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– Es indignante. ¡ No veo qué tiene que ver la poesía con todo este asunto!

– Te daré un consejo si es que me lo permites -prosiguió sin esperar su respuesta-: deja de arremeter contra un muro de ladrillos.

– Aprecio tu consejo, Wang, pero solucionaré mis problemas…, y los tuyos también.

Siguió un breve silencio. Chen sentía su respiración agitada al otro lado del teléfono. Luego, Wang habló con la voz teñida de emoción.

– ¿Chen? -¿Sí?

– Suenas muy cansado. Puedo ir a verte. Es decir, si te parece bien.

– ¡Oh!, sólo estoy un poco cansado -dijo casi como un acto reflejo-. Me hace falta dormir bien una noche. Creo que es lo único que necesito.

– ¿Estás seguro?

– Sí, te lo agradezco mucho.

– Entonces, cuídate.

– Tú también.

Después de colgar se quedó parado junto a la cabina. No tenía ni idea de cómo solucionar sus problemas, por no hablar de los de Wang. Pasaron dos o tres minutos y el teléfono no volvió a sonar. Por algún motivo, esperaba lo contrario. El silencio lo decepcionó. Se quedó muy preocupado por su destino. Lógicamente, una periodista como Wang era sensible a los cambios de actitud en las personas. El sargento Liao había prometido echar una mano cuando Chen era una estrella en ascenso, pero con los problemas había cambiado de opinión. A sus ojos, la carrera del inspector jefe estaba prácticamente acabada.

Salió de la cabina. Ya no hacía ese calor insoportable en la calle. La luz de la luna se desplazaba suavemente a través del follaje. Chen no estaba de humor para volver a su piso. Muchas cosas le rondaban la cabeza. Se encontró paseando sin rumbo por la calle desierta, y de repente, se percató de que caminaba en dirección al Bund. En el cruce de la calle Sichuan, dejó atrás un edificio de ladrillo de dos plantas. En tiempos de la Revolución Cultural pertenecía al Instituto Yaojing, pero ahora ya no era una escuela sino un restaurante, El pabellón rojo, nombre que aludía sutilmente al lujo de Sueño en el pabellón rojo. Quizá era un solar demasiado valioso para una escuela. Resistió la tentación de entrar a tomar un café. No era una noche propicia para la nostalgia. Recortadas contra las luces de neón del restaurante, vio las siluetas de varias personas que cambiaban divisas a unos turistas. Una chica joven perseguía a una pareja de extranjeros mayores con un montón de yuanes en la mano. En sus tiempos de escolar, Chen y otros Pequeños Guardias Rojos habían sido asistentes de guardias de tráfico, persiguiendo las bicicletas sin matrícula o con asientos para bebés, que estaban prohibidos. En aquellos días actuaban como celosos voluntarios. Súbitamente apareció el río.

A orillas del Bund, el viento soplaba sobre el malecón y traía el olor penetrante del agua y de los muelles, una mezcla característica de Shanghai que le era familiar. Incluso a esa hora de la noche, seguían acudiendo allí parejas de jóvenes enamorados que paseaban de la mano o permanecían sentados como estatuas en la oscuridad. Antes de 1949, se decía de Shanghai que era una «ciudad sin noche» y que el Bund era «como los pliegues recogidos de una faja brillante». Se detuvo en el puente de Waibai. El agua olía a gasóleo y a residuos industriales, aunque estaba menos oscura, y reflejaba aquí y allá las luces de neón. Chen se inclinó contra la barandilla y miró hacia las aguas silenciosas. Un remolcador se acercaba al arco del puente. Intentó ordenar los pensamientos que lo agitaban. Se sentía aplastado, aunque no lo hubiera reconocido ante Wang. No por el caso, sino por su trasfondo político. Había una lucha interna del Partido de por medio. En su esfuerzo por sacar adelante sus reformas, Deng Xiaoping había ascendido a algunos jóvenes funcionarios del Partido, los llamados «reformistas», mediante una política de jubilación de cuadros. No representaban una amenaza grave en las altas esferas, pero sí para gran parte de los veteranos de rango inferior, de ahí que algunos se aliasen contra la reforma. Después de los acontecimientos del verano de 1989, Deng tuvo que apaciguar a esos viejos cargos, ya jubilados o a punto de jubilarse, y restablecer en cierta medida su influencia. Se había logrado mantener un cierto equilibrio. En la prensa del Partido había cobrado gran importancia una nueva consigna: «estabilidad política». Sin embargo, se trataba de un equilibrio inestable. Los veteranos eran sensibles a cualquier iniciativa de los reformistas, y la investigación dirigida contra Wu se interpretaba como un ataque contra ellos. Era la versión que Wu había divulgado en algunos círculos de Beijing. Con sus conexiones familiares, no le sería demasiado difícil provocar la respuesta que buscaba, una respuesta que, por cierto, ya estaba en marcha desde la Oficina del Comité de Disciplina, desde el Secretario del Partido Li y desde Seguridad Interior. Un veterano como Wu Bing, en coma y postrado con una máscara de oxígeno, debía permanecer como figura intocable, y eso incluía su mansión, su coche y, por supuesto, sus hijos.

Si Chen insistía en llevar las cosas a su manera, éste sería su último caso. Quizá todavía podía renunciar o quizá ya era demasiado tarde. Cuando uno figuraba en la lista negra, no había manera de salir de ella. ¿ Hasta dónde llegaría el secretario del Partido Li para protegerlo? Probablemente, no muy lejos, ya que su caída también lo afectaría a él. Dudaba mucho de que Li, un político con experiencia, se pusiese del lado de un perdedor. Ya se había presentado una queja contra él para tapar el caso de Wu Xiaoming. ¿Qué es lo que le esperaba: varios años en un campo de reeducación en la provincia de Qinghai encerrado en una celda oscura, o una bala en la nuca? Tal vez estaba siendo demasiado dramático en este momento, pero estaba seguro de que lo expulsarían del cuerpo. La situación era desesperada, y Wang había intentado advertirle.

El aire de la noche era sereno y suave en la orilla del Bund. A sus espaldas, en la calle Zhongshan, estaba el Hotel de la Paz con su tejado rojinegro en punta. Alguna vez había fantaseado con la idea de pasar una noche en el jazz bar en compañía de Wang, con músicos que tocaran a la perfección el piano, la trompeta y la batería, 1 los camareros, con una servilleta almidonada en el brazo, servirían bloody manes, manhattans y vodka con kahlua… Ahora nunca tendrían esa oportunidad. Por algún motivo, no estaba demasiado preocupado por ella. Wang era atractiva, joven e inteligente, y tenía sus propios contactos. Con el tiempo, conseguiría obtener el pasaporte y el visado, y se marcharía en un avión japonés. Quizá su decisión de partir era la correcta, porque no había manera de saber qué futuro esperaba a China. En Tokio, vestida con un ancho kimono de seda, arrodillada sobre una estera y calentando una copa de sake para su marido, sería una mujer maravillosa, y como fondo cerezos en flor y el monte Fuji cubierto de nieve. Durante la noche, cuando una sirena calmase el vacío del insomnio, ¿pensaría todavía en él, allende los mares y al otro lado de las montañas? Recordó varios versos de Liu Yong, escritos durante la dinastía Song:

«¿Dónde me encontraré esta noche

despertando de la resaca…?

La orilla del río flanqueada por sauces llorones,

la luna cayendo, el alba asomando en una brisa

año tras año. Estaré lejos,

lejos de ti.

Todos los bellos paisajes se nos muestran,

pero de nada sirve.

¡Oh!, ¿a quién podré hablar

de este paisaje para siempre hermoso?»

Se habían invertido los papeles. En el poema, Liu era quien dejaba su amor atrás, pero en su caso, era Wang quien lo dejaba a él. Como poeta, el nombre de Liu era respetado en la literatura clásica china. Había vivido sin blanca, bebiendo, soñando y desperdiciando sus mejores años en los burdeles, hasta se decía que sus poemas románticos habían sido su perdición. Era un hombre despreciado por sus coetáneos, que no dudaron en denunciarlo con toda la indignación nacida del orgullo confuciano. Murió sumido en la pobreza, atendido por una prostituta pobre que se encariñó con sus poemas, aunque quizá esa compañera de sus últimas horas no fuera más que una invención, una gota de consuelo en una taza de amargura.