Выбрать главу

Cuando suena mi móvil estoy tan convencido de que me llama Murat que ni siquiera miro la pantalla para comprobar el número. Aprieto el botón con un «yes».

– ¿Es usted, señor comisario? -pregunta una voz en griego.

Esta vez respondo con un «sí» que no sé si denota alivio o decepción.

– Soy Markos Vasiliadis, le llamo desde Atenas. Espero no molestarle.

Me alejo de Adrianí y de la señora Kurtidu para poder hablar tranquilo.

– No me molesta, señor Vasiliadis.

– Llamaba para preguntarle si hay noticias.

– Las hay y no son agradables. -Y le cuento a grandes rasgos todo lo que ha ocurrido desde nuestro último encuentro.

– ¿Y todavía no la han localizado?

– Por desgracia, no. En este momento, estamos buscando a esa familia turca a fin de prevenir males mayores.

Me da las gracias entre suspiros y cuelga el teléfono, mientras yo me acerco de nuevo a mis dos acompañantes.

– Estamos invitados mañana por la noche -me dice Adrianí-. La señora Kurtidu nos invita a cenar a su casa.

– No quisiéramos molestarla -me apresuro a decir para guardar las apariencias.

– No es ninguna molestia. Zeodosis, mi marido, volvió ayer de

Alemania y nos encantará cenar con ustedes, así él también podrá conocerles. Vendrán también unos amigos.

– No se olvide de darnos la dirección -le recuerda Adrianí.

– No es necesario. Zeodosis pasará a recogerles cuando salga del trabajo. ¿Les parece bien a las ocho?

– Estupendo -asegura Adrianí.

El barco ya ha emprendido el camino de regreso. Avanza lentamente a lo largo de la costa, entre barcas pesqueras con pescadores que pescan de dos en dos. Un poco más abajo se acerca al castillo grande de la costa europea.

La llamada de Murat llega, por fin, cuando nos acercamos al barrio de Arnavutkóy y ya puedo distinguir desde el barco la taberna Efzalía, donde cenamos días atrás.

– Any news? -pregunto sin molestarme en disimular mi angustia.

– No news, good news -responde él riéndose.

– ¿Qué significa esto? ¿Todavía no les habéis localizado?

– Les localizamos. Se trata de la familia Taifur. Ya no viven en Cihangir, sino lejos del centro, en un distrito que se llama Eséntepe.

– ¿Y?

– Parece que no ha pasado nada. Preguntamos en la comisaría del distrito, pero no les constaba ninguna denuncia. Por lo tanto, hemos de suponer que María no se acercó a ellos o que todavía no los ha localizado. En todo caso, ordené a la policía local que vigilara el edificio discretamente y que, si aparece una vieja que obedece a la descripción de María Jambu, la detengan enseguida.

– Entonces, aún no has hablado con la familia.

– No. Pensaba ir a verles contigo. Aunque me has contado lo que te dijo la griega, prefiero que estés presente, porque conoces la historia mejor que yo y tal vez repares en algo que a mí pudiera pasárseme por alto. ¿Dónde estás ahora?

– Dando una vuelta por el Bósforo. -Miro hacia la orilla, en busca del rótulo más próximo al barco-. Nos encontramos en un lugar que se llama Arnavutkóy y nos dirigimos de vuelta al puerto.

– Muy bien, voy hacia el muelle con un coche patrulla. Si llegas antes que yo, espérame.

Vuelvo aliviado a mi asiento. Ahora que estoy más tranquilo, puedo disfrutar de las vistas y la brisa del mar, aunque sólo sea en el viaje de regreso.

Capítulo 26

Hago de nuevo el trayecto del Bósforo, esta vez por tierra, siguiendo la costa occidental y en un coche patrulla. Dejamos atrás el embarcadero de donde parten los catamaranes, pasamos de largo el palacio de Dolmabahçe y llegamos a otro, un palacio más pequeño convertido en hotel de gran lujo, sobre todo para empresarios, que son los sultanes de la nueva era.

– Si se produce otro asesinato, tenemos que publicar, como dije, la fotografía de María Jambu en los periódicos, aunque sea arriesgado para la población griega, como dices tú.

Murat se vuelve y me mira.

– Esta mujer es un fantasma. No se puede reconocer a un fantasma en las fotografías.

Da un volantazo a la izquierda para entrar en un ancho bulevar que asciende. A ambos lados de la avenida se alzan bloques de pisos, algunos nuevos y otros que ya tienen sus añitos. Hay bastante circulación, pero el bulevar es traffic-friendly, como se dice ahora, y me ahorro los improperios.

– En la época de mi padre, aquí sólo había descampados -me explica Murat-. Yo conocí la zona como es ahora, pero mi padre la conocía de hace años. Cuando viene a Estambul, siempre quiere que le traiga aquí. Aparco junto a la acera, él baja del coche, mira a su alrededor y habla solo: «¡Alá, Alá, mira cómo han cambiado los eriales!». Aunque ya haya venido diez veces, todavía no lo ha asimilado.

A medida que ascendemos, los edificios ganan en altura y en anchura. Una vez en la cima, el coche patrulla tuerce a la izquierda y enfila otro ancho bulevar.

– Estamos en la Ronda -explica Murat-. Si seguimos adelante, volveremos a Şişli, la parte vieja de Estambul.

Pero no seguimos hacia la parte vieja. Torcemos a la derecha y tomamos por una calle más angosta. Murat conduce lentamente, para leer los números de las casas, hasta que aparca delante de la que buscamos. Llama al timbre del piso en el que se lee «Taifur». A la pregunta que le hacen a través del interfono responde secamente «police» y la puerta se abre enseguida.

– Está en la quinta planta -me dice Murat.

Nos abre una señora en esa franja de edad imprecisa, entre los cincuenta y los sesenta. Lo de «señora» es por su forma de vestir, sencilla aunque elegante, y por su cara sin maquillar, sus uñas sin pintar y su mirada, que impone respeto y descarta ponerse en plan poli duro.

Murat se somete sin dudar a las circunstancias y le explica cortésmente el motivo de nuestra presencia. Al principio da la impresión de que el nombre de María Jambu no le dice nada, pero, de pronto, la mujer lo recuerda y, mientras exclama: «¡Ah, sí, María!», nos invita a entrar en el apartamento. Murat y yo nos miramos y él asiente satisfecho: todo indica que María ha pasado por aquí sin dejar sorpresas desagradables.

La mujer nos conduce a una sala de estar dividida en dos: una parte con decoración moderna y otra antigua. La parte moderna contiene un sofá y dos sillones de piel, mientras que la antigua, otro sofá y un par de butacas de madera torneada y pintada de negro.

Nos invita a sentarnos en la parte moderna de la sala; Murat y yo nos acomodamos en los sillones, y ella, en el sofá. Murat empieza a interrogarle en turco, la señora le contesta también en turco y yo me dispongo a interpretar otra vez el papel de la maceta decorativa, que Murat riega de vez en cuando con alguna que otra explicación. Por suerte, a la señora, refinada e inteligente, le incomoda verme sentado ahí, en el sillón, fingiendo observar el entorno, de modo que se dirige a mí.

– I'm Selma Taifur and l'm a professor of English literature at the University of Istanbul -se presenta, en un inglés tan impecable que casi se me traba la lengua. Y sigue sorprendiéndome con una pregunta-: ¿Qué tal Samos? -Al ver que no puedo responderle, porque hace más de veinte años que no me preocupa el estado de salud de esa isla, prosigue-: El pasado septiembre asistí a un congreso que se celebró en Samos. ¡Qué isla tan preciosa! Me gustó tanto que mi marido y yo hemos decidido ir allí de vacaciones el próximo verano.

A continuación pregunta algo a Murat en turco, él le contesta y Selmá se dirige de nuevo a mí:

– El señor Sağlam me dice que ésta es una visita extraoficial. Por tanto, será mejor que hablemos en inglés, para que usted también nos entienda. -Hace una pausa para ordenar sus pensamientos y empieza-: Una tarde, hará unos diez días, llamaron a la puerta. Yo misma abrí y me encontré delante de una mujer muy anciana y muy abatida. Me preguntó si se encontraba aquí Madame Eminé. Eminé es el nombre de mi madre. Le dije que sí, que estaba en casa, y preguntó si podía verla. «Dígale a la señora Eminé que soy María, la de Zoé y Minás», añadió. Aunque esos nombres no me decían nada, hablé con mi madre. Y ella recordó que, cuando nuestra familia vivía en Cihangir, en la casa de unos vecinos trabajaba una muchacha llamada María. -Enmudece bruscamente y parece titubear-. Es una larga historia -dice al final-. Será mejor que se la cuente mi madre. Yo apenas la sé.