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– ¿Y qué era? -inquiere Murat.

Eminé se dirige a su hija:

– Está en mi mesilla de noche, junto a la cama.

Selmá sale de la estancia y vuelve mientras Murat conversa en turco con Eminé. Lleva una fotografía en las manos. Solícita, se la entrega a su madre, que, a su vez, se la da a Murat. Me levanto y me acerco a él. Es la foto de un viejo barco con una chimenea muy alta. Está atracado en un muelle y numerosas barcas lo rodean por la proa. El mar está tranquilo y en la costa que aparece al fondo se distinguen las casas cercanas a la orilla. El barco se recorta sobre una colina cubierta de pinos. Me cuesta distinguir el nombre del barco: Neveser. Podría ser el que trajo a la familia de María del Mar Negro a Constantinopla, me digo. Ha llevado consigo la foto del barco toda la vida y ahora se la ha entregado a Eminé, porque sabe que se acerca su fin. Pero ¿dónde estará ese puerto del Mar Negro?

– ¿Le importaría prestárnosla para hacer una copia? -pregunta Murat a Eminé-. Se la devolveré mañana.

– Por supuesto -accede Eminé sin dudarlo.

Su hija, sin embargo, se muestra más recelosa.

– Perdonen que me entrometa, pero ¿qué pasa con María? ¿Por qué la buscan? -pregunta a Murat.

– Ha desaparecido e intentamos localizarla. Es muy mayor y, según todos los indicios, está enferma.

Selmá expresa su conformidad al instante.

– Tiene razón. Yo la vi muy decaída.

No tenemos más preguntas y nos ponemos de pie. Nos despedimos de Eminé Kaplán y su hija nos acompaña a la puerta.

– ¿Me permite una última pregunta? -digo a Selmá cuando estamos ya a punto de irnos-. ¿Cómo les encontró María después de tantos años?

– Fue a preguntar a la casa donde vivíamos antes. Nosotros nos marchamos de Cihangir por mamá. Sufre del corazón y el aire aquí es más limpio. Sin embargo, mamá no quiso que vendiéramos la casa de Cihangir. «No pienso vender la casa de mis padres, la casa donde yo nací», nos dijo. Así que la alquilamos, para que ella tenga unos ingresos propios y se sienta más independiente.

– It's unbelievable -dice Murat ya en la planta baja-. Es increíble, esa mujer, María, piensa como nosotros. También nosotros interrogamos a los inquilinos para saber dónde encontrar a la familia Taifur.

– ¿Qué opinas del barco?

– Lo más probable es que se trate del barco que la trajo del Mar Negro a Estambul. Es su única pertenencia y se la ha legado a Eminé.

– ¿Te suena de algo el puerto que aparece en la fotografía?

– Pues no. La foto es muy vieja y yo no conozco Turquía tan bien. Aunque no será difícil identificarlo.

Subimos al coche patrulla para emprender el trayecto de vuelta. Antes de arrancar el motor, Murat se vuelve y me mira:

– Ve a Atenas para la boda de tu hija -dice-. Aquí ya no puedes hacer nada. No es seguro que encontremos a María Jambu con vida y, aunque lo consigamos, dudo que viva hasta el juicio.

Capítulo 27

– Papá, no quiero presionaros, pero ¿cuándo pensáis volver? Sólo quedan diez días para la boda. ¿Tan bonita es esa ciudad que no podéis abandonarla?

– No es la belleza de la ciudad, hija mía. Ando muy liado con el caso de esa mujer. Como dice mi colega turco, estamos persiguiendo a un fantasma.

– Lo entiendo. ¿No deberíamos entonces aplazar la boda?

– Ni se te ocurra. Este fin de semana estaremos en Atenas. Tendremos una semana entera por delante.

– Vale, pero estoy esperando a mamá para comprar el traje de novia. Y no es muy probable que encuentre mi talla exacta. Habrá que hacerle algunos arreglos, y no sé si habrá tiempo suficiente.

– ¿Por qué no lo compras tú sola?

– ¿Olvidas que prometí a mamá que lo haríamos juntas?

– No lo olvido. Puedes decirle a tu madre que has encontrado una oferta a mitad de precio, que es el último traje y que, si no lo compras ya, lo perderás y tendrás que pagar el doble.

Se ha producido una pausa.

– Papá, ¿te parece bien conspirar contra mamá y confabularnos a sus espaldas?

– No, no me parece nada bien; es más, me da vergüenza. Pero la única manera de ganar a tu madre es jugando con dos barajas.

Katerina se ha echado a reír.

– De acuerdo, me has convencido.

Esta conversación ha tenido lugar por la mañana, después del desayuno. Luego Adrianí y yo hemos ido a la agencia de viajes para comprar los billetes de vuelta. Había plazas en el vuelo nocturno del sábado, pero Adrianí las rechazó sin contemplaciones.

– No quiero viajar de noche. Quiero mirar por la ventanilla y ver las nubes y la tierra allí abajo, no la negra oscuridad.

Lo malo era que los vuelos del domingo estaban completos. En consecuencia, teníamos que esperar hasta el lunes. Cuando le dije que así perdíamos un día entero, Adrianí se volvió y me miró enfadada.

– Hemos perdido una semana entera por tu culpa, ¿y ahora te preocupa que perdamos un día por mí?

Lo dicho: a Adrianí sólo se la puede ganar jugando con dos barajas. Llamé a Murat para informarle de nuestros planes. Él no tenía nada nuevo que contarme, de modo que ahora estamos sentados en la recepción, Adrianí con una caja de dulces en el regazo, esperando la llegada de Zeodosis Kurtidis.

No sé si nos ha reconocido por nuestra actitud de espera, ya que la zona de recepción es únicamente de tránsito, o por la caja de dulces. En cualquier caso, el hombre ha entrado en el hotel a las ocho en punto y ha venido derecho hacia nosotros.

– Si no me equivoco, ustedes son los señores Jaritos -dice-. Yo soy Zeodosis Kurtidis.

El marido de la señora Kurtidu ronda los sesenta, es grueso, lleva traje y corbata y está casi calvo. El poco pelo que le queda ha encontrado refugio en las inmediaciones de sus sienes. Da la impresión de haber vivido siempre bien, al estilo de esos que tuvieron una infancia regalada y, de adultos, les fue aún mejor.

– Vivimos en Maçka, no está lejos -nos dice cuando subimos a su BMW-. Se encuentra en la colina desde la que se domina el palacio de Dolmabahçe.

El piso debe de ser enorme, porque el amplio vestíbulo da acceso a dos estancias contiguas, el salón y el comedor. Ambos espacios juntos deben de equivaler a un apartamento de setenta metros cuadrados. Adrianí mira a su alrededor impresionada. En esta ciudad sin duda ha habido tragedias, me digo, pero también hay comodidades. Al final, la señora Murátoglu tenía razón. Todos los que querían evitar las tragedias se fueron; todos los que preferían comodidades se quedaron.

Aleka Kurtidu nos recibe con un «bienvenidos» y una gran sonrisa. Acepta los dulces con el típico «no era necesario» y nos acompaña para hacer las presentaciones de rigor. El salón no tiene la sencillez de la sala de los Taifur. También está decorado con buen gusto pero no le faltan los objetos de plata en el aparador, sendos ribetes dorados en el respaldo del sofá y los dos sillones, ni una incrustación circular dorada en cada una de las patas de la mesa.

Aleka nos presenta a un matrimonio de su misma edad, que ocupa los dos extremos del sofá.

– El señor y la señora Meimároglu. -Nos decimos «mucho gusto» y nuestra anfitriona nos acerca a una pareja joven que, seguramente, no ha alcanzado la treintena.

– Y aquí están nuestros recién casados -anuncia orgullosa-. Eleni y Jaris Dikmén. Eleni y Jaris son amigos de Marika, mi hija. Marika tenía muchas ganas de venir a la boda pero, por desgracia, no pudo. -Eleni se levanta y me saluda efusivamente. El «mucho gusto» que profiere Jaris ha sonado como Murat hablando en griego.