Me recibe con una cazadora de cuero en las manos y me la tiende.
– Vamos, póntela.
– Déjame, no pienso comprar ninguna cazadora -le digo irritado.
– No es para ti. Es para Fanis, tenéis la misma talla. -Me pruebo la cazadora al tiempo que me doy cuenta del error que he cometido al no escaparme a tiempo.
– Fanis es un poco más corpulento. Necesitará una talla más -dice Adrianí a la señora Kurtidu mientras me quita la cazadora y me hace probar otra.
Pienso que he alcanzado el estatus de parado privilegiado mucho antes que Despotópulos, ya que las dos me están utilizando como maniquí de escaparate y la humillación ha llegado antes que la jubilación. Es la primera vez en todo el viaje que desearía estar en Atenas, donde Adrianí va de compras sola y me deja en paz.
De pronto, en medio de estos pensamientos, mi mente se despeja y sé dónde hay una mínima esperanza de obtener información sobre el tal Lefteris: no de los viejos de Baluklís, sino de Efterpi Lasaridu, la prima de María Jambu. Si María ha hablado con alguien, por fuerza ha sido con Efterpi Lasaridu, porque mantenían una buena relación y confiaba en ella. La humillación y la vergüenza se esfuman y yo me quedo sobre ascuas, pero Adrianí y la señora Kurtidu están en otro mundo y les importa un pito mi estado de ánimo.
– ¿Cuánto vale? -pregunta Adrianí.
La señora Kurtidu traduce la pregunta al comerciante. Escucha la respuesta, suelta un largo e iracundo «Neeeeee?» y dice a Adrianí:
– ¡Vámonos! -Sale melodramáticamente de la tienda y nos obliga a seguirla.
El tendero corre detrás de nosotros, pregunta algo a la señora Kurtidu, ella le responde, él levanta los brazos como si le hubieran dicho algo espantoso y vuelve a la tienda.
– ¿Cuánto pide? -quiere saber Adrianí.
– Doscientos euros -responde la señora Kurtidu.
La extrañeza de Adrianí aumenta.
– No es mucho. En Atenas, una cazadora como ésa no la compras por menos de trescientos euros y sería de peor calidad.
– Olvídese de Atenas, estamos en Estambul. Le he dicho que, si nos la deja por cien, la compramos.
Adrianí la mira estupefacta.
– ¿Sabe?, la cazadora me gusta, no quisiera perder la oportunidad de comprarla -dice un tanto molesta.
– No se preocupe, la conseguirá. Vámonos, verá como viene corriendo.
Cuando alcanzamos los escalones de piedra me vuelvo y veo que el tendero se nos acerca como un bólido. Dice algo a la señora Kurtidu en tono de disculpa, ella responde con un «yok olmaz» categórico y vuelve a hacer amago de marcharse. El comerciante la detiene de nuevo y le ofrece un último precio, acompañado de un gesto que significa «hasta aquí y al diablo con todo».
– Nos la deja por ciento cincuenta euros, pero ustedes no se muestren satisfechos -nos pide.
– ¿Por qué no hemos de mostrarnos satisfechos? ¿Piensa tratar de conseguirla aún más barata? -pregunto.
– No, pero no sería apropiado. Se dará cuenta de que le hemos engañado y se sentirá ofendido.
Ya está, me digo. Todo lo que hemos leído en la prensa en los últimos años sobre el management, la estrategia de mercado, los targets y los groups, ellos lo han tirado a la basura y prefieren la táctica probada del «explótame, que me va la marcha».
– Mi madre me enseñó a regatear -nos explica la señora Kurtidu cuando, por fin, salimos de la tienda con la cazadora de Fanis en una bolsa de plástico-. Siempre que veníamos de compras al Çarşí, ella proponía la mitad del precio que ofrecía el vendedor. Él empezaba a protestar: «Pero ¿qué dice?, es imposible, no cubro ni el precio de coste». «Si no quieres, yo no te obligo», respondía mi madre y se iba. Al final, acordaban un precio intermedio. Al principio yo pasaba vergüenza. «Pero, mamá, hacemos el ridículo», le decía. «Harás el ridículo si lo compras al precio que él te pide. Pensará que eres una tasralú.» Tasralú significa provinciana. Al final, yo también aprendí. Aunque has de tener cuidado, no mostrarles que los tomas por idiotas porque se ofenden. Y ahora voy a enseñaros el Bedesteni, donde está el viejo Çarşí.
A mí se me ha metido en la cabeza la idea de hablar con Efterpi Lasaridu, y el viejo Çarşí me la suda.
– ¿El Fanar queda lejos de aquí? -pregunto a la señora Kurtidu.
– ¿Por qué?
– Porque tengo que hacerle algunas preguntas a una prima de María Jambu.
– Mañana -interviene Adrianí con decisión-. Que espere, nadie te está persiguiendo. Ahora vamos al viejo Çarşí y luego hemos invitado a la señora Kurtidu a comer.
– No es necesario. Si el señor comisario tiene trabajo, lo dejamos para otro día -responde la señora Kurtidu en tono conciliador.
– Pero qué dice. ¡Si ya está decidido! Además, señora Kurtidu, su compañía es muy agradable -concluye Adrianí.
No puedo negar que también a mí me resulta agradable la compañía de la señora Kurtidu, de modo que cierro el pico.
Capítulo 22
Ayer, en cuanto pudimos librarnos de las compras en Kapalí Çarşí, llamé a Murat y le conté mi idea de hablar con Efterpi Lasaridu. Enseguida estuvo de acuerdo, y hasta se ofreció a enviarme a la mañana siguiente un coche patrulla que me llevara a la casa de la mujer.
– Don't worry. Tomaré un taxi -le dije, porque aún estaba bajo los efectos de nuestra reconciliación y no quería molestarle.
– You don't know Fener -respondió con una risa-. Está lleno de callejuelas que parecen idénticas. Te perderás.
Para ser sincero, ahora me felicito por haber aceptado el coche patrulla, porque todavía noto los efectos de la cena de anoche con la señora Kurtidu, que nos llevó a una taberna muy pija especializada en pescado, llamada Efzalía, que se encuentra en el barrio de Arnavutkóy. La comida, por un lado, y, por otro, el rakí, que tuve ocasión de comprobar que casa muy bien con el pescado, me llevaron a cometer desmanes gastronómicos bajo la mirada despreciativa de Adrianí, que picotea de todos los platos pero come como un gorrión.
– Come usted igual que las mujeres de Constantinopla, señora Jaritu -le dijo la señora Kurtidu con admiración en cierto momento.
– ¿Por qué? -se picó Adrianí.
– Porque prueba sin comer mucho. Así lo hacemos nosotros. Cuando tenemos invitados para comer, servimos diez o quince platos y pasamos horas picoteando. Al final de la comida, la mayoría de los platos siguen medio llenos.
– Verá, yo disfruto más así -respondió Adrianí tratando de disimular su satisfacción por el cumplido-. Lo heredé de mi padre, que en paz descanse. Siempre protestaba a gritos cuando mi madre le llenaba el plato.
Parece haber olvidado que su padre gritaba a su madre desde el «buenos días».
– ¿Sabe cómo se reconoce aquí al buen bebedor, señor comisario? Por las horas que es capaz de mantener «con vida» una botella de rakí acompañada de tapas, una tajada de melón, un pepino cortado en cuatro y un trozo de queso fresco. Cuanto más tarda en apurar la botella, mejor bebedor es.
A mí los picoteos y los quince platos que quedan medio llenos no me dicen nada. Yo quiero un plato colme, como hacía mi madre, que me ponía delante un plato a rebosar de alubias, patatas guisadas o espinacas con arroz, y se santiguaba en señal de agradecimiento cuando su vástago se levantaba de la mesa saciado y no hambriento, como le ocurría a ella durante la Ocupación alemana.