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Busco a Adrianí y la encuentro sentada a una mesita con la señora Murátoglu y otra mujer de mediana edad, a la que veo por primera vez. La señora Murátoglu, inclinada sobre un trozo de papel, está a todas luces tomando notas de las impresiones que las mujeres intercambian en voz baja.

– Te presento a la señora Kurtidu -dice Adrianí señalando a la desconocida-. Es muy amiga de la señora Murátoglu y ha aceptado ser nuestra guía ahora que nos quedamos solos.

Para guardar las formas, suelto un «mucho gusto, es muy amable», al tiempo que me pregunto para qué necesitamos una guía durante el resto de nuestra estancia aquí. Enseguida caigo en la cuenta de que Adrianí, muy previsora ella, ha tomado medidas para no aburrirse cuando yo esté ocupado en la investigación.

Despotópulos, de pie y con las manos en los bolsillos, supervisa la escena del bazar desde cierta distancia.

– Veo que la situación le interesa, mi general -digo a propósito para picarle.

– Este espectáculo me trae viejos recuerdos, comisario.

– ¿De otros viajes?

– No. De mis días como agregado militar en la embajada griega de Londres durante el segundo gobierno de Karamanlís. Cada mañana salía de casa acompañado por mi esposa. Yo me dirigía a la embajada y ella iba de compras. Cada tarde, al volver a casa, me encontraba con esta misma feria, aunque en proporciones algo menores.

– ¿Y no consiguió ponerle freno?

– Las cosas son difíciles cuando no tienes hijos, amigo mío. No puedes esgrimir como argumento los estudios del hijo ni el piso para cuando se case la hija. Tienes un buen trabajo, un buen sueldo y una jubilación asegurada… En suma, tienes la vejez solucionada. ¿Cómo poner freno al despilfarro cuando tu mujer no tiene hijos que criar y, además, está en Londres más sola que la una? Por desgracia, para las mujeres el remedio más eficaz contra la soledad son las compras. -Me mira como si dudara en confiarme algo-. Me han dicho que ustedes prolongarán su estancia en Constantinopla -dice al final.

– Sí, nos quedaremos unos días más.

– ¿Por trabajo?

– En parte.

Echa un vistazo a su alrededor, observa al camarero, que sirve café a Stefanaku, y a la joven de recepción, que sigue charlando con su compañero.

– Salgamos y se lo explicaré -propone.

No sé por qué lo considera estrictamente confidencial, pero no hago comentarios y le sigo fuera del hotel. Es un día soleado, el hotel se encuentra en una calle peatonal y será agradable dar un paseo.

– ¿Colaboras con un policía turco? -pregunta el estratega jubilado.

– Sí, con un teniente. Bueno, colaborar es un decir. Ellos llevan la investigación. Yo actúo medio de observador, medio de contacto con la policía griega.

– ¿Y cómo nos hemos visto los griegos envueltos en eso?

– Aportamos la asesina. Una vieja que roza los noventa mató a su hermano en Drama y a su prima aquí. Con pesticida.

– ¿Y por qué se inmiscuye la policía turca?

– La asesina está aquí y aquí se cometió el segundo asesinato.

Calla por un momento y me mira.

– Mucho ojo con los turcos. Fingirán ser tus amigos, tus colegas, pero tú mantente alerta, ya sabes, «desconfía de los helenos portadores de regalos» y acuérdate del caballo de Troya. Son capaces de jugártela de la manera más inesperada.

A pesar de mi propia suspicacia ante Murat y su superior, el general de brigada Kerim Ozbek, me resulta difícil imaginármelos como helenos y más difícil todavía haciéndome regalos, de modo que empiezo a contrariarme mientras me pregunto qué me saca más de quicio: el patriotismo del general, que saca a relucir a la menor oportunidad, o el hecho de que me considere un novato necesitado de consejos y al que, encima, tutea. Decido dejarlo correr para no disgustarnos el último día, e intento restar importancia a mi participación en la investigación.

– No se preocupe, es un caso corriente. No afecta a las relaciones grecoturcas, ni a la cuestión del mar Egeo ni a la de Chipre. Colaboramos con la policía turca como un gesto de cortesía, para mostrar nuestro interés.

– No los conoces bien -insiste-. Hacen lo que pueden para liarte y dejarte indefenso. Cuando hacíamos maniobras militares conjuntas, cambiaban continuamente sus planes sin previo aviso, para desconcertarnos y obligarnos a cometer errores. Nos quejábamos a los americanos, pero ellos nos tranquilizaban con un never mind y dejaban que los turcos siguieran con sus jueguecitos. Por eso te lo advierto: cada cosa que te digan la has de sopesar dos veces.

Por suerte, veo que el coche patrulla dobla la esquina y se detiene delante del hotel. Mediante gestos le pido al conductor que me espere. No quiero mostrarme descortés con Despotópulos, aunque me parezca improbable que sus advertencias me sean de utilidad.

– Gracias, mi general, me ha abierto usted los ojos -digo tratando de no parecer irónico-. Sólo tengo una duda: ¿por qué me ha hecho salir del hotel para contarme todo esto?

Se inclina hacia mí y me dice en tono confidenciaclass="underline"

– Porque todos esos saben griego y se hacen los tontos para, así, poder espiarnos.

No hago comentarios y me acerco a Adrianí para decirle que estaré fuera una horita, más o menos. Seguro que será más, pero el poco rato prometido y el diminutivo me protegerán de las réplicas envenenadas. Para mi sorpresa, mi mujer contesta con un «vale» a secas y sin levantar la cabeza del papel lleno de cosas anotadas; las otras dos ni siquiera se vuelven para mirarme.

El agente me abre la puerta del coche patrulla y me hace ocupar el asiento oficial, en diagonal con respecto al conductor. Luego recorre la calle de siempre en dirección al puente de Atatürk. Pienso que pronto me sentiré como si tuviera que fichar en el otro extremo del puente y me dispongo a contemplar otra vez ese espectáculo tan familiar, pero el conductor pone la sirena y pisa el acelerador, obviamente para evitar al embotellamiento. Coches y autobuses se detienen o nos dejan paso al instante, cosa que se supone que ocurre también en Grecia; sin embargo, los conductores griegos pasan de esta norma, y hasta de la poli.

– Mister Murat is waiting for me? -pregunto al conductor, más que nada por decir algo.

Me responde con un «Efendim?», o sea, «¿Señor?», y ahí termina la conversación.

Menos mal que la sirena nos deja sordos; además, en menos de diez minutos llegamos a la Jefatura de policía.

Murat se pone de pie cuando me ve entrar.

– Come, the cbief is waiting -dice.

A diferencia de mi primera visita, hoy circula por los pasillos de Jefatura cinco veces más gente que en la nuestra, aunque hay días en que la Jefatura de Alexandras parece un manicomio. Aquí te cierran el camino policías de paisano que pasan arrastrando a un asiático esposado, o tipos que salen de sus despachos y se te caen encima, o tropiezas con los pies de los que están sentados en los bancos del pasillo esperando pacientemente su turno para entrar o para que se los lleven.

– ¿Vuestras comisarías también son así? -pregunta Murat.

– Generalmente, son más tranquilas.

– Esto es un desmadre. En Ankara, unos cerebros decidieron crear una web para facilitar la comunicación entre todos, pero yo, hasta el momento, no he visto ningún avance.

– ¿Por qué?

Murat se echa a reír.

– Look around -dice-. Mira a tu alrededor y dime quién usaría Internet para comunicarse.

Quiero decir algo amable, pero no se me ocurre. Murat se da cuenta de mi incomodidad y me da una palmadita amistosa en la espalda.

– No need to answer. No hace falta que me contestes.

En la sala de espera del subdirector de Seguridad, el mismo agente me recibe con el mismo apretón de manos y su «hoş geldiniz». Murat abre la puerta y me deja pasar primero.