– No quisiéramos molestar a su madre. Nos la puede contar usted -interviene Murat, que, por un lado, se imagina que la madre de Selmá Taifur debe de ser muy anciana y, por otro, ha decidido comportarse como un santo.
– Mi madre -replica Selmá riéndose- está en una edad en la que sólo le divierten las viejas historias, señor Sağlam. Aprovecha la menor oportunidad para relatarnos anécdotas que nadie ha vivido y nadie recuerda. Para ella no es ninguna molestia sino, al contrario, un gran placer. -Y se levanta para ir a buscar a su madre.
– Hasta aquí, vamos bien -me dice Murat satisfecho.
– Sí, presiento que oiremos algo muy agradable.
– ¿Por qué? -pregunta sorprendido.
– Porque, al parecer, no se ha cometido otro asesinato. Y, tratándose de María, ésa es una buena noticia.
Interrumpimos la conversación cuando, acompañada de Selmá Taifur, aparece en la puerta de la sala una mujer que ronda los ochenta años. Lleva bastón y tiene el pelo blanco, recogido en un moño. Camina con cierta dificultad, aunque va erguida y viste con elegancia, como si acabara de llegar de la calle.
– Mi madre, Eminé Kaplán -nos la presenta su hija.
La anciana se sienta en el sofá y apoya el bastón a su lado. Poco después aparece una criada llevando una bandeja con una tetera y varias tazas. Aguardo con paciencia a que concluya la ceremonia de servir el té y la señora Eminé tome la palabra. A partir de ese momento, la conversación transcurre en dos planos: el original en turco y la traducción, a cargo de Selmá, en inglés.
– Cuando su hija Selmá le dijo el nombre de María, ¿recordó enseguida de quién se trataba? -pregunta Murat a Eminé.
– Lo recordé cuando oí los nombres de Zoé y Minás. Eran vecinos nuestros cuando vivíamos en la calle Güneşlí, en Cihangir. María era su criada. Entonces era joven, quizá diez años mayor que yo. Todos la querían, no sólo sus amos, sino también mi madre. Ya entonces preparaba unas empanadas deliciosas. Mi madre, que también hacía hojaldre, solía tomarle el pelo: «María, hoy mi empanada será mejor que la tuya», le decía. María se reía. «La suya siempre es más sabrosa, Melek hanum», respondía, sólo para ser amable. Porque la empanada de María, es verdad, era siempre la más sabrosa.
– ¿Sabe por qué se fue de aquella casa?
– Porque la familia se arruinó con el varliki. No puedo recordar cómo se llamaban. Dag… no sé qué, me parece. Nosotros les conocíamos como Monsieur Minás y Madame Zoé. Así se hacía entonces. Los turcos se llamaban hanum y bey o efendi, pero a los miembros de las minorías les llamaban Madame y Monsieur. Con el varliki, gravaron a Monsieur Minás con un impuesto escandaloso, que de ningún modo podía pagar. Les embargaron el piso, y al matrimonio sólo les quedaba esperar cuándo sacarían sus pertenencias en subasta pública. -Reflexiona un momento y añade-: No sé si fue a finales del 42 o a principios del 43. Quizá fue en el 43, porque ese año, según contaba mi madre, empezaron las subastas.
Enmudece, se apoya en el respaldo del sofá y se lleva la mano a la frente, como si fuera a contar una gran desgracia que hubiera ocurrido ayer mismo. Su hija la mira preocupada, pero Eminé la tranquiliza.
– El alguacil les avisó el día antes de la subasta. Madame Zoé lloraba y se golpeaba el pecho. «Que me lleven también a mí, que me vendan, a ver si cubrimos la deuda», gritaba. Monsieur Minás se quedó con ella en casa, pero no conseguía calmarla. Deambulaba por la casa como un fantasma. En un momento dado, mi madre irrumpió en el piso y empezó a recoger dos grandes alfombras que tenían, una en el salón y la otra en el comedor. Madame Zoé, al verla afanarse de ese modo, le dijo: «¡Llévatelas, Melek hanum, llévatelas! ¡Mejor tú que unos desconocidos!». Mi madre dejó las alfombras, se acercó a ella y empezó a zarandearla para hacerla reaccionar: «Zoé, son alfombras de Esparta, hechas a mano. Valen una pequeña fortuna. Me las llevaré y las esconderé. Esconderé también tus joyas. Así al menos tendréis algo para volver a empezar. ¡Que no os lo quiten todo!». -Eminé se vuelve hacia su hija-: Tu abuelo se había marchado por la mañana, no soportaba aquello -le dice-. «No quiero verlo», declaró. -Ahora se dirige a Murat y a mí-: Así eran las cosas entonces. Sólo los hombres tenían derecho a largarse. Las mujeres no podíamos huir. -Aspira profundamente y prosigue-: Cuando llegó el alguacil con los que pujarían en la subasta, mi madre se llevó a Zoé y a Minás a nuestro piso, para evitarles el mal trago. Si no recuerdo mal, sólo María fue testigo de la subasta. Yo me había acurrucado en un rincón y observaba los sucesos asustada, sin comprender lo que ocurría. Madame Zoé sollozaba en silencio, Monsieur Minás tenía la mirada clavada en el suelo. En cuanto a mi madre, caminaba arriba y abajo murmurando sin cesar: «Es un crimen, es una vergüenza».
La oigo repetir una y otra vez las palabras ayipgunak, ayipgunak, pero no logro distinguir qué significan. Pero no importa, da la impresión de que lo que cuenta es la combinación de ambas.
– Cuando, al cabo de unas horas, se marchó el bailío con los compradores, Madame Zoé y Monsieur Minás entraron en su apartamento para ver qué les habían dejado -prosigue Eminé-. Una mesa de madera, cuatro sillas, la cama de matrimonio y las paredes desnudas, eso es todo lo que quedaba. Zoé se volvió hacia su marido: «No se han llevado nada, sólo hemos hecho un giotsi, ¿verdad, Minás?, sólo hemos hecho una mudanza», dijo y cayó desmayada. -Se dirige de nuevo a su hija-: Tu abuela, mujer previsora, llevaba un frasco de colonia e intentó reanimarla. A mí me mandó a buscar a un médico griego que vivía unas casas más abajo. Llegó el médico y le puso a Madame Zoé una inyección para dormirla.
Interrumpe su relato para asir su bastón, como si se hubiera fatigado y necesitara apoyarse en algo. Después se dirige a Murat y a mí:
– Mientras sucedía todo aquello, María no abrió la boca. Se metió en la cocina y empezó a preparar cafés para mi madre, Monsieur Minás y el médico, que se habían quedado charlando. Y luego se arremangó y se puso a preparar una empanada de queso para todos.
Ha terminado la historia y suspira profundamente. Murat me mira y menea la cabeza, como si quisiera recordarme lo que me dijo cuando discutimos el otro día, a propósito de lo duro que es pertenecer a una minoría.
– It was a terrible time -apostilla Selmá-. Fueron tiempos terribles. Y cuando se está librando una gran guerra, a nadie le importan las pequeñas batallas.
– ¿Puedo hacerle una pregunta? -inquiero a Eminé por mediación de su hija-. Cuando María vino a verla, ¿les trajo alguna cosa o vino con las manos vacías?
– Nos traía una empanada de queso -contesta la anciana-. «Por el alma de tu madre, que era una buena persona», me dijo, «y para que veas que mis empanadas siguen siendo deliciosas.» Puedo asegurarle que era aún más sabrosa que las que preparaba de joven, benditas sean sus manos. -Calla por un momento y luego añade con cierto titubeo-: Traía algo más. «Esto es para ti», me dijo. «Lo he llevado encima todos estos años, pero ahora quiero que lo tengas tú, para que me recuerdes.»