que son políticamente incorrectos, que son una prueba más de lo poco fiable que eres como miembro del Partido.