– ¿Y qué hace mientras tanto el padre de Vitrenko? -El ceño fruncido de Maria era casi un gesto de enfado.
– Hace exactamente lo que hacemos nosotros: intenta encontrar y detener a Vitrenko.
– ¿Y si lo encuentra él primero? -Werner retomó el hilo de Maria.
Fabel recordó haberle preguntado lo mismo al anciano mientras salían del despacho modular y se adentraban en la penumbra resonante del almacén. El ucraniano se había vuelto hacia él y con voz tranquila y apagada le había dicho: «Pondré fin a todo esto». Fabel miró fijamente a Werner y mintió.
– Me ha dado su palabra de que nos entregará a Vitrenko y cualquier prueba que descubra. Por eso no quiero detenerlo. Quiero que se lo trate como un confidente clave. ¿Entendido? -Se inclinó de nuevo hacia delante, con los nudillos sobre la mesa; su rostro serio y tenso no traslucía el cansancio-. Necesito que empiecen a pasar cosas ya. Primero, quiero tener a los Eitel aquí para interrogarles. Ya. Si protestan, quiero que se los detenga bajo sospecha de ser cómplices de asesinato. Y, Werner, que los chicos de la división de delitos económicos y empresariales recopilen todas las preguntas que quieran hacerles. Estaría bien someterlos a un interrogatorio conjunto. -Werner asintió con la cabeza.
«Segundo -prosiguió Fabel-. Quiero que busquéis e investiguéis a todos los confidentes ucranianos. A fondo. Quiero los lugares donde opera la banda de Vitrenko y quiero tenerlos antes de que acabe el día. Y para dejarlo bien claro, no me importa una mierda si nuestros colegas del LKA7 se ofenden. Yo también lo haré, además de exprimir a nuestros colegas del BND. -La expresión de Fabel aún se ensombreció más-. Nadie va a decirnos qué tenemos que saber. Y eso es todo por ahora. La Oberkommissarin Klee y el Oberkommissar Meyer os asignarán vuestras tareas. Werner, quédate un momento, quiero hablar contigo.
– Claro, jefe…
La sala tardó unos minutos en vaciarse. Werner se quedó sentado, y Anna Wolff rodeó la mesa de reuniones para acercarse a Fabel. Tenía la mirada ensombrecida, pero algo parecido a una actitud de desafío ardía en sus ojos.
– Bueno, ¿qué le digo si me llama?
– Si te llama ¿quién?
– MacSwain. Le he dado el teléfono que me asignasteis para la operación.
– Cancela el número. No quiero que vuelvas a tener contacto con él. No puedo justificar ante Van Heiden más operaciones secretas caras. Tenemos que comprobar más cosas sobre él, pero no es prioritario.
– Creo que es nuestro hombre, jefe.
Fabel frunció el ceño.
– ¿Por qué, Anna? Ya has visto lo que tenemos sobre Vitrenko.
– MacSwain es un depredador. Por el modo en que te mira… Por cómo se mueve a tu alrededor. Como si fueras una presa. -Meneó un poco la cabeza, como si la irritara la pobreza de su descripción. Entonces clavó en Fabel una mirada intensa, seria y decidida-. Es el violador, jefe. Y sospecho que es un asesino. Nuestro asesino.
Fabel miró un momento a su subordinada sin decir nada. No podía condenar a un agente joven por reaccionar a la intuición que tenía sobre un caso o un sospechoso: él funcionaba igual; en algún rincón de su cerebro, procesaba los detalles más pequeños sobre cómo alguien se movía o hablaba, o las minucias de una escena. Y a partir de estos procesos internos podía llegar a una conclusión de la que estaría convencido, como Anna, aunque no pudiera racionalizarla con una prueba sólida. Después de todo, sólo era una impresión, una opinión sobre cómo había reaccionado MacSwain al ver a dos agentes de la policía de Hamburgo en su puerta, lo que había hecho que Fabel sospechara de él.
– De acuerdo, Anna. Confío en tu juicio, pero no puedo decir que esté conforme con tu conclusión. -Una vez más, volvió a rascarse la barba incipiente con los dedos-. Pondré a alguien a vigilar a MacSwain, sólo para asegurarnos. Pero no quiero por nada del mundo que vuelvas a verlo, sobre todo si tu intuición respecto a él es cierta. Puede que Werner y yo le hagamos una visita oficial para comprobar dónde estaba en las fechas clave. Claro que eso le alertará sobre el hecho de que lo estamos vigilando. -Fabel soltó un suspiro-. Pero debo decirte que creo que estás equivocada, Anna. Puede que no tengamos una prueba definitiva contra Vitrenko, pero las circunstanciales le apuntan de forma bastante concluyente.
– Ya lo sé -contestó Anna-. Ya lo veo. Pero gracias por no cerrarte a la posibilidad de que sea MacSwain.
– De nada. -Fabel miró a Anna fijamente. Parecía agotada. Él no había trabajado nunca en una operación secreta, pero conocía a muchos agentes que sí. Para un agente de policía, era uno de los retos más agotadores tanto física como emocional y mentalmente. Le vino a la cabeza la imagen de Klugmann, sentado frente a él en la sala de interrogatorios de la Davidwache. Recordó haber pensado que tenía los ojos enrojecidos por las drogas. Pero seguramente era por el estrés. Y seguramente los restos de anfetaminas encontrados en la autopsia eran la forma que tenía Klugmann de sobrellevarlo. Ahora Fabel detectaba la misma tensión nerviosa en los movimientos pesados de Anna, el mismo enrojecimiento y las mismas ojeras-. Escucha, Anna. He dispuesto que tengas libres las próximas veinticuatro horas. Vete a casa y duerme un poco.
Sábado, 21 de junio. 10:00 h
Polizeipräsidium (Hamburgo)
Al menos Fabel se sentía más limpio, y cambiarse de ropa fue como mudar una capa de piel arrugada; pero el par de horas que durmió no disipó la sombra de cansancio que seguía aferrándose a él, y tuvo que hacer un gran esfuerzo por eliminarla de su mente y movimientos. Como le había prometido, Werner recogió a Wolfgang Eitel poco antes de las ocho de la mañana, y un segundo equipo, dirigido por Paul Lindemann, pasó a buscar a su hijo a la misma hora. Eitel padre y Eitel hijo estaban en salas separadas, pero sus amenazas furiosas de demandar a los agentes individualmente, a la policía de Hamburgo en general y al gobierno regional habían sido casi idénticas. De hecho, Fabel sabía que si no daban con algo sólido contra los Eitel, tendrían que tomarse aquellas amenazas en serio.
Para subrayar el hecho, un reducido grupo de asesores legales, incluido Waalkes, esperaba en la sala de espera principal del Präsidium cuando llegó Fabel. Waalkes lo vio justo cuando iba a entrar en el ascensor y partió encolerizado hacia él. Fabel gritó un entusiasta «¡Buenos días, Herr Waalkes!» mientras las puertas del ascensor se cerraban, dejando a Waalkes a medio camino en el área de recepción y sin poder verbalizar su protesta enfurecida.
Fabel hizo salir a Werner de la sala de interrogatorios número uno, donde estaba entreteniendo a Wolfgang Eitel, quien exigía hablar de inmediato con sus asesores legales.
– Abajo hay un montón -dijo Fabel-. Dile que está autorizado a que esté presente un representante legal, pero deja primero que los chicos de delitos económicos y empresariales lo ablanden. Haz lo mismo con Norbert.
Fabel fue a su despacho y cerró la puerta. Cogió el teléfono y llamó a Susanne al Institut für Rechtsmedizin. Había hablado con ella después de marcharse del Speicherstadt la noche anterior y había percibido un tono preocupado en su voz. La había tranquilizado diciéndole que estaba bien, pero que tendría que ir al Präsidium, y que intentara dormir. Al colgar, se había sentido un poco culpable porque había experimentado una sensación agradable al ver que alguien volvía a preocuparse por él. Ahora la llamaba para resumirle las pruebas que había descubierto y explicarle brevemente su teoría sobre Vitrenko y su «padre espiritual», Blot Sven.
– Supongo que tiene algo de sentido -dijo Susanne, pero no parecía muy convencida.
– ¿Pero?
– No lo sé. Como te he dicho, tiene sentido. Y creo que tienes razón. Al menos en lo principal. No tengo ninguna razón profesional sólida para dudar de tu teoría. Tan sólo me inquieta el ámbito de participación.