El que aparece a continuación no es el portero sino el secretario que me recibió en mi anterior visita y me condujo hasta los dos ancianos.
– Buenos días, señor comisario -me dice y saluda a Murat en turco.
Le pregunto si puedo volver a hablar con Kerémoglu y Sefertzidis y me responde que probablemente estén en el salón.
– A esta hora suelen jugar al tavli. Vengan, les llevaré.
– ¡No es posible! ¡Dos dobles seguidos no es posible! -La voz cabreada de Kerémoglu llega a nuestros oídos ya antes de entrar en la sala de juegos. Le encontramos de pie, gesticulando fuera de sí-. ¡No juego más! ¡Nunca volveré a jugar contigo! ¡Tú cargas los dados! ¡Eres un ladrón y un tramposo!
– El pan nuestro de cada día -me susurra al oído el secretario.
Kerémoglu se dispone a marcharse, mientras Sefertzidis se ríe hasta con los bigotes y los dientes inexistentes.
– Como sabes que vas a perder y estás cagado de miedo, te largas a medio juego -le dice.
– ¿Puedo interrumpirles un momento? -pregunto.
– A mí no me importa en absoluto -responde Kerémoglu-. A él seguro que sí, por una vez en la vida que iba a ganar… -Y vuelve a sentarse en la silla.
– Bienvenido, comisario -me saluda Sefertzidis sin hacer caso de su amigo irreconciliable-. No te vayas cuando terminemos. Quédate para ver la paliza que le voy a dar.
No me dejo enredar en su juego y voy directo al grano:
– ¿Alguna vez oyeron ustedes a María o a Safó, la cuñada, hablar de un tal Lefteris?
Los viejos se miran.
– ¿Tú has oído hablar de algún Lefteris? -pregunta Kerémoglu a Sefertzidis.
– Del mismo que tú.
– ¿Quién es? -pregunto yo ansioso.
– Lefter Kiutsukandoyadis -anuncia Sefertzidis con énfasis-. El mejor futbolista de la comunidad griega. Se hacía con el balón en una portería, lo bajaba hasta la otra y marcaba gol. Cuando conseguía la pelota, no había quien se la quitara.
– Driblaba como nadie -añade Kerémoglu-. Volvía locos a los del otro equipo. Era de Prínkipos, pero jugaba en el Fenerbahçe. Recuerdo que por aquel entonces también el Beşiktaş tenía un gran jugador, se llamaba Sevket. Cuando veía los regateos de Lefteris, se ponía verde de envidia, porque él no era capaz de hacer lo mismo que hacía el griego.
Murat no entiende lo que dicen los dos viejecitos, pero oye los nombres de Lefteris, de Sevket y de los equipos de fútbol y me mira extrañado. Imito su extrañeza con un gesto de desconcierto y vuelvo a los viejos.
– Escuchen, yo me refiero a otro Lefteris. No al futbolista, sino a alguien que conociera a María Jambu o a su cuñada Safó.
Se miran de nuevo y se encogen de hombros.
– Nunca las oímos hablar de ningún Lefteris, ni a Safó ni a María cuando estuvo aquí.
Ya está todo dicho. Indico a Murat que nos podemos ir.
– ¿Adónde vas, komiser bey? ¿No quieres ver la paliza que le voy a dar a éste? -atrona Sefertzidis a mis espaldas, pero no le hago caso y me dirijo a la salida, con Murat pisándome los talones. Parece que, sin darnos cuenta, hemos desarrollado una pauta de comportamiento: cuando él interroga, es el primero en dirigirse a la salida. Cuando lo hago yo, me sigue de cerca.
– What mas this with Lefteris, Fenerbahçe y Beşiktaş? -se extraña.
– Yo les preguntaba por el Lefteris al que María mencionó y ellos me hablaban del futbolista -le explico.
– En sus tiempos fue una leyenda, lo sé por mi padre.
Sería una leyenda, pero a mí tanto me da. Lo que yo quiero es encontrar la manera de reunir información sobre el otro Lefteris. Mientras María despachaba a los miembros de su familia, su móvil estaba claro. Ahora, con el asesinato del turco, el caso se complica aún más. Tenemos que dar con ese Lefteris a toda costa, a ver si nos ayuda a comprender por qué María mató a Kemal. Por otra parte, es muy posible que el tal Lefteris esté muerto o que no se encuentre aquí sino en Grecia.
– ¿Cuál es el siguiente paso? -pregunta Murat, que, obviamente, piensa en lo mismo.
– Localizar al dichoso Lefteris.
– ¿Crees que será fácil?
– No, pero nos queda una esperanza. Publicar la foto de María Jambu en los periódicos de aquí, y también en los de Grecia. Es la única manera de recabar más información. Puede que así averigüemos dónde vive.
Murat me mira de reojo.
– ¿Seguro que dará resultado?
– ¿Se te ocurre otra cosa mejor? -contesto irritado, porque he notado un retintín de superioridad en su voz.
– Si publicamos la fotografía de una griega que, además, proviene del Mar Negro, y decimos que ya ha matado a dos personas en Estambul y que una de sus víctimas fue un turco, mañana mismo todos los griegos estarán en el punto de mira. Les insultarán, les agredirán y nadie saldrá a defenderles. Hasta a nosotros nos parecerá lógica la indignación de la gente y haremos la vista gorda.
No me esperaba este argumento y, sin querer, suelto una grosería:
– ¿Desde cuándo te preocupa la integridad física de los griegos?
Murat no responde enseguida. Deja el carril por el que iba y aparca en doble fila.
– I am a child of the Turkish minority in Germany -explica-. Soy hijo de la minoría turca en Alemania. Cada vez que un turco mataba, robaba o agredía a alguien, le cargaban las culpas a la comunidad entera, porque los alemanes creen que somos todos iguales. Llegaba a la comisaría por la mañana y lo primero que me decían era: «¿Has visto lo que han hecho los tuyos otra vez?». -Hace una pausa antes de continuar-: Los turcos de Turquía no lo entienden. Creen que viven todavía en los viejos tiempos, cuando las minorías les suponían una carga, y olvidan que ahora también nosotros tenemos nuestras propias minorías en otros países. En Alemania, en Austria, en Inglaterra… Y que compartimos la suerte de todas las demás minorías.
Intento tomarlo a broma.
– Estás exagerando un poco, pero vale. Dejémoslo correr.
Pese a que sólo lo he dicho para tranquilizarle, él se enfada aún más.
– Tú también perteneces a una mayoría y no puedes entender lo que significa formar parte de una minoría -me espeta-. No puedes entender la inseguridad, el miedo que sientes en lo más profundo, el odio que puede estallar con el menor pretexto. Ninguna mayoría ha comprendido jamás a las minorías. Yo comprendo a los griegos mejor que tú.
Esto me sienta como una bofetada.
– A mí no me vengas con ésas -replico furioso-. Sé muy bien cómo llegaron a Grecia los griegos de Constantinopla. -Como estoy cabreado, me olvido de decir «Estambul» y utilizo el «Constantinopla» de los griegos ortodoxos-. En el 22 con el intercambio de poblaciones, en el 55 con los sucesos de septiembre, en el 64 con lo de Chipre. No necesito que me des lecciones.
Murat se da cuenta de que estoy enfadado y que más le vale callar. Pone el coche en marcha lentamente y pasa al carril central.
– Lo siento, he perdido los papeles -dice al cabo de un rato.
– No importa, me hago cargo.
– ¿Me harás el honor de venir a cenar a casa con tu mujer?
La invitación, que me pilla por sorpresa, me desconcierta. No obstante, consigo reaccionar rápido.
– El honor es mío. Iremos con mucho gusto.
Ahora que se ha restablecido la paz entre nosotros, vuelvo al tema de la investigación para relajarnos.
– ¿Qué hacemos? -pregunto-. ¿Cuál será el siguiente paso?
– Me pondré en contacto con la familia de Kemal Erdémoglu. Puede que ellos sepan algo del tal Lefteris. Tú mira si puedes averiguar algo a través de los griegos.