Выбрать главу

– Mi experiencia es un tanto distinta, mi general -contesto con toda la amabilidad de la que soy capaz.

– Me lo imagino. ¿Es por tu trabajo?

– ¿Qué pinta en esto mi trabajo?

– ¿Cuántas horas pasas cada día de servicio, querido amigo?

– Depende. Si tengo una investigación entre manos, puedo volver a casa a medianoche o, incluso, dormir fuera de casa. Y en los días de rutina no vuelvo antes de las seis o las siete de la tarde.

– ¿Lo ves? Lo mismo me pasaba a mí cuando estaba en activo. Llegaba tarde por la noche o me pasaba varios días seguidos fuera, en una misión o de maniobras. Sólo ahora empiezo a saborear las relaciones basadas en el desgaste. -Suspira de nuevo y menea la cabeza-. La jubilación es como un paro con privilegios, querido comisario. Te compensa mucho más que un subsidio de paro, especialmente en mi caso. En cambio, tienes que enfrentarte a las mismas frustraciones, la misma irritación y, en parte, las mismas humillaciones que un parado.

Veo que los demás se levantan de sus mesas y se dirigen a recepción. Me levanto yo también, para aprovechar la oportunidad y poner fin a la conversación.

Despotópulos me tiende la mano.

– Me he alegrado sinceramente de conocerte, querido comisario. Echaré de menos tu compañía -repite. Saca una tarjeta de la cartera y me la ofrece-. Toma mi tarjeta. Ahí están los números de mi teléfono fijo y del móvil. Si tienes problemas con los turcos, llámame y te ayudaré. Te aseguro que pocos los conocen tan bien como yo. Por lo demás, cuando quieras, ya sabes, te invito a un café en Atenas.

Me limito a darle las gracias sin entusiasmo ni comentarios, aunque con una sonrisa imperceptible, y lo sigo hasta la recepción. Cuando llegamos, Despotópulos oye a su mujer decir lo alegre que está porque muy pronto volverá a ver a Bichita, su perrita.

– Tantos días en el hotel canino…, ¡estará agobiada, mi cariñín!

Despotópulos me mira de soslayo y menea la cabeza ante el destino que le espera.

– ¿Qué te he dicho? -susurra.

Stefanakos es el primero en acercárseme.

– Que sea leve, comisario. Para ser policía, te enrollas muy bien -añade, esperando que le agradezca el cumplido, pero yo me limito a darle un apretón de manos.

Le sigue su hijo, que me suelta un «adiós» indiferente y deposita su mano fláccida en la mía, esperando que se la estreche yo para ahorrarle el esfuerzo. Menos mal que enseguida se acerca la señora Murátoglu y me da un abrazo.

– Permítame que le dé un beso -dice y me estampa un beso en la mejilla-. Les envidio -añade-. Con mucho gusto me quedaría a pasar unos días más con ustedes. Pero tal como han venido las cosas…

– Gajes del oficio.

Adrianí se acerca y ambas mujeres se funden en un fuerte abrazo.

– Le pediré que te llame por teléfono -dice Adrianí en voz baja.

– Ya la llamaré yo, no me cuesta nada.

– No, no. Yo me ocupo.

De los retazos de su conversación deduzco que Adrianí ha cargado a la señora Murátoglu con algo para Katerina y, como de costumbre, lo ha hecho a mis espaldas. A punto estoy de intervenir cuando me detienen los dos azotes principales de todo ciudadano griego: la Seguridad Social y Hacienda, es decir, Petrópulos y su mujer. Él me saluda desde lejos mientras que la señora Petropulu me manda besitos. El estratega espera a que su mujer suba al autocar y se siente junto a la señora Stefanaku, y luego sube él y se sienta solo, tres filas más atrás. Entretanto, la señora Murátoglu ha subido al autocar y Adrianí se ha acercado a su ventanilla y le habla por señas, de manera que aplazo mi intervención hasta que el autocar haya partido.

Decido volver al comedor para disfrutar de un segundo café con rosca de pan y queso. En el momento en que me siento a la mesa suena mi móvil. Veo en la pantalla el número de Murat y me enfado conmigo mismo por haberme olvidado de informarle de mis pesquisas en el geriátrico y en el hospital de Baluklís.

– I was going to call yon -digo, tratando de escabullirme con el típico «ahora iba a llamarte». Antes de darle tiempo a que empiece a quejarse, le bombardeo con la información que he reunido: los dos viejos, la muerte de la cuñada, la empanada de queso y el doctor Remzí-. El médico está prácticamente convencido de que María Jambu está gravemente enferma. -Sigue un silencio de varios segundos-. Are you there? -pregunto, pues da la impresión de que se ha cortado la comunicación.

– Yes -responde Murat-. No sé si María Jambu está muy enferma, pero antes de morir ella, mueren otros.

Pese a que enseguida comprendo a qué se refiere, pregunto, a pesar de todo:

– ¿Qué quieres decir?

– Creo que tenemos una nueva víctima. Y esta vez es un turco.

– ¿Lo crees? -pregunto con cierta esperanza-. ¿No estás seguro?

– Acaban de avisarme. Pero la descripción que me han dado los agentes del coche patrulla no me gusta en absoluto.

– ¿Por qué?

– Lo han encontrado muerto en la taza del retrete. Había vomitado en el suelo. Olía tan mal que uno de los agentes no ha podido contenerse y ha vomitado también.

– ¿Por eso te han avisado?

– Sí. Di instrucciones de que me llamasen a la menor sospecha de envenenamiento.

– De acuerdo, pero ¿por qué mataría a un turco? Hasta ahora ha matado a su hermano y a su prima, ambos parientes cercanos. No creo que tuviera ningún pariente turco.

– Es cierto, pero aquí hay algo que no me gusta. There is something that I don't like. -Titubea un momento y luego me pregunta-: ¿Vienes a echar un vistazo?

– Voy.

– Pasaré a recogerte en un coche patrulla.

Empiezo a comer mi segunda rosca de pan sin preocuparme demasiado. ¿Qué tiene que ver María Jambu con los turcos? De momento, nada indica que hubiera trabajado en hogares turcos. Además, quizás el hombre se intoxicara con la comida, o quizá lo matara otra persona. En estos casos, se corre el riesgo de endosarle al asesino incluso crímenes que no ha cometido, por aquello de «ahora que tenemos al cura, enterremos a unos cuantos». En cualquier caso, me alegro de que Murat me llamara por teléfono antes de ir a ver a la víctima. Podría significar que confía un poco más en mí y que nuestra relación ha dado un paso hacia la colaboración. También podría significar otra cosa: que empieza a asustarle el giro que están dando los acontecimientos. Esta segunda posibilidad también me satisface: cuando empiezas a asustarte, siempre buscas a alguien que te ayude. Lo único desagradable será la cara que pondrá Adrianí cuando sepa que la dejaré sola ya el primer día.

Mi mujer entra en el comedor en el momento en que me termino la rosca de pan y paso al café.

– Ah, ¿estás aquí? ¡Y yo buscándote en la habitación!

– Me acaba de llamar el policía turco. Parece que ha habido una nueva víctima y tengo que ir -le digo con recelo y me apresuro a adelantarme a su reacción-: Perdona que me vaya el primer día que nos quedamos solos. Procuraré volver lo antes que pueda.

Para mi gran sorpresa, me contesta tan fresca:

– No te preocupes, he quedado con la señora Kurtidu. Pasará a recogerme.

Lástima que no esté aquí el estratega, sin duda tendría que retirar sus teorías sobre la desorganización de las mujeres fuera de casa, pienso. Adrianí es una fanática del dicho «los precavidos cocinan antes de tener hambre». Esto tiene consecuencias estupendas en la cocina, pero resulta irritante cuando descubres que el otro siempre va un paso por delante.

– Lástima, me perderé un bonito recorrido turístico -respondo cabizbajo.

– Qué va, seguramente iremos de compras.

– ¿Por qué tanta prisa? No es el último día.