– Por favor, Herr Fabel… No queremos líos, no pretendíamos asustarle. Nos envía Herr Yilmaz. Le gustaría hablar con usted. Ahora, si puede ser.
– ¿Y si no puede ser?
Ricitos se encogió de hombros.
– Depende de usted, por supuesto. Pero Herr Yilmaz nos ha dicho que le dijéramos que tenía algo que podía ser importante para su investigación.
– ¿Dónde está?
– Tenemos que llevarlo nosotros… -La sonrisa de Ricitos se ensanchó de un modo que no hizo que Fabel se sintiera más seguro-. Si le parece bien.
Fabel sonrió y negó con la cabeza.
– Cogeré mi coche y los seguiré.
Los dos matones tenían un Polo esperándolos fuera y Fabel los siguió por las calles de la ciudad. Lo condujeron a la zona de Harburg. Fabel llamó a la Mordkommission y le dijo a Werner que lo llevaban a una reunión con un confidente, pero no le contó que se trataba de Yilmaz. Werner quiso enviarle un equipo de refuerzo completo, pero Fabel le dijo que esperara y que volvería a llamarlo cuando supiera dónde iba a tener lugar la reunión.
El Volkswagen de los turcos entró en una pequeña propiedad de edificios industriales y comerciales diseñados sin pizca de imaginación. Aparcaron delante de un almacén ancho y de poca altura. Se había construido en los setenta o los ochenta, y la pintura color rojo intenso estaba desprendiéndose de las tuberías exteriores de metal, la única concesión a la moda arquitectónica de aquella época. Mientras los dos turcos salían del coche, Fabel llamó a Werner y le dio su posición.
– Ten cuidado, Jan -le dijo Werner.
– Estaré bien. Pero si no doy señales de vida en media hora, manda a la caballería.
Fabel cerró el móvil y bajó de su BMW. Ricitos esbozó una sonrisa radiante debajo del denso bigote y le abrió la puerta, que necesitaba tanto una mano de pintura como las tuberías. Fabel indicó a los dos turcos que no pasaba nada, que entraran ellos primero.
El almacén era pequeño, pero estaba repleto de cajas de productos alimenticios, todas etiquetadas en un idioma que Fabel supuso que sería turco. En uno de los lados del edificio se alzaba un tabique, mitad cristal reforzado con espiral de alambre, mitad placa de yeso; estaba orientado al aparcamiento. Esta división separaba el almacén principal de las oficinas. Por el cristal del despacho principal, Fabel vio a Yilmaz sentado con dos hombres. Uno era un turco de aspecto fuerte; el otro era un hombre menudo y sucio que llevaba un abrigo roñoso de estilo militar. Tenía la piel ictérica y los ojos hundidos del consumidor habitual de drogas.
Ricitos le abrió la puerta a Fabel, aún sonriendo, pero no lo siguió hasta el interior del despacho. Yilmaz se levantó y esbozó una franca sonrisa; extendió la mano, y Fabel se la estrechó.
– Gracias por venir, Herr Fabel. Lamento que no hayamos podido tratar este asunto en un entorno más propicio, pero he pensado que sería mejor no llamar demasiado la atención. Tengo (o mejor dicho, mi amigo aquí presente tiene) una información importante para usted. Ya ve que he cumplido mi promesa, Herr Hauptkommissar.
Fabel inspeccionó al hombrecito escuálido. Como la mayoría de drogadictos, era difícil determinar qué edad tenía. Fabel sabía que era posible que aún no hubiera cumplido los treinta. Del mismo modo, bien podría tener casi sesenta. Vio que tenía el pómulo hundido e incluso más descolorido que la piel de alrededor. Tenía una costra de sangre seca en un orificio de la nariz.
– ¿Estás bien? -le preguntó Fabel.
– Me he caído por las escaleras -contestó el hombrecito con voz fuerte y ronca, y lanzó una mirada de resentimiento al turco de aspecto fuerte.
– Este… caballero… es Hansi Kraus -dijo Yilmaz-. Tiene cierta información…, una prueba, en realidad, que desea compartir con usted. -Yilmaz hizo una seña con la cabeza al turco que estaba apoyado en una de las mesas. El turco cogió un fardo de trapos sucios que tenía detrás. Desdobló con cuidado las esquinas y dejó al descubierto una nueve milímetros automática dorada y brillante. Los lados del arma estaban labrados de manera elaborada y la palabra cirílica estaba grabada en uno de los lados. Debajo, en alfabeto latino, estaban las palabras Made in Ukraine.
– Herr Kraus quiere entregarle esto como prueba material del asesinato de Hans Klugmann -dijo Yilmaz-. Pide perdón por el retraso… Tenía intención de entregarla, pero se le fue por completo de la cabeza.
– ¿Dónde la encontró? -le preguntó Fabel a Hansi Kraus.
Kraus miró a Yilmaz, después al otro turco y después a Fabel.
– En la piscina. Yo estaba allí cuando le volaron la cabeza a ese tipo.
– ¿Presenció el asesinato de Hans Klugmann?
Kraus asintió con la cabeza.
– ¿Vio a sus asesinos?
Kraus dudó. El turco fuerte cambió de posición en la mesa, y la piel de la chaqueta crujió. Kraus lo miró y asintió de nuevo.
– ¿Podría reconocerlos?
– Sí. Eran un hombre mayor y un tipo joven. Los dos eran robustos. El joven tenía un cuerpo a lo Arnold Schwarzenegger. Fue el joven quien lo mató.
Fabel le hizo una seña al otro turco, que le dio el arma. Dejó las palmas hacia arriba y sostuvo el arma como si cogiera un asado caliente con una manopla.
– ¿Eran extranjeros? ¿Los oyó hablar ruso o un idioma parecido?
– No… Quiero decir sí, los oí, pero no, no eran extranjeros. Eran alemanes. El hombre mayor se quejó de que el barrio estaba hecho una mierda. Dijo algo sobre que cuando era joven había llevado a una chica a la piscina. No eran rusos, seguro.
– ¿Qué hay del arma? ¿De dónde la sacaste?
– Vi que la tiraban en un cubo de la basura. Cuando se marcharon, fui y la saqué.
– ¿Los seguiste?
– No. Tiraron el arma en el cubo de la basura que hay dentro del Schwimmhalle.
– ¿No se molestaron en esconderla?
– No mucho. Y eso que hay un canal a unos metros de la piscina. Supongo que no les importaba que la encontraran.
– O quizá querían que la encontraran… -sugirió Yilmaz.
– Es lo que parece -coincidió con él Fabel-. Sicarios alemanes; un arma ucraniana. Da la impresión de que intentaban despistarnos. -Se dirigió de nuevo a Hansi-. Necesito que vengas al Präsidium y hagas una declaración completa. Y necesito que mires algunas fotos del archivo policial, para ver si puedes identificar a los asesinos.
Hansi Kraus asintió. Pareció que no le hacía ni pizca de gracia, pero tenía el aire de condena de alguien que acepta que esas putadas pasan. Y normalmente a él.
Fabel puso una mano sobre el hombro del abrigo militar mugriento de Kraus.
– Escucha, Hansi, no puedo obligarte a hacerlo. Ni tampoco Herr Yilmaz ni nadie… -Miró con toda la intención del mundo al otro turco, que le devolvió la mirada con indiferencia-. Tu declaración sólo es válida si la prestas libre y sinceramente.
Kraus soltó una risa amarga.
– En qué mundo más bonito vive usted, Herr Hauptkommissar… Prestaré declaración.
Fabel llevó a Kraus a su coche. Yilmaz los acompañó hasta la puerta.
– Agradezco su ayuda en este asunto, Herr Yilmaz -dijo Fabel, y lo decía en serio.
Yilmaz esbozó una gran sonrisa y se encogió de hombros como quitándole importancia al tema.
– Pero supongo que comprenderá que con esto no ha comprado ningún favor -dijo Fabel-. Le debo una, pero nunca comprometeré a la ley o a mi persona para ayudarle.
– Ya lo sé -dijo Yilmaz riéndose-. No esperaba nada a cambio. Es el problema que tiene tratar con un policía honrado. Lo único que le pido es que mi participación en este tema no conste en la declaración de Hansi.
– Ese compromiso sí puedo asumirlo. Gracias de nuevo. Adiós, Herr Yilmaz.
Durante todo el camino de vuelta al Präsidium, Fabel dejó la ventanilla bajada para mitigar la influencia que el abrigo de Hansi ejercía sobre la tapicería. Cuando llegaron, Fabel dejó a Hansi en manos de Werner y le dijo que pidiera algo de comer en la cafetería para su invitado. Sin embargo, al mirar a Klaus, Fabel acabó pensando que tendrían que soltarlo razonablemente pronto: sus ojos cada vez se movían más, muy deprisa de lado a lado, como los de un animal acorralado. Sus movimientos también tenían una intensidad nerviosa. Fabel sabía que Hansi necesitaba un chute y que sólo tenían hasta entonces para sacarle información.