– De acuerdo.
Cuando llegamos al hotel saca su tarjeta y me la tiende.
– Aquí está mi dirección. Vivo en Láleli. El taxista encontrará la casa sin dificultades. Os esperamos mañana para cenar.
Antes de bajar del coche nos estrechamos las manos, aunque no sé muy bien qué significa este gesto: ¿la paz o una simple tregua?
Capítulo 21
De todo hay en la viña del Señor. Mujeres con abrigos largos hasta el tobillo y pañuelos que les cubren la cara hasta las cejas, turistas con pantalones cortos y cara de aleladas, legiones de hombres, unos con corbata, otros con cazadora y aun otros con barba y gorro de lana… Vendedores y tenderos que vienen corriendo y te agarran de la manga. Y mercancías por todas partes: encima de los estantes, apiladas en el suelo, arriba y abajo, dentro de las tiendas y fuera de ellas, dispersas en los escaparates, amontonadas en la calle o colgadas de la pared como si fueran ristras de ajos o animales descuartizados.
Nos encontramos en el Kapalí Carşí, el Gran Bazar, el recinto cerrado que alberga el mercado central de la ciudad, y me siento completamente perdido. Las tiendas son un batiburrillo de todo lo que te puedes imaginar: tres joyerías seguidas y, a su lado, una tienda que vende cerámica y platos decorativos con inscripciones en árabe. En la contigua, venden camisetas, camisas y chilabas en cantidad suficiente como para vestir a todas las fuerzas de la OTAN en Bosnia y Kosovo, seguida por una cristalería que exhibe vasos de agua, vasitos de té, copas de vino y garrafas de toda clase, pero también collares y cuentas de vidrio.
Nos ha traído la señora Kurtidu, porque Adrianí quería comprar algo para Katerina: batas, camisones, pantuflas y calcetines altos de lana, que nuestra hija suele llevar en casa o cuando se pone vaqueros. Cuando le he dicho que todo esto lo encontraría también en Atenas, su reacción ha sido fulminante, tipo GEO o Brigada Antidisturbios:
– ¿A este precio, Kostas? ¿Cuánto hace que no vas de compras? Además, es una oportunidad para comprarle alguna prenda de cuero a Fanis. No estaría bien volver con las manos vacías. Si lo encontramos a un precio razonable, claro -concluye con cara de hacer hincapié en lo obvio.
A mí, sin embargo, el precio razonable me da que pensar, porque, como todo el mundo sabe, lo razonable es subjetivo y lo que es razonable para Adrianí podría ser una locura para mí.
– ¿También venden iconos? -se extraña Adrianí y se detiene delante de una pared cubierta de vírgenes y jesusitos.
– ¿Le sorprende? -pregunta la señora Kurtidu.
– ¡Cómo no me va a sorprender que vendan iconos en un país musulmán! ¿No tienen miedo?
– ¿Miedo de qué?
Adrianí le dirige una mirada significativa.
– Pues… no sé.
La señora Kurtidu se echa a reír.
– ¿Ha estado en la isla de Prínkipos, señora Jaritu?
– Claro, el tercer día del viaje.
– ¿Subieron a San Jorge Kudunás?
– No, por desgracia -responde Adrianí entre dientes-. La mitad de nuestro grupo se puso de morros cuando supieron que tendríamos que subir andando. Nos limitamos a dar la «vuelta pequeña» a la isla.
– Si hubieran subido al monasterio, seguramente habrían visto a musulmanes rezando en la iglesia. Cuando les vi por primera vez me sorprendí y pregunté al sacerdote por qué los musulmanes rezaban en una iglesia ortodoxa. «Buscan la manera de curarse de su pobreza, hija mía», me dijo él; «la fe es como una medicina. Igual que vas de un hospital a otro para curarte de una enfermedad, vas de un templo a otro para rogar a Dios que te libre de la pobreza.» Lo mismo hace este hombre aquí. Con tal de ganar cuatro chavos más, vende vírgenes y hasta vendería budas si se terciara.
Hemos llegado a una encrucijada. Tenemos delante tres callejones.
– Vamos a la izquierda -dice la señora Kurtidu-. Por ahí están las telas y vestidos buenos.
Un vendedor que nos ha oído hablar en griego recibe a
Adrianí con un «señora, señora, buenos días» y trata de camelarla con su griego macarrónico, hasta que la señora Kurtidu lo abronca en turco y él se retira apresuradamente.
– Jamás se muestre interesada en comprar, señora Jaritu -aconseja la señora Kurtidu a Adrianí-. Ha de decir que pasaba por aquí y ha entrado a curiosear. Y ha de fingir que está perdiendo el tiempo con tanta antigualla. Ellos enseguida empezarán a ofrecerle descuentos para hacerle cambiar de opinión, y usted empezará a regatear a partir de un precio ya rebajado.
La calleja es estrecha y empinada. A diferencia de Atenas, donde los coches aparcan a ambos lados de la calle y dejan un carril estrecho al tráfico, aquí aparcan telas, zapatos y narguiles, que apenas dejan margen para que pasemos. Las dos señoras van delante, se detienen en las tiendas, examinan las prendas una a una, regatean y luego dejan a los vendedores plantados y se dirigen al siguiente comercio. En cuanto a mí, tengo la sensación de estar ausente, en parte porque me veo inmerso en un mar de gente y en parte porque las dos señoras no me hacen ni puñetero caso. Quiero convencerme a mí mismo de que lo hago por Katerina, de que yo también deseaba una boda por la Iglesia y que, por tanto, no debo quejarme, pero el aburrimiento y la sensación de inutilidad persisten.
Mi presencia se vuelve más patente y necesaria cuando le toca el turno a la cazadora de cuero de Fanis.
– Los artículos de calidad no están por este lado. Tenemos que salir y volver a entrar por otra puerta -dice la señora Kurtidu y cambia de rumbo.
A decir verdad, no veo la diferencia entre una puerta y otra, tengo la impresión de dar un rodeo y volver a la misma entrada. Las tiendas se me antojan todas iguales, como las callejas de aquí, con sus losas siempre húmedas. Al final, somos víctimas de un abordaje que me convence de que estamos frente a otra entrada: un par de pasos antes del arco que al parecer va a introducirnos en el recinto, de pronto surge de los callejones sin salida adyacentes un ejército de niños que nos rodea y empieza a empujarnos, no hacia el arco sino en dirección a unos escalones de piedra, a la izquierda.
– Come, mister! Nice leather jacket!
– ¡Venir, señor, buen cosa de cuero!
Un tercero debe de hablar en alemán, porque capto las palabras «Herr» y «Komm!». En un visto y no visto, nos arrastran escalones arriba mientras repiten sin cesar: «leather, leather», como si nos jalearan para que alcanzásemos la fuente bendita.
– ¡Malditos crios! -grita la señora Kurtidu y empieza a regañarles en turco, demasiado tarde, según se demuestra, porque ya hemos entrado en un patio interior lleno de tiendas que venden prendas de cuero de toda clase. Miramos a nuestro alrededor y la chiquillería ha desaparecido.
– ¿Dónde se han metido? -se sorprende Adrianí.
– Han ido a buscar más clientes -explica la señora Kurtidu-. Cobran por traernos hasta aquí, del resto se encargan los comerciantes. Su misión es atraernos al interior de las tiendas.
Y, ciertamente, todos los comerciantes han salido a las puertas de sus establecimientos para darnos la bienvenida. La señora Kurtidu y Adrianí inspeccionan el primer escaparate, echan una mirada pasajera y se dirigen a la siguiente tienda, indiferentes a las reverencias de los tenderos, que casi rozan el suelo con la cabeza.
De pie en el centro del patio, intento matar mi aburrimiento y mi nerviosismo, porque la inspección visual de escaparates, el cuero y las compras me dejan indiferente, como también este patio interior, que no forma parte de los monumentos dignos de ver en la ciudad.
Adrianí y la señora Kurtidu deciden, por fin, a cuál de las tiendas otorgarán sus favores y entran para inspeccionar los artículos de cuero, una inspección táctil en esta ocasión. Yo insisto en quedarme en el centro del patio. Se me ocurre dejarlas y dar un paseo, pero temo perderme en los pasajes y callejones, que me parecen todos idénticos. En cualquier caso, la posibilidad de alejarme queda descartada cuando Adrianí me llama para que entre en la tienda.