Dejo las estancias de delante y me dirijo a la cocina. Se me han adelantado los agentes de la Brigada Científica, que ya están registrando los armarios y los cajones. Un hombre de unos treinta y cinco años, de estatura mediana, cuerpo esbelto y gran bigote, registra la nevera. Me acerco y echo un vistazo. En el cajón de las verduras hay tomates, pimientos, pepinos y naranjas. En el estante de encima del cajón hay manzanas y peras, otras dos bolsas con fruta y algunos yogures. En el estante superior veo un envoltorio de aluminio medio abierto y, en su interior, la mitad de una empanada de queso. Aquí se esfuma toda mi esperanza de que la víctima hubiera sufrido una intoxicación. El tipo de la Científica me ve la cara y se encoge de hombros en señal de impotencia.
Murat entra en la cocina y mira también en el interior de la nevera.
– No hace falta esperar el informe forense -me dice-. I don't think that we have to wait for the post mortem.
– ¿Cómo se llamaba? -pregunto por pura curiosidad, ya que no me toca a mí abrirle ningún expediente.
– Kemal… -y, de apellido, algo terminado en «oglu».
– ¿Alguien vio entrar a la vieja?
– No.
– ¿El edificio tiene portero?
– Sí, pero se ausenta a menudo porque hace recados para los vecinos.
Es muy posible que María Jambu se apostara delante del bloque esperando que saliera el portero para escurrirse en el interior.
– ¿La víctima vivía sola?
– Sí. Cuidaba de él una azerbaiyana que tenía unos días de permiso para ir a visitar a su familia.
– Entonces, ¿quién le abrió la puerta?
Murat se encoge de hombros.
– La víctima, supongo.
Yo tampoco encuentro una explicación mejor, aunque tengo mis dudas. Por muy ciega que sea la suerte, hasta la ceguera tiene sus límites. ¿Cómo sabía María Jambu dónde vivía ese tal Kemal y cómo encontró la casa después de tantos años? ¿No tuvo que llamar a otras puertas, no preguntó, nadie la vio? Y la cuestión más importante: ¿por qué ha matado a un turco? ¿Sería un pariente? No puedo descartarlo por completo, pero me parece poco verosímil. Todo esto aumenta mi sensación de estar persiguiendo a un fantasma: no sabemos dónde vive ni cuándo ni dónde hará su aparición.
– ¿Habéis avisado a la familia? -pregunto a Murat.
– Todavía no. Hemos preferido terminar aquí antes de avisarles, para evitar los llantos, los gritos y el jaleo.
Nosotros habríamos hecho lo mismo. Siempre es mejor visitar a los parientes en su casa o, en última instancia, convocarles en la comisaría. De todas formas, al final no les queda más remedio que ir al depósito para identificar el cadáver.
– ¿Habéis averiguado qué clase de persona era? ¿Tenía amigos, enemigos?
– De las primeras investigaciones realizadas por la comisaría de la zona se deduce que era un hombre apacible, caía simpático a los mayores y los niños le adoraban. Le llamaban «abuelo», porque jugaba con ellos y les daba chocolatinas y caramelos. Todos los vecinos coinciden en eso.
Mientras yo me pregunto por qué demonios María Jambu asesinó a un pacífico viejecito, suena el móvil de Murat. Él escucha sin decir nada, me mira y asiente con la cabeza.
– Ya sabemos cómo llegó la empanada de queso. María Jambu no la trajo aquí. La llevó a la tienda de la víctima.
– Y Kemal se la llevó a casa para tener la cena asegurada un par de días.
– Exacto.
Tal vez sea exacto, pero seguimos sin respuesta a la pregunta: ¿por qué ha matado a un turco? No obstante, no cabe duda de que debía de conocerlo bien para llevarle una empanada de queso a la tienda.
– Hazme un favor, pero ocúpate tú personalmente. Pregunta con discreción a los vecinos si ese Kemal se relacionaba con griegos.
Murat me capta enseguida.
– Te extraña que la víctima fuera un turco.
– Lo has adivinado. Yo te espero abajo -le digo-. No puedo soportar más esta peste.
Bajo los escalones de dos en dos para alejarme cuanto antes del foco de infección mientras Murat empieza a llamar a los timbres.
En la calle, los dos policías del coche patrulla fuman en la acera mientras charlan en voz baja. Me saludan con un movimiento de cabeza. Uno de ellos me abre la puerta trasera del coche para que pueda sentarme, pero le indico con un gesto que prefiero caminar.
Empiezo a pasear a lo largo de la acera. Aquí las tiendas son más elegantes que en Pera. Cuento dos tiendas de telefonía móvil, dos de ropa -una de prendas masculinas y la otra de prendas femeninas- y un establecimiento que vende televisores, cámaras fotográficas y ordenadores. Las tiendas de telefonía móvil y aparatos electrónicos son clavadas a las nuestras. Las de ropa recuerdan a nuestra céntrica calle Ermú en los años setenta, antes de que le hicieran sombra los centros comerciales de la periferia. Los transeúntes, en cambio, me interesan más. Visten todos ropa cara y algunas mujeres complementan su atuendo a la última moda con un perrito, como la grieguísima esposa de nuestro estratega jubilado. Escasean los pañuelos en la cabeza y, en general, la zona nada tiene que ver con la avenida que recorremos cuando cruzamos el puente de Atatürk hacia Taksim, esa que nunca recuerdo su nombre.
Veo que Murat sale del edificio y regreso a mi punto de partida. De su expresión deduzco que no ha conseguido nada y él me lo confirma.
– Nadie sabe si Erdémoglu se relacionaba con griegos. Raras veces recibía visitas. Cuando las familias de sus hijos venían a la ciudad, se alojaban en su casa.
No tengo nada que comentar, no esperaba oír otra cosa. La idea de que la víctima tuviera parientes griegos y éstos fueran, a su vez, parientes de María Jambu es tan inverosímil que sólo se podría sostener como explicación desesperada.
Subimos de nuevo al coche patrulla.
– Vamos a la tienda -me dice Murat-, a ver si los empleados pueden darnos alguna información útil.
– ¿Qué vas a hacer con la familia? -pregunto.
– Se hará cargo uno de mis ayudantes, se le dan bien estas cosas. Tiene una cara que siempre da la impresión de haber llorado. Muy apropiada para dar el pésame a los familiares.
Capítulo 20
Dejamos atrás los barrios altos y regresamos a territorios geográficos y sociales que me son más familiares. Al llegar a la plaza Taksim, espero que Murat tuerza a la derecha, pero él la cruza sin inmutarse y enfila la calle Pera.
– Oye, ¿no es una calle peatonal? -pregunto, confuso.
Murat no puede evitar reírse.
– Es peatonal para todos menos para los coches de la policía.
– Y para el tranvía.
Él sigue riéndose, casi feliz.
– Cada vez que mi padre viene de vacaciones a Estambul, sube al tranvía y se planta en la parte delantera, junto al conductor.
– ¿Él es de aquí?
– Claro que no -responde sorprendido.
Me preocupa que mi pregunta le haya ofendido, pero él se apresura a explicarse.
– La gente que ha nacido y ha crecido en Estambul no emigra fácilmente. Mi familia procede de un pueblo de Sivas, en el este, y ha pasado por una doble emigración. Mi abuelo tenía cinco hijos y no salía adelante, así que trajo a su familia a Estambul. Entonces, en los pueblos, se decía que el suelo y las piedras de Estambul eran de oro, y mi abuelo lo creyó. Mi padre todavía era pequeño y le encantaba subir al tranvía y quedarse junto al conductor. Mi abuelo primero y mi padre después comprendieron que las calles de Estambul eran de losas y asfalto, como las de cualquier otra ciudad. Total que mi padre acabó siendo obrero en Alemania. Ahora está jubilado y vive en Bochum, pero, cada vez que viene a vernos, sube al tranvía. -Estaciona el coche enfrente de la iglesia católica-. Hemos llegado.