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La tienda de Kemal Erdémoglu es grande y ocupa dos plantas, aunque basta echar una ojeada al escaparate para ver que dista mucho de las tiendas de lujo del barrio en que vivía. No hay un único aparador, sino que está dividido en tres: uno a la derecha, otro central y otro a la izquierda. En los dos aparadores de los extremos se expone moda femenina, mientras que en el central, masculina.

Murat se adelanta y yo le sigo. La dependienta apostada junto a la puerta me confunde con un turista y enseguida se me acerca con un «Yes, please?». Murat le dice algo con una cara de madero muy seria y ella se aleja de mí con una mirada que oscila entre el respeto y el temor. De ello deduzco que debe de haberme presentado como policía y me parece apropiado pegarme a su lado. El único dependiente varón engancha con celo una nota manuscrita a la entrada del establecimiento y luego cierra con llave desde dentro. Imagino que la nota dice: CERRADO POR DEFUNCIÓN.

Murat elige la primera planta, seguramente para estar más tranquilo, y decide interrogar primero a las mujeres. Más de lo mismo, me digo. Empieza por las mujeres, en parte, porque son más sinceras y, en parte, porque soportan menos la presión. De sus gestos deduzco que ninguna de las empleadas alega ignorancia. Todas tienen algo que decir y en muchas ocasiones se interrumpen mutuamente para corregir o añadir algún dato.

En menos de diez minutos llego a la conclusión de que no tiene ningún sentido observar las expresiones y los gestos de los testigos y me centro, como se dice ahora, en la mercancía. Se me ocurre que podría comprarle algo a Katerina, pero descubro con gran sorpresa que no tengo ni puñetera idea de lo que le gusta. Siempre que hemos tenido que comprarle algo se ha encargado Adrianí, que no consideró importante pedirme mi opinión. Decido dejarlo correr, porque me arriesgo a comprarle algo que acabará enterrado en lo más profundo de su armario.

Murat ha terminado de interrogar al personal y pasa por mi lado con un «Let'sgo». Bajo las escaleras detrás de él y espero a que el dependiente abra la puerta, para que podamos salir a la calle.

– La vieja vino hace cinco días por la tarde. La descripción encaja con la que te dio el médico de Baluklís. Extenuada, arrastraba un poco los pies y tenía accesos de tos. Preguntó si el señor Erdémoglu estaba en la tienda. El señor Erdémoglu había salido un momento y ella dijo que lo esperaría. Llevaba una bolsa de plástico en las manos.

– La empanada de queso.

– Evidentemente.

– ¿Se fijaron si en la bolsa figuraba algún nombre o una dirección?

Murat me mira desconcertado por un instante.

– No se me había ocurrido. Voy a preguntar.

Vuelve a la tienda y llama al cristal de la puerta. Dice algo a la empleada que le abre. Ella se vuelve y habla con alguien en el interior del comercio. Pasan un par de minutos y Murat regresa junto al coche patrulla.

– Sólo recuerdan que ponía «supermercado» en turco.

– Esto no quiere decir nada. Hoy en día hay supermercados por todas partes.

– Aquí, no. En los barrios más humildes la gente hace sus compras en el… -busca la palabra inglesa, no la encuentra y usa la turca-, en el bakkal.

– En el bakáliko -confirmo yo en griego y nos reímos.

– Compran en el bakkal porque allí todavía les fían. Si María Jambu llevaba la empanada de queso en una bolsa de supermercado, quiere decir que no se aloja en un barrio pobre.

– Salvo que encontrara la bolsa por casualidad.

– Es posible, aunque las mujeres suelen guardar las bolsas de las compras.

– Y al final, ¿se encontró con Kemal, o dejó la empanada y se fue?

– Se encontraron. Cuando Kemal Erdémoglu volvió, ella seguía esperándolo. Al principio no la reconoció. Entonces la mujer mencionó a un tal Lefteris, y Kemal Erdémoglu se acordó, aunque no está claro si de Lefteris o de la propia María Jambu. Del primero, seguramente.

– ¿Se quedó mucho rato?

– Apenas cinco minutos. Tras intercambiar unas palabras de pie, ella le entregó la empanada y se marchó.

– Pero, bueno, cuando al día siguiente Kemal no apareció en la tienda, ¿a los empleados no se les ocurrió llamar a su casa?

– Les había dicho que tenía intención de visitar a su hijo en Ankara y no se preocuparon.

Me estrujo los sesos para recordar si en el curso de la investigación me había topado con algún Lefteris. Rebusco en mi memoria y enseguida concluyo que es la primera vez que oigo este nombre. Por si acaso, pregunto a Murat si le suena.

– Do you remember the name Lefteris from somewhere?

Él niega con la cabeza.

– No, I heard it for the first time.

– Tenemos que averiguar quién es ese Lefteris, y sólo hay una posibilidad.

– ¿Cuál?

– Volver a Baluklís. Tal vez los dos viejos del geriátrico lo conozcan o al menos hayan oído hablar de él. Conocen a casi todos los griegos.

Murat no dice nada; se limita a poner el motor en marcha y a activar la sirena. Tuerce a la derecha por una calleja que desciende y por la que apenas pueden pasar dos coches; baja el cristal de la ventanilla y empieza a gritar a coches y peatones que se aparten. Los coches suben a la acera y los peatones se dispersan alarmados. La calle se despeja y yo descubro entristecido que, en esta ciudad, llevan a la policía en palmitas mientras que en Atenas le echan los perros. Pronto aparece el Cuerno de Oro y me doy cuenta de que volvemos a territorio conocido, cosa que queda confirmada enseguida cuando empezamos a bajar hacia el puente de Atatürk.

– Oye, ¿vayas donde vayas tienes que pasar por este puente? -pregunto.

– Casi -contesta entre risas-. Seguiremos el paseo marítimo del Cuerno hasta la Ronda. El trayecto es un poco más largo, pero así circularemos por los bulevares y evitaremos las callejuelas y los atascos.

Tiene razón, el tráfico en el paseo marítimo es tolerable.

Con la sirena a todo volumen y las luces destellando, lo recorremos en un abrir y cerrar de ojos. Cae una llovizna templada, de esas que envuelven a la ciudad en una especie de bruma transparente.

Aparcamos delante del geriátrico y encontramos la puerta cerrada. Murat me cede la iniciativa. Eso me hace sentir mejor, porque intuyo que por fin hemos hallado el modo de colaborar sin recelar el uno del otro. Llamo a la puerta y me abre un tipo de piel negruzca que no es el portero que había en mi anterior visita.

– ¿Qué desea? -dice en griego pero con acento extranjero.

– Quisiera hablar con los señores Kerémoglu y Sefertzidis. Estuve aquí hace dos días.

– Ahora no hora visita -responde él, ahora ya en un griego macarrónico-. Tú vuelves a la tarde.

– Soy policía de Atenas y necesito hacerles algunas preguntas.

– A la tarde -repite él y a punto está de darme con la puerta en las narices, pero logro meter el pie en la abertura.

– Avisa al encargado -insisto al tiempo que me pregunto si sabrá qué significa «encargado».

– A la tarde, digo. ¿Eres sordo?

De repente, Murat se le planta delante y empieza a bombardearle en turco. Mientras le habla en tono vehemente, una expresión de miedo se va apoderando de las facciones del portero hasta que, al final, pronuncia esa frase que he oído miles de veces desde que puse el pie en Constantinopla: «bir dakika», que mi facilidad innata para los idiomas me dicta que corresponde a nuestro «un momento».

– ¿Qué le has dicho? -pregunto a Murat cuando desaparece el portero.

– Le he dicho que le llevaré a comisaría en el coche patrulla y empezaré a investigarle. Y que calcule que pasará un par de días en el calabozo, hasta que termine mis averiguaciones. Y si no están todos sus asuntos en orden, que se prepare para lo peor.