– Si a los alemanes les hubiera contado la historia de Sergei, habrían exclamado que el chico hizo muy bien en oponerse -dice Murat-. Pero a mí y a Nermín, que llevaba pañuelo, nos miraban con recelo.
Se impone el silencio y los cuatro nos concentramos en la comida. Es sabrosa pero no es la comida a la que nos hemos acostumbrado desde que llegamos a la ciudad. Parece que Adrianí llega a la misma conclusión, porque pregunta a Nermín con mi mediación:
– La comida está deliciosa, señora Nermín, pero no se parece en nada a los platos típicos de aquí.
Nermín se ríe.
– No se parece porque no es comida turca, Mrs. Jaritos. Es alemana. Redondo de ternera con patatas saladas y col lombarda. A Murat le gusta mucho la cocina alemana. Porque nació y creció en Alemania. Yo fui allí cuando tenía siete años. -Hace una pausa antes de añadir con cierta amargura-: Yo aprendí de los alemanes hasta su cocina. Los alemanes no aprendieron nada de mí.
– Por eso digo que las minorías están siempre bajo sospecha y siempre tienen la culpa -interpone Murat-. Por eso te dije que comprendo mejor a los griegos. Porque he pasado por esto.
Aquí pasa lo mismo que en Grecia. Las historias tristes caldean la atmósfera. Muy a mi pesar, a Adrianí se le desata la lengua y yo tengo que hacer las veces de intérprete. Pregunta a Nermín si tienen hijos y, al recibir una respuesta negativa, empieza a hablarle de Katerina, de Fanis y de la inminente boda.
Pienso que, si nos quedamos aquí un par de semanas más, mi mayor provecho de este viaje será que acabaré hablando un inglés de Oxford.
Sólo hacia el final de la velada logro informar a Murat de mi visita a Efterpi Lasaridu. Me escucha y menea la cabeza.
– Al menos, ahora ya sabemos por qué lo mató, aunque no podemos hacer nada -responde.
Cuando nos levantamos para irnos, Murat insiste en llevarnos al hotel con su coche, un Opel Corsa de fabricación alemana. Lógico.
Capítulo 24
La manera más segura de que me estropeen el día es que el teléfono me pille recién levantado y con legañas todavía en los ojos. Aun cuando la llamada sea agradable, el cabreo me dura el día entero. Vlasópulos y Dermitzakis, mis ayudantes en Jefatura, ya lo saben y, cuando me ven irrumpir en el despacho con cara de pocos amigos, preguntan: «¿Le ha despertado el teléfono, señor comisario?».
La llamada matutina se produjo a las ocho, mientras me afeitaba, y era de Guikas.
– Quería decirte que he ordenado que te abonen los dos billetes de vuelta, el tuyo y el de tu mujer. Además de los gastos de hotel de tu mujer mientras estéis ahí.
Calla y aguarda mi reacción. Los dos sabemos que su repentina generosidad se debe a mi estallido de ayer y tiene como objetivo aplacarme, para que él gane algo de tiempo y tranquilidad. Al mismo tiempo, no obstante, espera que le agradezca el gesto, ya que ha convertido nuestro viaje de placer en una misión policial y nos ahorra gastos.
– Bueno, algo es algo -contesto con desgana, para demostrarle que se lo agradezco, pero que no es como para hacerle un icono.
– ¿Cuándo es la boda de Katerina?
– Este domingo no, el siguiente. ¿No ha recibido la invitación?
– La tendrá Kula. -Se produce una pequeña pausa y luego Guikas prosigue en un tono más formal-: Claro que hay otra solución.
– ¿Cuál?
– Que vengas a Atenas para la boda de tu hija y luego regreses a Estambul para seguir con la investigación.
Sé muy bien que esto es una amenaza, indirecta pero eficaz: si no te gusta, señor mío, ven a Atenas el sábado y vuélvete allí el lunes. «Palabras hueras», como diría mi madrina solterona, porque, si no logramos resolver el caso en los próximos días, mi presencia aquí será inútil. ¿Durante cuánto tiempo podré seguir persiguiendo a María Jambu? Tarde o temprano Murat tendrá que continuar solo y, cuando atrape a la asesina, si es que la atrapa, nuestro consulado se ocupará del resto. En resumen, lo único positivo es que la policía griega se hace cargo de los gastos adicionales de nuestro viaje; no hay mal que por bien no venga.
– Esperemos a ver qué ocurre y ya volveremos a hablar dentro de unos días -le digo, dejándolo en suspense.
Bajo a desayunar oscilando entre el buen humor por la oferta de Guikas y el mal humor por la llamada temprana. Sigo fiel a la rosca de pan con queso acompañada del consabido café dulce ma non troppo, aunque me siento un poco raro desde que se fueron los demás viajeros de nuestro grupo. Me siento frente a Adrianí y desayunamos en silencio, mientras a nuestros oídos llega un batiburrillo de turco, francés, alemán y un poco de ruso.
Le comento la llamada de Guikas y su ofrecimiento de hacerse cargo de nuestros gastos.
– Así que eres una invitada de la policía griega -concluyo con una sonrisa.
– Pues toma nota -es su concisa respuesta.
– ¿Yo? ¿Tomar nota de qué?
– De que no tienes fe en tu valía, Kostas. En cuanto te plantas, Guikas cede, porque sabe que te necesita. Y tú no sabes sacarle partido, porque no confías en ti mismo.
A punto estoy de cabrearme otra vez, porque acaba de mandar a paseo mi buen humor y me ha dejado con la irritación. Sé muy bien que Guikas me necesita, pero yo le necesito a él otro tanto: si las cosas se tuercen y me destinan a otro departamento, no veo nada claro que el nuevo director me dé carta blanca, como hace Guikas. De acuerdo, quizá lo haga porque le conviene, pero ¿quién me asegura de que mi nuevo director sabrá también qué le conviene? Por eso Guikas y yo nos entendemos tan bien, porque sabemos, a pesar de nuestras quejas, que la necesidad es mutua y no un camino de dirección única.
– Perdonen, ¿son griegos?
La que pregunta es una cincuentona rolliza que lleva vaqueros, una blusa de color rojo, zapatillas deportivas plateadas y un alijo de joyas en los diez dedos de las manos.
– Sí -responde Adrianí.
– ¿Hace tiempo que están aquí?
– Casi dos semanas.
– Siento molestarles, pero ¿no habrán descubierto alguna tienda con prendas de cuero de calidad? -Al ver que su pregunta nos sorprende, nos da las explicaciones pertinentes-: Nosotros llegamos ayer en autocar desde Tesalónica y una visita a las tiendas de cuero forma parte del programa de actividades, pero, como comprenderán, los guías turísticos cobran comisiones y no sé adónde piensan llevarnos. Por eso se me ha ocurrido que quizás ustedes…
– No sé qué decirle -duda Adrianí-. Nosotros compramos una cazadora de cuero para nuestro yerno, pero nos llevó a la tienda una amiga y no sabría decirle cómo llegar.
– Quizá su amiga…
– Es una pena, pero ya está en Atenas. Volvió antes que nosotros -la interrumpe Adrianí, que sabe proteger a sus fuentes.
– Ya entiendo. Gracias de todos modos… -La mujer vuelve a su mesa con la decepción impresa en la cara e informa al resto de sus acompañantes-. De todas formas, yo voy a buscar por mi cuenta. No permitiré que ese estafador me tome el pelo -exclama una voz femenina iracunda.
– Pero, dime, ¿vienen aquí sólo para comprar prendas de cuero? -me asombro.
– Es más habitual que venir para buscar asesinos -dice ella para provocarme.
– Mister Jaritos, a visitor is waiting for you in the lobby.
Me levanto pensando que se trata de Murat y me preparo para recibir malas noticias.
– ¿Tengo que recordarte que en unos minutos vendrá la señora Kurtidu para que demos la vuelta al Bósforo en barco?
No le hago caso y me dirijo al vestíbulo. Busco a Murat y me topo con Efterpi Lasaridu. Está sentada en el borde de uno de los sillones frente a la recepción, lleva zapatos planos y medias negras, y mantiene las piernas muy juntas de la rodilla para abajo.