Al acabar, cuando pedimos la cuenta, la señora Kurtidu nos anunció que ya había pagado, cosa que provocó enérgicas protestas de Adrianí y mías.
– ¡Esto no puede ser! ¡Si queríamos invitarla nosotros! -exclamó Adrianí-. Ha obrado sin consultarnos, señora Kurtidu.
– Vamos. Yo debería haberles invitado a cenar en casa, pero Zeodosis está en Frankfurt, visitando a nuestro hijo, y no acabo de acostumbrarme a organizar cenas sin él.
Miro por la ventanilla del coche patrulla la neblina que cubre la ciudad. Pasamos por delante de una taberna de pescado alojada en un edificio de tres plantas y, un poco más abajo, dejamos el paseo marítimo del Cuerno de Oro y torcemos a la izquierda. Enseguida queda clarísimo que Murat tenía razón. Nos adentramos en unos callejones donde las casas son todas iguales, viejas, hermosas y a punto de desmoronarse. A veces esta ciudad me recuerda una mansión señorial restaurada por fuera, con exteriores impresionantes e interiores en ruinas. El colega conductor recorre dos callejones tan estrechos como un camino de cabras, desemboca en un tercero, ancho como un paso de carros, deja atrás una mezquita y se detiene un poco más allá.
– Çimen sokak -dice y señala el rótulo de la calle.
El número 5, la casa de Efterpi Lasaridu, está dos puertas más adelante. Es una construcción de dos plantas, de color pistacho intenso y con macetas en las ventanas de la primera planta. Aunque Efterpi Lasaridu se sorprende al verme, no olvida mostrarse cortés, algo característico de esta ciudad.
– Bienvenido, señor comisario.
– ¿Podría hablar con usted?
– Desde luego. -Y añade con cierta amargura-: A mi edad y en el lugar donde vivo, cualquier visita hace compañía.
Me hace pasar a un recibidor con paredes de piedra, con una puerta a la izquierda y otra, más pequeña, a la derecha. Abre la puerta de la izquierda y entramos en un saloncito que parece de otra época; la anciana debe de haberla heredado de su abuela. Bajo la ventana hay un diván cubierto con una gruesa colcha de punto. En el centro hay una mesa redonda de madera y, a su alrededor, cuatro sillas de madera pintadas de negro, con asientos de mimbre. Junto a sendas paredes, dos sillones de respaldo de madera y con los apoyabrazos cubiertos con bordados.
– ¿Me aceptará un café?
– Con mucho gusto.
Me siento en el diván para esperar el café mientras miro por la ventana el coche patrulla, que arranca lentamente y tuerce a la derecha. Esta calle se halla en el escalafón más bajo del deterioro. La casa de enfrente, también de dos plantas, es más grande que la de Efterpi Lasaridu; tiene cuatro ventanas por piso y un balcón, como casi todas las viejas casas de madera, pero da la sensación de que, si alguien camina por el primer piso, el edificio se vendrá abajo como bajo los efectos de un terremoto de siete grados en la escala de Richter. Y, sin embargo, parece estar habitada, porque han tendido una colada en el balcón de la primera planta. Abajo, sentada en los escalones de la entrada, una mujer gorda con un pañuelo en la cabeza limpia judías verdes, mientras tres chiquillos chapotean en las aguas embarradas.
– Todo Fanar era así en los viejos tiempos -oigo que dice Efterpi Lasaridu y me vuelvo-. Como la casa de los Mijailidis, ahí enfrente. Ahora sólo quedan ruinas. En parte, porque nosotros lo abandonamos todo y nos fuimos, y en parte porque los turcos quisieron apoderarse de Fanar y nos mandaron a toda esa gentuza. Ahora, ya ve, sólo hay ruinas.
Me sirve el café en una pequeña bandeja de plata, junto con un dulce que conozco bien, parecido a la mermelada, en un platillo y un vaso de agua. De repente recuerdo que, cuando fui con mis padres a pedir a Adrianí en matrimonio, su madre nos sirvió café con un dulce de higo, como ahora. No sé cómo catalogar el dulce que me sirve Efterpi Lasaridu: si como una tradición que se mantiene viva o como la inercia enmohecida que parece afligir a toda la ciudad.
Efterpi Lasaridu se sienta frente a mí, apoya el codo en la mesa y espera. Yo tomo primero un sorbo de café y luego empiezo con las preguntas:
– ¿Recuerda si María le habló alguna vez de un tal Lefteris?
– ¿Lefteris? No, es la primera vez que oigo ese nombre. -Escarba en su memoria a ver si da con un filón de recuerdos-. En nuestros tiempos vivía en Trebisonda un Elefterios Sandaltzidis, pero lo mataron los tsetes, los comandos guerrilleros turcos, porque trabajaba para los griegos. No conozco a ningún otro Lefteris. -En ese instante se le ocurre la pregunta ineludible-: ¿Qué tiene que ver ese Lefteris con María?
– Hace dos días María mató a un turco.
– ¿A un turco? -repite la señora Lasaridu y se santigua.
– Pues sí. Con una empanada envenenada, igual que a su hermano y a Kallopi Adámoglu. Antes de entregarle la empanada le habló de ese tal Lefteris. Intentamos averiguar quién era ese hombre y cuál era su relación con María.
La mujer da la impresión de no entenderme, de encontrarse totalmente perdida.
– Un turco…, Lefteris… -farfulla. De pronto parece haber tenido una idea genial-: ¿No se habrá vuelto loca, señor comisario?
– No podría afirmarlo con seguridad. En todo caso, nadie de los que la han visto tuvo esa impresión. Usted tampoco.
No hace ningún comentario porque ya se le ha ocurrido otra cosa.
– ¿Y Safó? -pregunta inquieta-. ¿Sabe si fue a ver a Safó?
– Lo hizo, pero su cuñada había muerto hacía un año. En el geriátrico de Baluklís. -La señora Lasaridu vuelve a santiguarse, aliviada-. Aunque no tenía intención de matarla. La empanada que le llevaba no estaba envenenada. Se la comieron un par de viejecitos y la encontraron deliciosa. Además, le llevó flores a la tumba.
Efterpi Lasaridu menea la cabeza con gesto fatalista.
– Al final, se dio cuenta de que Safó quería ayudarla -murmura y llega a la sencilla conclusión-: De modo que no está loca.
Cae el silencio entre nosotros y pienso que ha llegado el momento de marcharme; no creo que Efterpi Lasaridu pueda arrojar luz sobre el misterio. Aquí se pierden las huellas hasta que se produzca el siguiente asesinato, me digo, salvo que haya suerte y no mate a otro. Me tomo el dulce para no hacerle un feo y me dispongo a levantarme cuando la mujer me detiene con una pregunta:
– Ese turco a quien mató, ¿cómo se llamaba?
Saco del bolsillo el trozo de papel donde había anotado el nombre para no olvidarlo.
– Kemal Erdémoglu.
– ¿Dónde vivía?
– En un barrio frente a Tatavla, más o menos, aunque un poco más abajo. El nombre empieza por Ni…
– Nişántaşi.
– Exacto.
Reflexiona de nuevo.
– No recuerdo que María hubiera trabajado en casa de unos turcos. Por mucho que lo intente, no lo recuerdo. ¿A qué se dedicaba ese Erdémoglu?
– Tenía una tienda de ropa en Pera.
– ¿En qué parte de Pera? -pregunta ella con obvio interés.
– Frente a la iglesia católica.
– ¿San Antonio?
– Sí.
Ni siquiera delante de unos iconos se habría santiguado tantas veces Efterpi Lasaridu.
– O sea, que se trata de aquel Lefteris… -murmura.
– ¿Lo conoce? ¿Sabe dónde puedo encontrarle?
– Ya no vive, señor comisario. Murió hace tiempo.
– ¿Entonces?
Veo que se dispone a contarme la historia.
– Cuando los sucesos de septiembre, en 1955, María trabajaba en casa de los Meletópulos. Lefteris Meletópulos tenía una tienda de ropa frente a San Antonio. Aquella noche de septiembre la destrozaron. Entraron violentamente en la tienda, se entregaron al pillaje y le robaron toda la mercancía. Por la mañana, Lefteris Meletópulos no encontró más que un montón de ruinas. Ese Kemal Erdémoglu que dice era el dueño de la tienda de al lado, que vendía ropa de mujer. Lefteris Meletópulos mantenía una buena relación con él. «Buenos días, komşú», es decir, «buenos días, vecino». «¿Cómo estás, komçú?» A veces tomaban un té juntos. Cuando uno tenía un vecino turco, siempre procuraba estar a buenas con él, por si acaso. Lefteris Meletópulos no sabía qué hacer. ¿Volver a abrir la tienda o cerrarla para siempre? Entonces apareció Kemal Erdémoglu y le propuso comprársela. No ofrecía ni la mitad de lo que valía, pero Lefteris Meletópulos ya estaba harto y se la vendió. «Será mejor abrir una tiendecita en Tatavla o en Ferikóy para no provocarles», le dijo a su mujer. No había pasado un mes desde que abrió la tienda nueva en Ferikóy cuando apareció de pronto un komiseri que Lefteris conocía de Pera. «Lefteris», le dijo, «voy a enseñarte una cosa, pero no digas que lo sabes por mí, porque será mi ruina.» Y sacó unas fotografías. Eran fotos de los sucesos de septiembre y en ellas se veía cómo Kemal Erdémoglu destrozaba la tienda de Lefteris Meletópulos. ¿Comprende usted? Primero le destrozó la tienda y luego se la compró. Lefteris no se atrevió a ir a hablar con él. ¿Qué podría decirle? No podía demostrar nada. El komiseri se llevó las fotografías. Sólo se lo contó a su mujer. Dos días después sufrió una embolia cerebral y se le quedó paralizado el lado derecho del cuerpo. Su mujer cerró la tienda porque no podía ocuparse de ella. Lo vendió todo y malvivieron de lo que sacaron de la venta. ¿Y qué decir de María? Se marchó sin cobrar siquiera la mensualidad. «¿Qué voy a cobrar?», comentaba. «Ellos no tienen ni para comer. Sería una vergüenza, después de comer de su pan tantos años.» Ésta es la historia de Lefteris, señor comisario.